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Viernes, 28 de febrero de 2014

A LA VISTA

Dinosaurios en Uganda

El presidente de Uganda, Yoweri Museveni, finalmente promulgó la ley que castiga con cadena perpetua a homosexuales. En esta carta abierta, desde Argentina, la Loca se suma al repudio mundial y –por si hiciera falta– deja en evidencia las sinrazones de un discurso asesino.

 Por Alejandro Modarelli

Cincuenta años pasaron desde que tu país se independizara de Gran Bretaña y vos, como cabeza del Estado de Uganda y en su nombre, ofreciste en 2012 el país a la divinidad única, en un bíblico arrepentimiento por lo que llamaste “los pecados de tu nación” desde su ilusoria liberación del Imperio (el sanguinario Idi Amin Dadá seguramente acompañaba desde el infierno las plegarias, en el más allá el tiempo sobra y siempre se tiene la esperanza de obtener residencia transitoria en el purgatorio): Dios ama a Uganda, y por eso crees que corresponde encarcelar a los maricones.

Hablaste entonces de la idolatría y la brujería que proliferan en tu tierra, además del libertinaje sexual que condujo a las enfermedades. Los cristianos evangelistas yanquis del estilo Lively Scott, que son tus pedagogos, insistentes misioneros en media Africa subsahariana, veneran la letra inmutable de los testamentos de Jehová, esa tinta que sin hermenéutica posible y con sangre entra en los negros corazones para volverlos blancos como aquel predicador fundamentalista. Digo yo, con ánimo de ofenderte: ¿leer los textos bíblicos, del modo que lo entienden tus maestros yanquis, ¿no es como caer en otra forma de idolatría, no es como enfermarse? Arrepiénteme si yerro, te cedo la tarea, y mándame –puto como soy y conforme a la ley que esta semana promulgaste, siguiendo eso de “lo natural y lo antinatural”, lo “genético y lo adquirido”– a la cárcel por perpetuidad. Puto soy, y con tendencia idolátrica al grande de oro. Antinatural en nombre de la naturaleza, genéticamente (de)generado, con ese deseo nefando adquirido con peligrosa alegría, te pido yo devenido de pronto ugandés: sálvame, Daddy Museveni, de las cadenas eternas, arrepiénteme aunque yo no quiera. Pero, bien pensado el asunto, quién te dice que la cárcel no esté poblada por becerros de sodoma que me deleiten. De hecho, muchos comentaristas homofóbicos (aunque, como dice el viejo chiste, seguro que con muchas dudas en el culo) de los diarios argentinos echaban estos días a volar su imaginación sobre el sacrificio que significaría ser sodomizados por “los negros”, a sabiendas del mítico tamaño.

Permíteme, presidente, otra digresión, si es que te interesa viniendo de la Argentina: una vez más, el diario La Nación tuvo que cerrar los comentarios sobre la noticia de la nueva ley anti-gay de Uganda. Previo a la clausura del aquelarre de los foristas, uno llamó mi atención. Reflexionó el muchacho que la vida había comenzado en el Africa y no en Occidente, y que azarosamente la moral (equiparada mediante su ley a la cura de la vida) hacía su rentrée planetaria desde el mismo continente. Aleccionando así a países como el nuestro (país K, cómo iba el forista a olvidarse de la letrita maléfica) que sigue los dictados a la moda en materia de derechos civiles y sexuales, aunque “ya van a ver cuando se termine esta dictadura cómo caerán esas leyes para putos”, escribió, tal como vos acordarías. Africa, pues, la de las viejas luchas coloniales, estaría diciendo al mundo secularizado que aprendió bien de las viejas religiones imperiales a definir los objetos de castigo, y de los regímenes que las difundieron los métodos de control biopolítico sobre los cuerpos. Para información de los lectores de Soy, recuerdo que antes de firmar la vigencia de la ley homofóbica consultaste, presidente misionero, a un “cuerpo de sabios médicos” para legitimarla.

En aquella jornada histórica de 2012 pediste perdón por el derramamiento de sangre inocente, los pecados de hipocresía política, la deshonestidad, la intriga y la traición. Ni qué decir sobre la opresión y la explotación, que esos términos –aunque resuenen desde la época de luchas anticoloniales– quedaron grabados en el mármol de la memoria africana. Y fijate que en Sudáfrica el presidente Mbeki se negó a aceptar el HIV-SIDA como enfermedad de transmisión sexual y decía que el verdadero remedio no provenía de “las drogas caras que prolongaban la dependencia colonial sino de la eliminación de la desigualdad”. Su indignación era contradictoria, absurda y justa en iguales dosis. Para vos, en cambio, el HIV sí es enfermedad de transmisión sexual, pero, para ser exactos, de transmisión homosexual. Y la sexualidad diversa, defendida en tanto ejercicio de un derecho, sería una forma de imperialismo social. Esa pelea antiimperialista que entablaste tomando como baza la homofobia, qué curioso, tiene autor: esos cultos fanáticos que se expanden, justamente, desde el centro del Imperio. Proveyendo junto con la ayuda económica que tanto se agradece en el Africa, las terribles certezas de sus misiones antisexuales.

Dijiste: “Queremos que Uganda sea conocida como una nación que teme a Dios y como una nación cuyos cimientos están firmemente arraigados en la rectitud y la justicia para que se cumpla lo que dice la Biblia”. Se la está conociendo, sí, por haberse tragado junto con naciones vecinas los sapos de unos cuantos locos.

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