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Viernes, 8 de marzo de 2013

GLAMORAMA

En una discoteca legendaria de los años setenta, ahora resucitada por el glamour del futuro, se dan cita los jóvenes más bellos, limpios y malos. La Dengue Dancing, fiesta heterofriendly si las hay, es el lugar donde bailar las últimas tendencias y ser retratados por la cámara de Kenny Lemes.

 Por Leandro Ibáñez

"No son tan chic, estos niños. No persiguen recepciones de prensa o noches de apertura; no posan en la calle al estilo punk de Bruce Springsteen, o charlan de rock y Rimbaud. Ciertamente, los cultos de los últimos años parecen haberles pasado de largo por completo. No saben nada del poder de las flores o la meditación, pansexualidad o expansión de la mente. No tienen camas de agua o almohadones marroquíes, ni cerámica hecha a mano. Ni jerga de moda tampoco, ni revoluciones Pepsi. [...] En cambio, las verdaderas raíces de esta generación se encuentran más atrás, en los años cincuenta, la época dorada de las noches de sábado. Así que la nueva generación toma pocos riesgos. Franquean la escuela secundaria, obedientes; se gradúan, buscan un trabajo, ahorran y hacen planes. Aguantan. Y una vez a la semana, en la noche del sábado, su único gran momento de liberación, explotan." Así definía Nik Cohn a la generación de jóvenes disco en el artículo "Ritos tribales del nuevo sábado por la noche", publicado en el ’76 en el New York Magazine. Una investigación que le llevó meses, la semilla que engendró al clásico film Fiebre de sábado por la noche, dándole visibilidad a una tribu urbana que tenía por hábito acampanados pantalones ajustados, chalecos de botones, zapatos de plataforma y anchos cuellos de camisa, por templo a Odisea 2001, por tótem una bola espejada, por profetas, a los Tony Manero y por dioses, a los Bee Gees, The Trammps y Kool & the gang, entre otros.

Hoy, a más de treinta años, esa generación que supo reconocer Cohn pareciera sufrir un revival en estas latitudes subtropicales, aunque con diferencias posmodernas. La primera y constitutiva es que el sábado por la noche ya no es el día para los ritos sagrados, ahora los días de misa son los jueves. El templo es Gong, los hábitos lo más diverso, ecléctico y original que haya en el placard, los tótem las luces, los espejos y la cámara fotográfica, los dioses los DJ artístico-electrónicos, y los profetas primordiales ese ser interno, particular e individual de cada uno de los feligreses de esta alegre congregación. Porque en la fiesta Dengue –celebración semanal de la tribu– se reúnen las coloridas almas de estos fervientes creyentes en sí mismos. Allí pueden ser como realmente sienten, con sus atuendos y sus happenings, que de día serían vistos como raros, fuera de lugar, pero que en Dengue encuentran su lugar en el mundo, se saben lindos, apreciados en su originalidad, y llevados de la mano por las notas musicales de los DJ, entran en un trance íntimo y suprapersonal.

Dios los cría, y la Dengue Dancing los amontona

Lorenzo "Lolo" Anzoátegui y Anita Castoldi, conectados por un sentimiento musical de continua búsqueda, soñaron con una fiesta que no existía en el país pero a la que les gustaría asistir. Unieron cabezas, ideas y gustos musicales y crearon la Dengue Dancing: una fiesta donde la única consigna concreta –pero tácita– es la de ser lo que uno es a niveles exponenciales. Un proyecto que ya lleva tres años, con tanta fuerza e impronta artística, que tiene su propio sello musical free, porque como todo buen credo moderno, distribuyen sus escrituras de manera libre y gratuita vía web.

El ritual de cada jueves –y domingos víspera de feriado– se celebra en la mítica disco Gong. Paredes espejadas, pequeñas luces rojas y amarillas desparramadas en las tres dimensiones, señores barman de chaleco, camisa y moñito al mejor estilo El resplandor, sillones bajos de cuero negro y la discoball girando y mirando cada detalle, a cada asistente. Inaugurada en el ’37, Gong clavó sus agujas en los setenta y mantiene ese estilo retro del que fueron testigos Orson Welles, María Félix, y más cercano a nuestros días –bajo el hechizo de la Dengue–, Björk, el folk-punk de Guillermo Alonso (Coiffeur), y la cantante post-pop Loló Gasparini (Isla de los Estados), por nombrar algunos.

