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Viernes, 3 de mayo de 2013

ENTREVISTA

Activando el activismo

Raúl Zibechi, analista, activista y una voz de referencia sobre los movimientos sociales, sin condescendencia ni pelos en la lengua, hace una autocrítica de la homofobia de izquierda, marca puntos de contacto entre la comunidad LGBT y otros ninguneadxs (indígenas, por ejemplo) y analiza lo que le falta al activismo queer. Cómo conservar la diferencia sin convertirse en gueto.

 Por Dolores Curia

El paso del uruguayo Raúl Zibechi por Buenos Aires coincidió con la semana de apertura de la Feria del Libro, pero no fue ese monstruo mainstream quien lo albergó a la hora de presentar Preservar y compartir. Bienes comunes y movimientos sociales (Ed. Mardulce), escrito junto a Michael Hardt. Como si cierta lógica de continuidad entre las ideas y los espacios lo guiara, el lugar elegido para presentar su último libro fue el Multiespacio Colectivo por la Igualdad. Zibechi (ex tupamaro y exiliado en Madrid durante el golpe) es hoy una voz de referencia en el análisis de los movimientos sociales de Latinoamérica. De regreso en Montevideo, publicó entre otros medios en el semanario Brecha, ganó el Premio José Martí de Periodismo por sus análisis de la insurrección popular argentina del 19 y 20 de diciembre de 2001 mientras se involucraba más y más en movimientos campesinos paraguayos y en comunidades como las Juntas de Buen Gobierno en Chiapas y los cuarteles aymaras en Bolivia.

¿Qué relación encuentra entre las estrategias de los movimientos sociales que analiza en su libro y las de los movimientos LGBT y feministas?

—Ambos necesitan presionar para obtener. El movimiento LGBT sin visibilizarse y sin exigir, no puede avanzar. Los movimientos sociales que representan a sujetos subalternos tienen el mismo problema: necesitan existir, mostrarse, ser, para ser aceptados o rechazados. Los movimientos sociales (indígenas, campesinos, urbanos) y los movimientos de mujeres y los LGBT encarnan la necesidad de un cambio cultural profundo. Son también emergentes de un cambio cultural en curso que necesitan profundizar.

¿Qué opina de las influencias entre ellos? ¿Tienen algo que aprender unos de otros?

—A mí, que trabajo muy cerca del zapatismo, me ha sorprendido mucho cómo ahí hay lógicas similares entre el movimiento indígena y el movimiento feminista y LGBT. Sobre todo por la construcción de un discurso que incorporan a la agenda política. Es ese relato dicen “Nosotros hemos sido invisibilizados, ninguneados y aquí estamos”. Los indígenas piden que se acepte su cultura, lengua, vestimenta, sus modos de hacer. Los LGBT, algo muy parecido: “Aquí estamos. Estamos en el mismo mundo, pero somos distintos. Acepten esta diferencia, que es mucho mas que tolerarla: acepten y convivan con la diferencia”. El movimiento LGBT ha renovado el pensamiento emancipatorio y es mucho mas que el reclamo por el matrimonio igualitario que, de hecho, es tolerable para incluso un sector del conservadurismo. Los movimientos LGBT necesitan de una radicalidad política y discursiva que no necesariamente implica, por ejemplo, la lucha armada. Encarnan una refundación democrática de las sociedades y eso es una cosa en común con los indígenas.

¿En qué demandas o en qué acciones le parece que se canaliza esta radicalidad de los movimientos queer?

—Una parte de las demandas tiene que ver con derechos legales, pero hay otra parte que son demandas de aceptación de la diversidad, que a veces no se pueden plasmar en una ley. Yo puedo plasmar en una ley, por ejemplo, un imperativo como: “No debe haber comportamientos racistas”. Pero para que eso se efectivice hace falta un cambio cultural lentísimo. Está genial presionar para que se aprueben esas leyes, pero la mayoría de ellas no son efectivas a la hora de modificar la actitud de la gente. Entonces, para que eso no sea letra muerta, hace falta impactar en la sociedad. Por ejemplo, que dentro una comunidad zapatista se pueda discutir el aborto, cosa que he visto, o que dentro de la comunidad circule una pareja de chicos de la mano. Y para transformar eso hoy es necesaria una fuerte visibilización de las formas de vivir y de ser distintas de las hegemónicas.

¿Considera que los movimientos LGBT están en condiciones de apuntar a un cambio cultural, más allá de lo legal?

