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Viernes, 24 de enero de 2014

MI MUNDO

¡QUÉ RICO, PEDRITO!

Veinticinco años se cumplieron de la muerte de Pedrito Rico. Recordamos aquí al Angel de España, con sus dedos cargados de joyas, resplandeciendo a lo loca en las páginas cholulas de Radiolandia o bajando cual diva la escalera del teatro de revistas.

 Por Kado Kostzer

”¡Pedrito Rico!” (léase con tono burlón) El insulto fue proferido por un alumno de 4º grado de la Escuela Justo José de Urquiza de Tucumán a un compañerito. La víctima soportaba la cruz de una promesa hecha por su señora madre a otra señora, la Nuestra de la Merced: su hijo llevaría por diez años el pelo largo hasta la cintura. En mi infancia, ¡Pedrito Rico! definía a los chicos sensibles que evitaban peleas, que preferían el cine al fútbol y cuyos guardapolvos estaban siempre impecables.

En la primavera europea de 1988 yo escribía en Valencia Taxi, al Rialto, un espectáculo de musichall. Con mi amigo mexicano Sergio García-Ramírez y una pareja –hoy disuelta– de actores catalanes: la encantadora Montse Guallar y Lluís Homar (el ciego de Los abrazos rotos y el ex cura de La mala educación de Almodóvar), en la terraza de un café, una repentina ráfaga interrumpió nuestra conversación: el paso de un ángel, el Angel de España de colorido sport. “¡Pedrito Rico! (léase con tono admirativo). Yo lo invito a sentarse con nosotros”, dijo decidido el apuesto Lluís.

A Pedrito le complació la mesa: gente de teatro de Cataluña, México y la Argentina, lugares donde siempre había sido bien recibido. Haciendo despliegue de su simpatía, nos contó grandes proyectos. Aunque su apariencia había perdido el brillo de antaño, no parecía enfermo. Apenas abandonó nuestra más que curiosa compañía para seguir su trayecto –estaba de paso por la preciosa ciudad del Levante–, con bastante mala intención comentamos que parecía Julio Iglesias recién salido de una orgía. Ninguno de los cuatro imaginaba que poco después, el 21 de junio, moriría en Barcelona víctima de la tristeza provocada por la reciente desaparición de su madre y una anemia. Tenía 56 años.

Hijo de un carnicero y con la perspectiva de tener que cortar solomillos el resto de su vida, Pedrito se decidió por el artisteo, dejando un hueco en el coro de la iglesia de su alicantina Elda natal. Cambió el ensangrentado delantal de la carnicería y el más favorecedor traje de monaguillo por blusas de vaporoso vuelo, primorosas botitas con tacón, capas alamaradas, ostentosos aderezos y ajustados pantalones que realzaban su cinturita de avispa y sus tentadoras nalgas. Su referente a seguir fue el entonces popular Antonio Amaya, El Gitanillo de Bronce, que a su vez copiaba al inmenso Miguel de Molina.

El ridículo marco moral del franquismo no era el más propicio para esa silueta cimbreante y provocativa, ni para cultivar un repertorio escrito en muchos casos para voces femeninas: “Dos cruces”, “Mi escapulario”, “La Zarzamora”, “El beso”... En 1956, luego de su exitoso debut en Valencia, corroborado en Madrid, el veinteañero Pedrito emprendió en la tercera clase del buque Enrique Dodero viaje a la fama. En su presentación en Romerías del Teatro Avenida, el público porteño lo adoptó incondicionalmente. Era lógico: Miguel de Molina, el padre de esos hijos artísticos bastardos, había iniciado su adiós a los escenarios de sus triunfos argentinos.

En la pantalla grande

El cine no podía ser ajeno al atractivo que ejercía Pedrito en el público. Enrique Carreras en 1957 le brindó un rol estelar en El Angel de España. Cinco años antes, Miguel de Molina había tenido su monumento de celuloide en Esta es mi vida de Viñoly Barreto. Ambos films difieren enormemente. En la ficción de Miguel, el amor está focalizado en la madre dejada en la lejana España y en el deslumbramiento por el arte de una de las muchachas de su compañía (Argentinita Vélez), astuta manera de esquivar el tema de la homosexualidad. En la película de Carreras –además del exaltado Edipo– se disputan al Angel las desangeladas Elcira Olivera Garcés (entonces mujer del guionista Santa Cruz) y Mercedes Carreras (prometida del director). La primera, una viuda aristocrática que, dado su rango social, siempre luce sombrero o tiara y está envuelta en estolas o capas (gentileza de Pieles Orlandini). La otra, una aplicada estudiante de Medicina que al final logra el corazón de Pedrito y el derecho a lucir ella también una estola de visón (según parece, Orlandini era muy generoso y confiado con los canjes publicitarios). Mientras que los números musicales de Miguel –obra del iluminador Etchebehere y del propio artista– son elaborados e imaginativos, los de Pedrito ostentan una extrema pobreza y están filmados con chatura. En un film es notoria la presencia, detrás y frente a las cámaras, de un gran creador que apela a la ambigüedad; en el otro, un intérprete obvio al servicio de una españolada gris.

