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Viernes, 18 de octubre de 2013

Escuela para padres

Algunos especialistas recomendaron corregir el comportamiento y reforzar la masculinidad de Lulú, la niña que finalmente hace unos días obtuvo su DNI de acuerdo con su identidad. Los padres de Lulú en un principio acataron, hasta que advirtieron que el sufrimiento de su hija se iba ahondando. Despatologizar es oír otras voces. Esta sociedad, que cuenta hace dos años con una ley de identidad de género única en el mundo, comienza a hacerse preguntas donde antes había sólo imposiciones; y así es que padres como los de Lulú empiezan a buscar y encontrar el asesoramiento y el apoyo que necesitan. Al trabajo del activismo trans la sociedad le debe el esclarecimiento que se viene produciendo, lento y seguro.

 Por Matías Máximo

La Asociación Americana de Psiquiatría (APA) publicó en mayo de este año la última versión del Manual Estadístico de los Trastornos Mentales, DSM-5, en la que desaparece el llamado “trastorno de identidad de género”. Hasta el momento, con 2013 años de humanidad post crucifixión, así se tipificaba la identidad y la expresión de género de las personas transgénero y transexuales.

La voz propia

“Con la Ley de Identidad de Género se puso un marco legal a la despatologización: ya no tienen la voz ni los psicólogos, ni los psiquiatras, ni los peritos judiciales: cada persona decide quién es”, dice Valeria Paván, coordinadora del Area Salud de la Comunidad Homosexual Argentina. En los últimos días, Paván estuvo más mediática que nunca por el acompañamiento que hizo a Lulú, la nena trans de seis años que recibió DNI y partida de nacimiento acorde con su identidad autopercibida. Lo novedoso de la situación de Lulú no es la precocidad con la que empezó a manifestarse, sino que hubo adultos a su alrededor que la escucharon desde que a los dos años se manifestó como nena y se identificó con un estereotipo particular: “el universo femenino”. Según Paván, “que haya un universo femenino y uno masculino es una circunstancia de la representación binaria que tenemos del género, de la tendencia a esperar que todo esté alineado bajo un rótulo u otro. En este presupuesto, ‘la biología es el destino’, donde la mayoría vive con una expectativa de heterosexualidad y espera que las cosas vayan por un camino binario, de conductas y expresiones que responden a lo conocido. De esta manera, todo lo que sale es desviado o patológico”.

Jack Drescher, uno de los miembros de APA que trabajó en la revisión del DSM-5, dijo que “todos los diagnósticos psiquiátricos se producen dentro de un contexto cultural”, y aclaró: “Sabemos que hay toda una comunidad de gente ahí afuera que no busca atención médica y vive entre las dos categorías binarias. Queremos enviar el mensaje de que el trabajo del terapeuta no es patologizar”.

La disforia continúa

A pesar de esto, la modificación del manual más usado en el mundo para los diagnósticos no incluye una total asimilación, ya que insiste con la figura de disforia de género. El término disforia es el opuesto a “euforia”, y refiere a un desajuste o malestar –aplicado al género– con el sexo biológico. La persistencia de la disforia en el catálogo psiquiátrico la ubica como trastorno en la medida en que la persona lo manifieste como tal, ya que los especialistas consideraron que en determinados contextos culturales puede no “trastornar”. Ni generar dificultades de aceptación, entendimiento ni estigmatización. Claro, cómo no sentirse mal en un contexto donde lo diferente es maltratado justamente por eso, con el fin de sostener el estatus superior de lo que se considera normal.

Para justificar una naturalidad que a muchos les cae de madura, ejemplificaron con algunas comunidades nativas de México donde las “muxes” asumen roles femeninos, en cualquiera de los ámbitos sociales, sin estigmatización.

Cuando Lulú llegó al consultorio de la CHA, tenía cuatro años y estaba en una situación clínica complicada, con una crisis nerviosa que le había provocado varios huecos en el cuero cabelludo por la caída del pelo. “Los psicólogos y pediatras que la atendieron le indicaron a la madre que la tratara con una ‘terapia correctiva’, además de una mayor presencia paterna y un reforzamiento de la personalidad”, cuenta Paván.

“El reforzamiento” es una técnica de la psicología conductual que argumenta que los refuerzos condicionan el comportamiento. Se utiliza mucho para la gestión de empresas, donde un administrador motiva a sus empleados alentando los comportamientos deseados y desalienta los comportamientos no deseados, como el ausentismo y las ineficiencias.

Para reforzar la masculinidad de Lulú, le indicaron un tratamiento correctivo: “Durante los seis meses que duró ese tratamiento la estábamos castigando, torturando, pensábamos que así se le iba a pasar. Tenía mi habitación cerrada con llave para que no me usara la ropa. Finalmente la tuve que sacar de ese lugar y la llevé a otra psicóloga. Con cuatro años se plantó delante de mí y me dijo: ‘Yo no soy un nene, soy una nena y me llamo Lulú, y si no me decís Lulú no te voy a contestar’”, dijo Gabriela, entrevistada por Mariana Carbajal para este diario.