—Muy de a poco y sobre todo si el foco se pone en lo educativo. Si no transformamos el sistema educativo y las instituciones, nos quedamos cortos. Algunos derechos, como usar el nombre y el sexo que yo quiera en mis documentos, tienen que ver con lo legal, pero no sirven si no se convierten en hábitos en la comisaría, en el juzgado y en colegio. El sistema educativo debería ir incorporando elementos que abonen esa diversidad. Mas que plasmarla en los libros, lo importante es la educación de los docentes. Eso recién rendirá frutos en un mediano plazo, veinte años. Estamos en un comienzo, entonces, lo simbólico juega un papel muy importante.

¿Cómo se puede empujar hacia ese cambio cultural y simbólico?

—Por ejemplo, el hecho de que en Bolivia haya un presidente que se vista como los indios es un elemento muy importante, pero esa conquista llevó 50 años. Quizás en un futuro empiecen a aparecer representantes que encarnen la forma de ser, por ejemplo, trans. No sé hasta que punto las sociedades latinoamericanas están ahora en condiciones de eso. Todavía los partidos políticos no tienen una representación igualitaria entre hombres y mujeres. Imaginemos lo que van a tardar en incorporar a sus listas a personas abiertamente homosexuales. Estamos muy lejos. Esto demanda acciones grandes y pequeñas, tanto de calle como simbólicas. Así como se puede escrachar a un represor o a un golpeador, también deberíamos empezar a escrachar a los discriminadores.

¿Cuáles son los movimientos queer que le interesan en este momento?

—Estoy intelectual y afectivamente muy cerca de una corriente del movimiento LGBT que son las Feministas Lesbianas Afrodescendientes Coloniales (sí, habría que ver cómo achicar un poco el nombre). Ante todas las manifestaciones transgresoras en la historia de la Humanidad, la reacción de las instituciones ha sido la de incorporar esas demandas. Con el movimiento de mujeres sucedió, con el movimiento indígena también. Lo que me parece interesante de esta corriente lesbonegra es que visibiliza que hay una elite también de mujeres, que no todas las mujeres están representadas por esa elite. El poder se legitima incorporando demandas, pero sigue siendo marginalizador.

¿Cuáles son los límites de los movimientos queer?

—La tendencia al sectarismo, la mirada desconfiada ante los espacios que se abren. Creo que en Argentina tienen una gran virtud que es que hay un amplio movimiento de mujeres. Los encuentros anuales lo demuestran y me parece que ése es un espacio importante para que el movimiento LGBT se abra, dialogue, fije agendas comunes. Son movimientos hermanos. Tanto la opresión de la mujer como la opresión de la diversidad derivan del patriarcado. Hoy las mujeres son el sector mas dinámico, trasgresor y activo de la sociedad. y, sobre todo, los movimientos feministas han sabido meterse en los sectores populares. Al movimiento LGBT le está faltando eso.

¿Por qué cuesta tanto articular las luchas por el derecho a la diversidad y los derechos sexuales con, por ejemplo, la perspectiva de clase?

—Insertar ciertas demandas en el campo popular a veces es muy ingrato porque esos mismos sectores a los que querés llegar las rechazan. Algunos lo han logrado, por ejemplo en México, los movimientos LGBT trabajan con prostitutas, es decir, uno de los sectores más castigados. Es una experiencia dura, pero no estaría mal pasar por ella para hacer carne las demandas LGBT. Otra razón: para trabajar con los sectores populares hay que tener una vocación muy Mujica. No podés ir un día y después borrarte. Tenés que quedarte en el territorio, como los médicos voluntarios que están horas y horas de su vida, cuando en general los médicos solo quieren ponerse un consultorio y llenarse de guita. Son muy pocas las personas capaces de apostar a lo ético y no al ascenso social. A eso lo tiene muy poca gente en el mundo y en el movimiento LGBT, que en sí es pequeño, es mas difícil todavía. De a poco irán surgiendo. Entre la población trans, ya hay. Lo LBGT avanzó mucho en el terreno legal y mediático pero poco en lo territorial. Curiosamente, los colores de la bandera de la diversidad son los mismos que los de la bandera de los pueblos originarios, eso debería hacernos pensar.

¿Cuál es su visión crítica de la relación entre la izquierda revolucionaria de los setenta y la homosexualidad?

—La izquierda consideraba a la homosexualidad como una desviación. No hay muchas diferencias con la derecha en ese punto. Había muchas mujeres en la lucha revolucionaria y, sin embargo, los cargos jerárquicos eran para los hombres. Se trataba de una izquierda patriarcal y desde el patriarcado no podés ver más que patriarcas. Se negó a los indígenas, los gays y a todas las diferencias. Recién a fines de los ’80 aparecen fisuras, pero no desde la vanguardia política, sino desde el rock y el arte.

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Imagen: Sebastian Freire
 
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