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Viernes, 22 de marzo de 2013

Papa progre: el opio de los intelectuales

Al lado de los dinosaurios vaticanos Bergoglio es Judith Butler, pero eso demuestra qué poco se puede esperar de ellos.

 Por Pablo Semán

Si querés que el papa se oponga al FMI y sea partidario del poliamor fundá un arzobispado y ganá la conducción. Esa ha sido la respuesta humorística a la ilusión ridícula de un “papa progre” y a la decepción que causa el hecho, cuando menos previsible, de que lo mejor que puede ofrecer el catolicismo, ante la demanda de un cambio de orientaciones éticas y políticas, es Bergoglio. En la ironía se funden las cuestiones que hay que desanudar para no volver a intoxicarse de ilusiones ideológicas, ese paco tan particular. Es necesario ensayar y complementar la forma radical de dos gestos complementarios: en la faz realtivizadora hay que extender la comprensión todo lo que se pueda, dejar de apreciar la situación encapsulados en un ateísmo de salón del siglo XIX, pero también es necesario deshechar y denunciar todo lo que se quiera para reivindicar las figuras contemporáneas de la emancipación.

El primer paso es doloroso. Hay que ponerse en contexto y entender. El mundo es un universo de universos y nuestro universo de convencidos de la validez de la objeción de género no es ni el único ni el más gravitante. El catolicismo es una realidad pesada, y si se atiende a la composición y los dilemas que se plantean en las instituciones rectoras del catolicismo a nivel planetario (el Colegio Cardenalicio, la Curia), puede entenderse, sin chiste, que Bergoglio diciendo que la del matrimonio igualitario es una ley demoníaca sea “un blando”. A los que desacuerden les sugiero que vean lo que han dicho y hecho otros obispos en circunstancias similares en las que, además, lograron presionar exitosamente a gobernantes y legisladores. Al lado de los dinosaurios vaticanos Bergoglio es Judith Butler, pero eso demuestra qué poco se puede esperar de ellos. Asombrarse de que los católicos hablen del diablo es tener muy poca calle. E ignorar que diablos, santos, milagros y pecados son la vida cotidiana del catolicismo es pretender que los religiosos se hagan cargo de más proyecciones de las que pueden soportar. No afirmo esto para que pasemos a besar el anillo papal, pero es necesario imaginarse qué es lo que hay del otro lado para tener una idea de qué es lo que puede esperarse de la Iglesia Católica, promediando sus tendencias.

El segundo paso es desertar alegre y activamente de la ilusión que nos compromete sin querer en la religión que no elegimos. Me explico y al mismo tiempo doy un rodeo para que se entienda en qué terreno debemos desertar. La Argentina se revela un caso particularísimo en el catolicismo. El país ha engendrado una Iglesia Católica densa y vital, capaz de generar papables, burócratas vaticanos en cantidades inimaginables, y cuadros políticos de todas layas, también de las peores. En ese contexto, las relaciones Iglesia (Católica)-Estado han llegado a ser bastante poco republicanas. Pero la Argentina es también el país que ha inscripto en sus leyes algunas de las consecuencias más importantes de la crítica de género a las instituciones que el catolicismo promueve con tanto ahínco. En la misma década somos uno de los pocos países del mundo en establecer el matrimonio igualitario y la cuna del primer papa no europeo de la historia (con todo lo que esta situación excede a la persona del Papa Francisco). Y la promoción al máximo nivel global de uno de los miembros de la cúpula católica nacional tiene un efecto considerable en la relación de fuerzas que tensa a la sociedad que es capaz de darle superficie a esta polaridad. El catolicismo local es investido de una nueva y calificada cuota de poder social. La figura papal ya ha comenzado a ser movilizada para vehiculizar las intenciones de todo tipo de objetores del Gobierno: de los editorialistas de La Nación a los genocidas en sala judicial. En el medio, twitteros, bloggers y librepensadores que hasta ayer rechazaban el acuerdo con Irán, porque es una teocracia, se descubren enlazados al catolicismo y vislumbran un futuro de política triunfal en base a sotanazos, en una escena subjetiva que los muestra colgados de la pija del Papa. La relación de fuerzas ha cambiado y para peor. Para dar una idea del empeoramiento de la situación basta con pensar en el grado en que aumentaron las dificultades para conseguir la despenalización del aborto. También hay que decir que no habrá que renunciar a ese proyecto, que no se volvió imposible y que, enfrentado inteligentemente, el desafío puede ser la oportunidad para dejar a la Iglesia Católica en el lugar de un tigre de papel.

En este punto lo mejor que podemos hacer las “personas de bien”, es decir aquellos que no admitimos que ningún poder les diga a las personas adultas cómo administrar su vida íntima más allá del respeto a los derechos humanos, es la deserción activa y alegre de la ilusión que le compramos sin querer al discurso católico (tal vez privilegiadamente al “”””progresista””””). Ninguna institución, ni ninguna relación social, son eternas u homogéneas. El catolicismo podría cambiar muchísimo o pueden observarse en su actualidad briznas de ese humanismo igualitario que defendemos a rajatabla las “personas de bien”. Incluso debo decir que desde mi punto de vista intuyo que el papado de Francisco tendrá intenciones y logros en la meta de “actualizar la Iglesia”. Pero ahora, como ejercicio subjetivo y político al mismo tiempo, es necesario perder las esperanzas de que una institución que reclama el privilegio de regular el acceso al placer de estar vivo a través del reconocimiento de un pecado, que a título de esa “mancha” mejicanea el cobro del rescate de un falso secuestro, pueda ser, en algún grado, liberadora (aun cuando muchas veces sea una vía a la posibilidad de conciliarse con la vida, más allá de toda compulsión). En esas condiciones ni con Ratzinger, ni con Bergoglio y ni siquiera con Boff. La esperanza de un “papa progre” se ha revelado en su realidad: un pantano camuflado de playa tropical. La idea de un Vaticano dividido entre “conservadores” y “progresistas”, la esperanza de un “papa progre” ha sido ofrecer la emancipación en hipoteca a quien no podía ofrecer mas que dilaciones, usura y captura de la ingenuidad. Es alienar el anhelo en la promesa de quien no podría ser más que un estafador (¿a quién se le ocurre que en la Curia podrían no predominar homófobos, censores, misóginos y aliados de la banca internacional?). Ha sido abandonarse a una falsa sinonimia: nosotros decimos “progresismo” para preferir igualdad y diferencia en su radicalidad, toda la posible, aprovechando al máximo cada situación histórica, tratando de saber dónde estamos parados. Algunos de ellos dicen progresismo para levantar el diez por ciento de las humillaciones que ellos mismos inventaron para promover la administración terciarizada de la humildad que todos podemos aprender sin torturas. Cuanto más rápido abandonemos el opioide ideológico, más espacio tendremos para activar y desplegar confrontaciones y alianzas que, en el round que se viene, deben combinar el esclarecimiento exigente con la amplitud cordial.

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