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Viernes, 22 de noviembre de 2013

TEATRO

Fuerza bruta

Infidelidad y deseo no correspondido entre dos amigos: la historia dirigida por Gonzalo Senestrari y Martín Crespo se repite, en estas tierras, como tragedia y, en México, como comedia musical.

 Por Facundo R. Soto

El Niño Maldito y la Señora Tatuada es el nombre de la compañía de teatro que presenta Beirut Boulevard, creada por Sebastián Sánchez Amunátegui, productor y director chileno residente en México. A la obra la dirigen Gonzalo Senestrari y Martín Crespo, quienes también actúan. Luego de haber trabajado juntos en México, con la obra Tiernas criaturas (guión finalista del premio Tirso de Molina de España), crearon esta compañía fusión entre Argentina y México. La versión teatral de Beirut Boulevard que se puede ver en Argentina trata el tema de la infidelidad y del deseo no correspondido entre dos amigos, mientras que en México se estrena su versión musical.

En la obra: un amor gay, uno hétero, la correspondencia, la no correspondencia. Digo, no es lo mismo el amor para dos varones que para dos chicas. ¿O sí?

Martín: No lo tratamos de manera distinta. Partí de una cosa que dice Bukowski, que es: encontrás algo que amás para destruirlo. El amor es difícil que sea eterno. Hay un momento en que se transforma en otra cosa... Ahora, en relación con lo que me estabas preguntando, el amor se lo tomó como amor en general, sin diferencia de género. Por ejemplo, en la obra mi personaje es Francesco, que está enamorado de Tony (que es Gonzalo). Está enamorado pero más allá de lo sexual. A mis amigos yo también los amo, y va por otro lado que no es el sexual. Un personaje dice: “Me masturbo pensando en él, pero no lo acoso. No voy y me lo quiero coger. Me gusta, sí, pero sobre todo amor”.

¿Sabes qué me pareció interesante? Uno de los ejes que atraviesa toda la obra, que es el de la infidelidad. Después hay otro que es el psicoanalítico y ya vamos a hablar de ése después...

Martín: A Francesco le rompió el corazón, y después sufre del corazón, haber visto a su novia con el pene de otro en la boca. Es un tema un poco tabú en el teatro, porque depende de cómo te lo muestran. Beirut no toma partido por nada. Te muestra algo sin decirte qué está bien y qué está mal.

Pensar la infidelidad como un valor social y con la paradoja de que no se puede tolerar...

Gonzalo: Es muy real esto. Porque cuando alguien te recagó es terrible. Por más freak que uno sea. A mí, lo que me pasó en particular, con cosas que tenían que ver con eso, yo no juzgué el hecho. Pero de pronto todo se arruina. Y no podés juzgar a la otra persona que lo arruinó.

Martín: Hay una cuestión machista, socialmente, de pensar que el varón es el infiel y que las relaciones gays son más promiscuas que las no gays. Para mí pasa de cualquier lado. En un momento vos podés elegir a una persona, pero no podés evitar tener deseos hacia otra. Es, como vos decías, un poco paradójico.

¿Tuvieron algún referente a la hora de montar la obra?

Gonzalo: Sí, nosotros (risas). No sólo teatro, sino muchos referentes de música, cine, libros. Vamos absorbiendo distintas cosas y de a poco vamos llegando a ese fin al que queremos llegar.

Martín: El tiene una dramaturgia que también se relaciona con la música. La música es muy inspiradora para nosotros. No es nada al azar.

El alto grado de concentración de los actores está a la vista, sobre todo al comienzo de la obra, cuando está la chica llorando en el Boulevard, con una carga emotiva fortísima, abstraída del mundo, mientras los espectadores nos acomodábamos... Y el giro del taxista que encontró su lugar en el mundo contando historias en los taxis, después de haber sido ignorado como escritor, logra hacer algo con sus restos, con su miseria.

Gonzalo: Los seres que te encontrás en el mundo a veces te hacen decir: puta, quiero sacarlos de acá y ponerlos en otro lado. Se mezcló un poco con mi frustración de escribir y no publicar. Me veo a mí mismo arriba de un taxi y es como el personaje más...

¿Apuntaban a algún público en especial?

Martín: A todo el mundo, porque nos gusta mucho nuestro trabajo; suena medio estúpido lo que digo ¿no? Pero, como creemos en lo que hacemos, queremos que, por lo que se cuenta y por la estética que tiene, que la obra se vea. De 20 a 40 es el rango de la gente que va. Pero, en la última función me sorprendió la cantidad de gente grande, arriba de 50, que fue a ver la obra, tipo 70 años. Y parecían fascinados. Aunque, quizá, por el léxico y la forma estaría más orientado para gente joven.

Teatro La Tertulia, Gallo 826. Viernes a las 23.30

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