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Viernes, 22 de marzo de 2013

La otra cara o la otra mejilla

Humilde, amable, atento a los necesitados. A una larga lista de calificaciones que en estos días fueron armando el identikit del Papa, algunos agregan como elogio y otros como pecado del oficio que “Bergoglio fue un acérrimo opositor al matrimonio igualitario, al aborto y a la ley de identidad de género”, mientras se alienta la esperanza sobre una nueva mirada de la Iglesia, atenta hacia la diversidad social. A pocos días de la fumata analizamos qué influencia tendrá en el panorama de los derechos sexuales y en el respeto a la diversidad en la vida cotidiana este papa nacional, representante de una Iglesia que fracasó a la hora de intervenir en cuerpos y regulaciones de la vida de nuestrxs ciudadanxs.

 Por Liliana Viola

Liturgia nacional

¿Cómo resolver el enigma? Se trata de un papa que siempre viaja en subte y sin embargo todos los taxistas con los que me cruzo esta semana están en carne viva por haberlo llevado alguna vez, comparten una anécdota piadosa ante cada bajada de bandera mientras auscultan mis reacciones por el espejo retrovisor. No es paranoia, el tamaño de mi alegría será la medida de mi distancia con el Gobierno, de mi amor a la patria, de mi fe cristiana, y en ese orden. El Papa, en pocos días, se volvió una herramienta de inquisición casera que acaba de desplazar a otro gran medidor que fue la muerte de Chávez, la asistencia o inasistencia a Tecnópolis, el saludo “a todas y todos” o el saludo a secas. (Acotación: las leyes de matrimonio igualitario y la de identidad de género no lo fueron.) Un nuevo símbolo patrio exclusivo para “Vos” y para los que cuando te decidas a reaccionar estaremos con vos y no con “Ella”, para decirlo en el idioma de De Narváez. Proliferación simbólica, que desde luego no comienza con el papado y que viene marcando un modo de relación signado por la lectura del otro, el desciframiento automático, una mirada en el espejo retrovisor que confirma el prejuicio. A su vez, la fiebre simbólica no necesariamente hace base en los hechos, no repara, por ejemplo, en que Francisco y Cristina decidan torcer lo que se supone, según todas las volantas, es un destino de incomunicación. Comienza a circular, luego del encuentro, una simbología de sentido contrario que hace foco en la yerbera, el abrazo y beso, las dos horas de almuerzo, la emoción de la Presidenta, carteles en la calle que aluden a que Francisco podría ya no ser Bergoglio. A propósito, ¿comprenderá ahora un poco mejor el flamante Papa lo que se siente cuando uno puede elegir el nombre propio? Y otra asociación desviada: ¿comprenderá mejor el renunciado Benedicto, ahora que se retiró con su secretario y un par de monjas, al seno de lo que él mismo denomina “la familia pontificia”, que existen muchas familias por fuera de lo que se entiende como “familia normal”?

Señales de tránsito

Lejos de poner en duda cualquiera de las dos estampas bergoglianas ya sea colgado de un pasamanos o sentado mirando por la ventanilla, la primera alienta una esperanza de que el jefe de Gobierno de la Ciudad se reconcilie con ese transporte público que hasta hoy le sirvió más como vehículo de puja que para servir a quienes no quieren o no pueden optar por un taxi como el Papa y como yo (perdón, pero hoy es difícil no caer en la tentación de tener algo en común con Francisco). Y no es una esperanza loca teniendo en cuenta que el mismo Macri viene de declarar asueto el martes pasado en todos los colegios públicos y privados de la ciudad para que niños y niñas puedan seguir una ceremonia religiosa y para que la educación laica que logramos conseguir se tome un recreo largo. Macri aprovecha para dar una señal (en estas mismas páginas Lohana Berkins llega hasta el Obelisco imaginando hasta dónde irá la apuesta simbólica y con ella el atropello a ciertos derechos y modos de vivir y pensar que por cierto no son privativos de la comunidad lgbtti) por fuera del manto sagrado.

En su libro, Sobre el cielo y la tierra (Sudamericana, 2010), conversaciones con Abraham Skorka, Jorge Bergoglio recuerda en el capítulo “Matrimonio entre personas del mismo sexo” que: “Cuando Mauricio Macri no apeló el dictamen de una jueza en primera instancia autorizando la boda, sentí que tenía algo para decir, para orientar, me vi en la obligación de manifestar mi opinión. Fue la primera vez en 18 años de obispo que señalé a un funcionario”. Escribe esto cuando ya ha salido la ley que no pudo evitar con su poco convincente referencia a “la movida del diablo” para describir lo que en el resto de este mundo se llaman derechos sexuales. Aquí deja arrumbada o a la espera de un nuevo aviso la figura del demonio para aclarar que, “si se analizan las declaraciones que formulé, en ningún momento hablé de homosexuales ni hice alguna referencia peyorativa a ellos”. Pero tan engorrosa resulta su división entre personas y leyes, entre lo que él llama una razón más antropológica que religiosa para no acordar con el matrimonio y llegar a golpear a las puertas del funcionario, que dejan una nostalgia del viejo método disciplinador, fe mediante, sustentado en verdades canónicas y actos sacramentales.

El abrazo del dinosaurio

Cuando a pocas horas de la noticia del Papa argentino una docena de ex represores, Benjamín Menéndez incluido, se presenta al juicio por violaciones a los derechos humanos luciendo escarapelas con los colores vaticanos, no está siendo portavoz de la conciencia del Papa. Tampoco Videla cuando, en un rapto de homilía, le dice a Cambio 16 que: “El cristiano, a mi juicio, debe actuar con la palabra como mensajero de Cristo (...), como soldado de Cristo”, con aviesa referencia a la Compañía de Jesús, con un burdo y sobre todo anacrónico manotazo, están haciendo uso y alarde de una historia que enlaza a la Iglesia argentina con los crímenes de la dictadura, por complicidad o por omisión.

Más allá de la influencia o no del nuevo Papa sobre las políticas sexuales aquí y en Latinoamérica (ver diversas hipótesis en las notas que siguen), el factor símbolo tiene su peso paralelo. Si no, ¿no es llamativo que los más ateos y críticos de la Iglesia hoy aporten a la euforia nacional la casi milagrosa conexión entre el Papa y la recuperación de las Malvinas? Sería necio desestimar el poder de un pontífice, y su influencia política en su país de origen, sobre todo viniendo de alguien que no ha dejado de dar señales a fieles e infieles, reuniéndose con personajes clave de la política argentina, aunque se supone que no hará política, y en cuanto a uno de los mayores puntos débiles de la Iglesia, dando señales contundentes de su posición frente al ejercicio de la pederastia. Pero también pretender que será la medida de todas las cosas que sucedan casa por casa, y en las calles, resulta tan desopilante como soñar que muy en el fondo Francisco es Francisco no tanto por Asís como por California.

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