La escalera es mía

En la TV en blanco y negro de mi niñez vi a Pedrito en varias oportunidades. En vivo sólo una vez –en 1970, creo–, invitado por Mimí Pons, que encabezaba con él una revista de verano. El espectáculo, armado a la ligera, sumía en sopor. La aparición, deliberadamente tardía, de Pedrito fue la salvadora inyección de vitalidad deseada. Sus atuendos coloridos y recargados provocaron muchos ¡oh! de admiración en la platea de señoras con peinado batido de peluquería. Las pioneras bobby-soxers de Frank Sinatra o las nenas de Sandro no tenían histeria alguna que envidiar a las “ricuritas” de Rico, cuya voz no estaba en su mejor momento, pero sólo yo –de puro criticón– lo noté. No obstante, su dominio de la escena y el estilo almibarado y cursi resplandecían intactos, casi potenciados. Lo más notable era la comunión que establecía con las adictas que gozaban con sus evoluciones de una afectación ibérica, ya en esa época pasada de moda. Lo más curioso del espectáculo fue que Pedrito se atrevió a transgredir el tradicional ritual de la revista y en el “gran final”... ¡era él quien bajaba la escalera pleno de brillo! A la sumisa Mimí no le quedaba más remedio que salir a saludar por un lateral con la mano extendida para recibirlo unos segundos antes de que los piecitos del divo tocaran el escalón final. ¡Pedrito! (léase con tono exultante), ¿quién te quita lo bajao?

El Angel y la diablesa

En los ’60, las páginas color bronce de la farandulesca Radiolandia exhibían fotos de Pedrito con Jayne Mansfield en Las Vegas. La bomba sexual, que en sus comienzos había sido una seria rival de Marilyn Monroe, se veía prematuramente decadente, pasada de copas y de kilos. Un Pedrito –de sexy camiseta musculosa– dispuesto a sacar leña del árbol casi caído había posado con ella prodigándole mil besos que un paparazzo cómplice registró. La nota hablaba de flechazo, de un contrato millonario en Hollywood... ¡y hasta de matrimonio! Seguramente la infortunada Jayne –murió a los 34 años decapitada en un accidente automovilístico– nunca supo del hispano Angel que la abrazó, ¡a ella, que según la leyenda era sacerdotisa de una secta satánica! Este “romance” se sumaba a los inventados con una juvenil Graciela Pal y con la starlet alemana Marlene Rahn.

Aunque nunca se le confirmó un amante masculino –el cotilleo español mencionaba a un tal Miguel de Mairena y las indiscreciones locales a dos cracks del fútbol–, el nombre de Pedrito de vez en cuando aparecía ligado a violentos incidentes ocasionados por encuentros con indeseables compañías. Ya borradas por el tiempo, recuerdo crónicas vespertinas –teñidas de homofobia– que hablaban de abuso deshonesto a un adolescente, cocaína, robos y lesiones a su angelical anatomía.

En 1980, la democracia española, cargando la culpa de la casi marginalización que había sufrido durante el franquismo, le otorgó la Medalla al Mérito en el Trabajo. Asimismo, el Museo Etnográfico de su pueblo natal atesora discos, trofeos, fotos y vestuario de su ahora hijo dilecto. Hoy, a veinticinco años de su muerte, Pedrito sigue siendo noticia. En las recientes fiestas valencianas se le quiso rendir homenaje en las fallas con su busto en la alegoría gay. Sus hermanas Carmen y Soledad rechazaron ofendidas el sincero tributo. Otras mujeres –encubridoras, cómplices, protectoras y amigas– lo rodearon: Flori Antar, la señora de Chouzas, su representante y Marta Améndola, sacerdotisa que aún vela para que la llama de Pedrito sea eterna. Lo es, Marta.

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