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Viernes, 6 de junio de 2014

Segundos afuera

Hace unos 40 años la norma era que los padres y familiares se avergonzaban de sus hijxs raros, hasta llegar a que, en el caso de que fueran agredidos, ni siquiera salían a reclamar por sus almas o sus cuerpos. Hoy, sin ánimos de anunciar que el prejuicio ha caído, empiezan a aparecer algunos cambios que podríamos caracterizar como “la salida del closet de los otros”. Familiares que van desde el pedido de asesoramiento para “acompañar” hasta emprender la militancia con sus hijos. Aquí, la experiencia de tres madres en primera persona y la de otros que se acercan y preguntan analizada por un sociólogo que escucha.

 Por Ernesto Meccia*

El coming out, instalado en el imaginario social desde hace poco más de 30 años, implica un proceso comunicativo que transitó por distintas versiones.

Primero se lo pensaba como una decisión que había que tomar con madurez. Se decía que había que “asumir” lo que les había tocado en suerte a quienes con el paso del tiempo se convirtieron en gays y lesbianas. La vida les había colocado en el camino algo parecido a una piedra, y de lo que se trataba era de ver qué se hacía con esa piedra cuya existencia no podía ya negarse. Esta idea del coming out se expresaba a través de narrativas sufrientes. El sufrimiento, asimismo, estaba atado a cierta cadencia fatalista y esa fatalidad (“ya no lo pude manejar”, “era imposible negarlo porque eso estaba ahí”) operaba como un pedido de disculpas anticipado a los destinatarios de la revelación del secreto. Por último, estaba también la imagen de la tremenda soledad de los que sufrían la crueldad del destino si no “confesaban”.

Luego fue gestándose otra matriz: la narración del yo se volcaba decididamente hacia el lado del orgullo, al yo no le habían “pasado cosas” sino que “era lo que era”, “existía” de determinada manera y eso ya no había que “asumirlo” o “revelarlo”, mucho menos solicitando veladamente disculpas. En adelante, lo que había que hacer era nada más que “informarlo”, “comunicarlo”. Quienes tenemos más de 40 pensemos en el abismo que separa la acción de “revelar” de la de “comunicar” la homosexualidad o la lesbianidad. También comparemos los relatos de los antiguos talk shows de los años ’90 con decenas de producciones de la televisión argentina del 2000 para acá. Veremos lo tangible del cambio con la extraña excepción de Farsantes.

Estoy seguro de que si preguntara a mis lectores “¿de quién es el coming out?”, me responderían “de” los gays y las lesbianas y aun de los y las bisexuales (la cuestión trans –creo– no aparecería). Pero yo le propuse a Soy esta nota para llamar la atención sobre lo incompleta de esa respuesta y para tratar de dar voz a otro conjunto de personas que también hacen el coming out: los familiares de gays y lesbianas.

¿POR DONDE ES LA SALIDA?

Veremos que a veces “salen” de maneras muy “fragmentarias” o “elementales” u “oblicuas”, pero “salen”, porque, como sus hijos/nietos/hermanos/sobrinos, necesitan ser escuchados en tanto que tales, es decir, en tanto parientes directos “de”. Mi experiencia como profesor universitario me brinda la maravillosa oportunidad de escuchar estos relatos que tratan de hacerse un lugar en el orden de lo decible, que, en el buen sentido, es el orden de lo “evidente”, ya que las experiencias que logran llevarse a la lengua son las que se pueden compartir y lo compartido es el gran antídoto contra las fantasías que, sobre estos temas, abona la soledad.

Primer ejemplo. Sobre fines de 2006, cuando apareció mi libro La cuestión gay, me escribió una persona que se presentó como el padre de un alumno mío. Confieso que empecé la lectura con temor a un mensaje homofóbico. Me equivoqué. El señor, luego de felicitarme por mi “valentía”, me dijo que quería ir al grano. Me escribía porque necesitaba mi “ayuda”, puesto que “se daba cuenta” de que su hijo era gay, pero que no sabía cómo hacer para acercarse sin invadirlo y decirle que él sería un padre que lo apoyaría en todo y que, lejos de menoscabar su cariño, esa circunstancia lo agrandaba. Dos o tres años después, un alumno de la Carrera de Comunicación de la misma universidad se acercó y manifestó que me conocía desde el momento en que descubrió mi libro en la biblioteca de su padre. Cuando nos despedimos mandé saludos al padre, cuyo nombre le pregunté, “distraídamente”. Tenía el mismo de quien me había escrito. De ese mail me llamó la atención la referencia a mi valentía porque pienso que era el propio papá el que se estaba dando valor para salir del closet y que, en esa empresa, yo era un insumo. Quiero decir que más que esperar de parte mía una receta, lo que esperaba era lo que finalmente hice: una respuesta en la que lo felicitaba por “su” valentía y lo incitaba a ir por más. Pero lo que más me sorprendió fue el hecho de que era el padre quien se estaba adelantando con su coming out al coming out del hijo. Me impactó esa carrera protectora que pensé como un signo del cambio de los tiempos. Me pregunto sobre la amplitud de este fenómeno.

