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Viernes, 30 de noviembre de 2012

Arte, en partes

Lux va a la Bienal de San Pablo Ser mercosucix, ¿es una nueva perversión o una futura identidad? Hasta Brasil fue otra vez nuestrx cronista con el bendito pretexto del arte, para averiguarlo en carne propia.

Lo digo y me lo tatuaría con orgullo en mi pecho: soy mercosucix. Si no saben con qué se come eso, lo explico: es un neologismo para denominar a quienes tenemos adicción de revolcarnos por el Mercosur, forma del turismo sexual sudaca que promueve el coito regional y entre hermanxs. Soy unxsur, si lo quieren más comprotedix. Somos fronterizxs, practicamos el sexo de la doble o triple frontera o, si la suerte acompaña, también la cuádruple. Todo es bienvenido en tanto y en cuanto podamos rompernos mutuamente las divisiones políticas y geográficas en pos de una cópula colectiva embarrados en el placer de la tierra mancomunada. Digo esto mientras Aerolíneas me aterriza de nuevo en San Pablo, segunda visita del año (en la repetición está el gusto), para ejercer otra vez mi derecho a viajar con el nuevo DNI de indentidades mercosureñas igualitarias que supimos conseguir. Y hablando de documentos, ¿dónde tengo que firmar que lo de San Pablo es fiebre abierta las 24 horas todos los días del año? De Santo este Pablo no tiene ya nada, porque hace rato que entregó la aureola. Señoras, señores y demás derivaciones impensadas como yo, les digo que acá se come de lo lindo, sin cuchillo ni tenedor, se entiende, es como comer pollo con la mano, aunque le digan frango. Y como quien dice San Pablo dice bienal, me fui a la Trigésima edición de la celebérrima exposición; qué mejor que empezar por llenar el paladar de belleza y mandarme derechito a esta Bienal que, gratuitamente, se realiza por estos días en tierra de Dilma. Al entrar, la sensualidad de las curvas arquitectónicas del gran arquitecto Oscar Niemeyer me apretó el ON de entrada, o mejor dicho, me calentó el pabellón de buenas a primeras. Mi metejón por el edificio bienalesco no podía ser más monumental, así que fui derecho para que él mismo me calme el ardor: enfilé para las teteras. Ni en la de caballeros ni en la de damas volaban moscas. No importa, me fui para el lado del arte conceptual para enfriarme, que si no me enfrío con eso... De hecho, quedé heladx de tanta mediocridad, que casi me agarro una pulmonía. ¿El estado del arte está congelado? Las paredes blancas del lugar parecían las de una heladera. Hasta que, según el plano que sirve de hoja de ruta, me doy cuenta de que en el tercer piso estaban las salas prohibidas para 18 y era lo que necesitaba. Y así fue: ejército de chongos cariocas, en bicicleta, jugando en la playa, culos, vellos, majos desnudos frontales, fotografiados en blanco y negro de alto contraste e impacto por Alair Gomes, esteta homoerótico con ojo para la curva sexy que ni Niemeyer. Y cuando el ardor volvió al cuerpo, cuando la sangre hervía, frente a la exposición de Gomes, como su doble experimental, un autorretrato trans de Mark Morrisroe, peluca de cotillón y sensualidad mamarracha, muy drag trash, muy New York, que fue el hilo de Ariadna para ver su laberíntica muestra, entramado que iba de los ’60 a los ’80 con la brújula puesta en el norte de la superficie pop como artefacto voyeur, con postal de Divine incluida. Estaba en llamas, casi despego como un cohete. No podía ver más arte homoerótico porque estallaba. Para evitar la combustión, salí de la Bienal para ventilarme en el parque que la rodeaba, el Ibirapuera: árboles, pastito, sol brazuca, una vuelta a la naturaleza. Lo primero que hice, inocente de mí, fue refrescarme en la canilla del primer baño que encontré. Y zas, una loca agazapada en la tetera me agarró in fraganti, y con gesto cómplice me llevó a los yuyos, marcando el camino sensual del paisaje: lo que necesitaba, naturaleza viva. Y entre las hojas de aquellos arbustos, no encontré más que belleza. Oscar Wilde siempre tuvo razón, la naturaleza imita al arte.

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Imagen: Alair Gomes
 
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