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Viernes, 28 de febrero de 2014

LOCAS POR EL CARNAVAL

“No soy mujer, soy la tercera opción”

La murga, en los tiempos más oscuros, fue un refugio precario, única chance de dar los primeros taconeos. Para algunas, como Vannessa y Leyla, se convirtió en pasión vitalicia. Aquí sus crónicas de los carnavales de ayer pero también de hoy, a la luz de la ley de identidad de género. La fotógrafa Florencia Guimaraes García, que hizo esta producción, cuenta qué ve y qué rescata la lente cuando la mirada es trava y está entre amigas.

 Por Vannessa Pil

Con 83 años, soy la abuela momo del Carnaval y dinosaurio en el horóscopo chino. Estoy dolorida todo el año, pero llega febrero y me levanto de la cripta. Cinco atados por día. Mi vida es mate, cigarrillo y murga. Una noche me dijeron que la murga no salía, me amargué, me descompuse grave; al rato no sé qué pasó, pero me llaman para decirme que se hace. Y ahí, bueno, me recompuse en diez minutos y en dos me maquillé. Nací en Damasco, Siria. Mi padre era turco nacido en Bagdad y mi mamá, gitana zíngara, yugoslava. Se amaron, mi mamá renunció a la gitanería y de ahí nacieron trece hijos. Yo fui el número siete y único varón. Vivimos en España y terminamos acá, en Comodoro Rivadavia, donde me quedé hasta los 20, cuando perdí a mi mamá. Antes de morir me había dicho que me fuera y que, fuera donde fuera, iba a ser bien recibida. Imaginate que yo había aprendido a tejer a escondidas, con clavos en lugar de agujas... Mi mamá, en su ignorancia, tenía su inteligencia y me aceptaba, pero había cosas que no decíamos, nunca pude contarle que me había acostado con un hombre. A los 20 vine a trabajar en un cabaret del Bajo. De joven hice shows caracterizada como Tita Merello y como la Porota. En la época en que Jorge Luz tuvo problemas con las cuerdas vocales, yo le puse la voz. También le hice la voz cuando hacía en el teatro Tita Membrillo, mujer de un conventillo. Tengo hijos de crianza, nietos, bisnietos y vivo con una nieta mía, en Villegas. Me dedico a ser ama de casa, vendo sahumerios por encargo desde hace años y tengo una clientela. Además tiro las cartas, pero eso no lo comento, soy bruja tapada, de boca en boca, no lucro, lo hago con gente amiga. Ni lo publicito. Ni loca quiero estar escrachada en Facebook o en un anuncio con eso.

Tuve un gran amor de murga que duró seis años. Donde veo un pantalón, veo un marido, pero de todas las murgas que pasé ésta fue mi única historia seria. Cuando empecé a criar chicos, los prioricé a ellos y pasé a tener más que pareja, amantes: uno que tenía carnicería, otro, verdulería y finalmente uno que trabajaba de panadero. Comida no nos faltó. Tenía todo para los chicos. Yo trabajaba en la noche y el tipo que estuviera conmigo para los chicos era “el tío”. Son hijos que crié, eran de compañeras de la noche, muchas quedaban embarazadas, no se podían hacer el raspado y se los terminaba criando yo. Siempre los crié explicándoles que yo no era ni la mamá, ni el papá, sino la tía. Y había lugares donde sólo me podían decir tío. En febrero yo me pedía el mes en el cabaret para salir en corso e iba ubicando a los chicos en casas de amigas. Ese mes era para mí.

La de las uñas

Me gustaría que el Carnaval durase todo el año, así puedo ir al almacén con este look. Y un poco lo hago: puedo estar barbuda, pero las uñas y las pestañas no fallan. De joven siempre tuve las uñas largas, con el tiempo se me fueron debilitando y entonces empecé con las postizas. En casa lavo platos, tiendo la cama, todo con las uñas. Sin ellas me siento inútil y con ellas soy yo. Las madres de los bebés me dicen: “Ni me agarres al bebé con esas uñas”, pero soy hábil, son parte mía y, menos bordar, hago de todo.

Empecé en la murga desde muy chica. Cuando vi que había hombres vestidos de mujer, con bigote y vestido de novia, dije: esto es lo mío. Me presenté en los Encopados de Saavedra, dije que quería ser vedette y me tomaron una prueba. Jamás desde aquel verano dejé de estar en una murga. Después me pasé a Los Cometas de Boedo. Pero jamás usé plumas, fui una vedette pobre. Ando así como ven en las fotos porque así quedo registrada: “Allá viene la de las uñas largas”. Me gusta ser el centro de las miradas, aunque me critiquen. Hay quien dice “hablan mal pero hablan, que es lo importante”. Quiere decir que estoy presente. Yo en el año ando con peluca, zapatos de mujer y capaz una remera de hombre, barba y veinte collares. Siempre lo dije: yo valoro la palabra puto. Las palabras gay, homosexual y trolo no las acepto, pero puto siempre me gustó. No me gusta esa cosa de que te tenés que creer que sos mujer. No soy mujer, soy la tercera opción. Hay que estar orgullosa de lo que una es. No me molesta como me ven los demás, yo me siento yo. Por ahí estoy barbuda y se me da por pintarme con rimel y ponerme unas pestañas altas, por las cejas. Vos mirás y decís: ¿qué carajo es eso? Sumale a eso la edad. Ahora estamos en Los Estrellados Porteños, de Mataderos. Es un grupo muy unido. Tengo contacto con los murgueros las ocho o diez noches de Carnaval. Pero durante el año sólo veo a Leyla.

El día que fui bombista, el día que fui la Lobato

Un año con Los Cometas de Boedo volvíamos de Morón. Los corsos era larguísimos, de cuadras y cuadras. Llegabas bailando y desfilando hasta el escenario donde actuabas, y volvías desfilando hasta el micro, pasando por muchos barrios. En un micro íbamos las vedettes con las mascotas (los chiquitos) y en el otro los murgueros y bombistas. Uno de los murgueros en el camino tiró una botella y le pegó a un coche que se ve que era de la policía. Se armó la gorda. Cuando llegamos para desfilar nos dimos cuenta de que no estaban, habían detenido a todo el camión de los bombistas. Teníamos que hacer la entrada. Si no entraba la murga, no nos pagaban. Entonces pedí dos cintos, les dije que me pusieran el estandarte en la espalda, y vestida de vedette como estaba cacé un bombo y entré con los chiquitos atrás, y sin saber nada de cómo se toca el bombo nos llevamos el primer premio, por reconocimiento al haber salido a toda costa. El año pasado estábamos desfilando y uno me grita: “Eh, la Zulma Lobato”. Y le contesto: “Sí, las bolas te ato”. La gente se rió. Cuando salíamos, un nene se me acerca y me pregunta si yo era Lobato. Como veo que es un chiquito le digo que sí, él me pide un autógrafo, “para mi mamá”, y yo se lo firmé. ¡Espero que no se entere la Lobato porque me hace juicio! Al rato viene el nene con una botella cortada de cerveza con coca, que me mandaba en agradecimiento su mamá. Antes hacía las pestañas de cartulina y me las pegaba con plasticola. A los nenes les llamaba la atención, entonces yo iba desfilando y regalando pestañas como souvenir. Ahora uso las de acetato. Me las hace Flor, que sabe maquillaje teatral. Ahí, en esa foto, estoy con un disfraz que me hizo Leyla, de dama antigua pobretona.

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