Diferenciándose ampliamente de otras fiestas pop, la Dengue es reconocida atravesando las fronteras nacionales y hasta continentales, con DJ residentes al estilo Rumanians, Listen Listen Listen, Carisma, Fuzzy Riot, Traviesa, Dintun, RS y Gus, e invitados internaciones para hacer mover los discos y las púas, al ritmo del house, del post-punk, del boogie, y del funk. Lolo y Anita, bajo el concepto de que el arte debe ser gratis y accesible para todos, organizan la fiesta pensando en la diversión de décadas pasadas pero siempre mirando hacia el futuro, produciendo música de calidad e innovadora, con entrada gratis hasta la 0.30, y una difusión que fluye por las redes sociales y del boca en boca de los feligreses. Todas esas almas erráticas que deambulan en círculos, que se buscan, cada jueves llegan a la Dengue y se hallan, y en unión bailan hasta el amanecer.

Retratar lo camp

Si sos hipster, glam, trash, retrodisco, groggy, punk o tenés la suerte de ser aún un indefinible, pues Dengue Dancing es el lugar para sacarle lustre a tu original modo y mostrarte tal cual como tu imagen interna te pide que seas. La Dengue es la comunión de todos esos estilos, brillando cada uno por separado y otorgándole en el conjunto la más pura esencia camp. Ese amor a lo no natural, al artificio y la exageración, esa estética particular que la adorable Susan Sontag propone como "...esotérico: tiene algo de código privado, de símbolo de identidad incluso, entre pequeños círculos urbanos. (...) Es la más alta expresión, en la sensibilidad, de la metáfora de la vida como teatro".

Es esa teatralidad, ese happening que subsiste el tiempo de una noche, que el fotógrafo Kenny Lemes retrata cada jueves con su ojo sensible. El mira, observa el desfile de estilos, busca allí el súmmum del ser-como-representación-de-un-papel, y obtura. Luego los excursionistas encuentran el retrato de su identidad en el mundo virtual y lo exponen en sus perfiles sociales. "En el mundo real, algo está sucediendo y nadie sabe qué va a suceder. En el mundo de la imagen, ha sucedido, y siempre seguirá sucediendo así", dice Sontag en otro de sus fabulosos ensayos. Lemes, mediante su arte, congela la esencia de cada uno en tecnología fotosensible, y suma belleza a lo que natural o artificiosamente ideal ya lo es. Sabe percibir lo camp en cada personaje, en sus objetos y accesorios, en sus poses ambiguas, en sus vibraciones corporales al son de las notas invisibles, con los haces de luz que los envuelven e iluminan. Esa imagen de ceros y unos hará eterno el memento mori de cada noche de fiesta, que lo que sucedió siga sucediendo.

Cierra la autora uno de sus capítulos: "...Mallarmé afirmó que en el mundo todo existe para culminar en un libro. Hoy todo existe para culminar en una fotografía", podríamos arriesgarnos a actualizarlo y sumarle que hoy todo se fotografía para culminar en una red social. Esto la Dengue y sus seguidores lo saben, y como todo buen fenómeno camp, lo explotan hasta el empacho.

Si de diversión y fenómenos artísticos se trata, la Dengue Dancing es el lugar. No ya sólo por la música artesanal, la fotografía de autor y la decoración de la locación, es su público quien la define con alma y vida, son la sangre que corre por las venas de una fiesta que sin ellos no existiría. Allí cada uno tiene el valor de ser lo que se inventaron ser, peculiares, curiosos, hasta tal vez caprichosos, pero siempre libres de proyectarse como quieren ser; convirtiéndose ellos mismos en una performance artística de la cual Nik Cohn no dudaría en hacer una nota de diez páginas.

Jueves en Gong, Av. Córdoba 634.
facebook.com/denguedancing
El soundcloud del sello para bajar música:
soundcloud.com/denguedancingrecords

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Imagen: Kenny Lemes
 
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