Se siente, se siente

Los niños se nombran como varón o mujer aun antes de saber la diferencia sexual anatómica. Y este ser varón o mujer viene de alguna manera por el deseo de los padres al nombrar. A la vez, la sociedad y la cultura entregan y nutren con una cantidad de emblemas que ubican en un lugar u otro. “Las personas trans construyen la identidad de otra forma y desafían la cultura. ¿Por qué sucede esto? La verdad es que yo no lo sé, porque no responde a un problema psiquiátrico, psicológico, ni tampoco a un déficit biológico”, asume Paván.

En la corriente psiquiátrica que avala el DSM-5, el género es una construcción biológica y cultural que se arma desde la gestación, en donde biológicamente hay niños (XY) o niñas (XX). Al nacer, se asigna el género de nacimiento en función del carácter sexual primario: pene o vagina. Después está el género de crianza, que tiene que ver con la educación, el contexto y el género de autopercepción. La autoimagen está ubicada en la corteza cerebral, y se va construyendo con el desarrollo neuronal y la experiencia existencial de los primeros años.

El día que le entregaron el DNI de su hija, Gabriela dijo sin poder parar de llorar que “Lulú no cree que es una nena, sino que siente que es una nena”. Lulú tiene un hermano mellizo. ¿Por qué ella se siente mujer y su hermano, varón? Paván reflexiona que quizá no hay otras posibilidades sociales: “El jardín es un punto importante, porque en la casa los roles quizá no resulten tan separados. Pero llegás al jardín y tenés el rincón de nenas, el cuaderno rosa y empiezan las primeras crisis”.

Cuidar el lenguaje

En el Area de Salud de la CHA, Paván escuchó en los últimos años “el testimonio de vida de al menos 300 personas trans, todos los relatos dicen que el reconocimiento de la propia identidad comienza muy temprano; algunos tienen registro desde los tres o cuatro años. Todos también confirman que en ese momento no los pudieron escuchar”.

En los últimos días, uno de los debates de la sociedad (no de la familia, ni del equipo terapéutico, ni de Lulú) fue si una nena de seis años puede decidir su género. En este sentido, la violencia simbólica que rodeó la cuestión debiera estar contemplada por alguna ley exclusiva que reconociera la agresión de las palabras. Aunque ya lo dice el artículo 12 de la ley 26.743 de IdG: “Deberá respetarse la identidad de género adoptada por las personas, en especial por niñas, niños y adolescentes”. Y si en el futuro sienten ganas de cambiar, la ley también lo contempla (durante este primer año nadie inició esa tramitación).

Un ejemplo sería imaginar que un día todo se refiere con otro nombre: si no hay pacto entre emisor y receptor, la comunicación no existe. Y si a esa incomunicación se le suma violencia, el resultado es todavía peor. Es así que donde nacen los derechos deben validarse sus lenguajes.

“Desde que salió en agosto la primera nota sobre Lulú, empezamos a tener llamados de padres con preguntas. Estamos armando desde la CHA un servicio de atención para niños y adolescentes trans para aglutinar con un equipo de psicólogos y acompañar su devenir”, cuenta Paván y adelanta que “tal vez Gabriela participe de un grupo de acompañamiento para padres. Proyectamos esto porque todos los trans fueron niños. Y el ahorro de sufrimiento a Lulú, reconociendo y respetando su decisión, es un camino diferente para esas vidas que tienen que ocultarse y reprimir lo que sienten”. Paván siente que los profesionales deben acompañar la subjetivación cuando los niños juegan, más allá de las hormonas y todas las herramientas que los sistemas de salud puedan brindar: “A los padres que nos consultan porque el comportamiento de sus hijos les parece poco corriente les decimos que lo principal es escuchar las demandas puntuales que plantea el niño, porque no hay que estar actualizado con lo último de teoría de géneros para detectar las angustias”.

Desde el Area de Salud de CHA, Paván aconseja que “primero hay que hacer una reflexión personal y pensar si estamos dispuestos a acompañar el camino de los niños. También ver desde qué lugar del prejuicio pensamos nuestra sexualidad y la del otro, porque la situación no empieza ni termina con un DNI, sino que es un proceso que también puede angustiar a los padres. Pero para todos es igual: hay que estar dispuestos y aprender a respetar”.


Para comunicarse con el equipo de profesionales de la CHA: [email protected]

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Valeria Paván, psicoanalista (UBA) y actvista, coordinadora del Area Salud de la Comunidad Homosexual Argentina, quien fue la cara más visible de este camino de salida del horror, cuenta esta parte de la historia de Lulú. Hace quince años que Paván está vinculada con la CHA, a la que se acercó después de haber participado de un equipo de trabajo que reunía a profesionales de la salud que trataban a personas con HIV en el Hospital Durán. Su formación en la temática trans fue menos por los caminos de la educación formal que por los de la escucha y el trato con los cientos de hombres y mujeres que Paván fue conociendo en las últimas décadas: “Muchas veces algunos se refieren a mí y a otras personas que trabajamos hace mucho en la CHA como ‘especialistas’, pero eso no es porque hayamos hecho miles de seminarios de transexualidad, sino porque pudimos hacer una escucha desprejuiciada y desarmar muchos de los preconceptos que a los psicoanalistas y otros prefesionales de la salud nos inculcan en la universidad.”
 
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