Segundo ejemplo. Casi un calco. “Estimado profesor: fui a la presentación de su libro. Quise presentarme, pero había mucha gente. Si me permite yo quisiera hacerle dos preguntas. Primero me presento. Soy Juan Carlos, tengo 55 años, estoy casado, tengo dos hijos, soy contador. Mi primera consulta: desde que empezó a dejar de ser una niña, yo pienso que mi hija es lesbiana. Pero en los últimos años estoy seguro. Mi hija es una persona excelente, muy buena hija y amiga, querida por todos. Yo le consulto porque ella no nos cuenta su vida y nosotros con la mamá estamos para compartir lo que sea porque partimos de que Aldana es puro sentimiento, una buena persona y, entonces, lo demás es cuestión de detalle. Nosotros no juzgamos las elecciones. El problema, profesor, es que no sabemos cómo hacer para hablarle y decirle que sabemos, que ella puede confiar en nosotros. Sentimos un poco de vergüenza para hablar y también tenemos miedo de que piense que queremos meternos en su vida. ¿Qué nos recomienda, profesor? ¿Usted dicta cursos para padres? ¿Sabe de algún libro que pueda ayudarnos? Mi segunda pregunta: con mi esposa nos preguntamos por qué usted siempre escribe sobre los gays, por qué no escribe sobre las lesbianas. Consideramos que hemos aprendido mucho con sus libros, pero no nos sentimos seguros de pensar si lo mismo que les pasa a los gays les pasa a las lesbianas. Nosotros queremos saber bien para ver bien cómo movernos con Aldana. ¿Aldana es diferente de un gay? ¿Quiénes sufren más: los gays o las lesbianas? (...) Juan Carlos.”

Este mail no tuvo buena recepción entre mis colegas. Uno de ellos me dijo que lo único que querían los padres era saber para controlar y que ello venía a cuenta de las nuevas configuraciones de control biopolítico. Porque si los padres no tuvieran una grilla interpretativa biopolítica (en su perspectiva eso quiere decir una mentalidad fascista), ni siquiera se les ocurriría pensar eso sobre la hija. Ellos sospechaban y la sospecha era, desde el vamos, enclasamiento en una identidad ilibertaria. Sacadísimo, el colega me exhortó a que viera bien: el coming out es otra operación de control identitario operada por el aparato heteronormativo. Recuerdo que le contesté que la eficiencia del poder regulativo de la heteronormatividad (así como cualquier otro regulador social) es algo que tiene que demostrarse siempre de nuevo, porque de lo contrario le estamos otorgando una capacidad de reproducción automática de las cosas y que yo creía que, aquí, la heteronormatividad hacía falla. El segundo elemento que tenemos en este relato de coming out es la subyacencia de una angustia originada en situaciones de soledad y desinformación (ya dijimos que una puede ser causa de la otra). Preguntar con ese nivel de gravedad si existen diferencias en el sufrimiento de las lesbianas comparado con el de los gays es una intriga que justamente puede generarse en situaciones de coming in instigadas por la vergüenza que hace sentir el entorno. Es esa situación la que estos padres estarían dispuestos a superar. El tercer elemento ya lo vimos: las opciones identitarias son consideradas neutras, cuando no directamente legítimas y, por ello, no son juzgables desde un punto de vista moral. Es esta certeza lo que alienta a estos padres a embarcarse en el coming out.

Tercer ejemplo. Muy parecido, aunque con un matiz horizontal. Aquí una madre no quiere adelantarse, pero sí quiere ir a la par de su hijo. Sabe que para ello tiene que hacer junto a él el coming out. Al día siguiente de la presentación de Los últimos homosexuales recibí este mail: “Ernesto, soy la mama de Alan y quiero que sepas que agradezco tu presencia en su formación, no sólo en su profesión sino como ser. Tuve la intuición de mirar tu muro, vi que presentabas tu libro y le pedí a Alan que me tuviera al tanto. Compartí con él y conocí a sus amigos en la presentación en la Facultad de Sociología. Realmente me es difícil poner en palabras y transmitirte lo que significó para mí toda la vivencia de ese día. Yo te estoy profundamente agradecida, por el ser que sos (...), por tu corazón y tu acción. Son pocos los seres que viven como dicen y sienten. Los chicos me preguntaban qué me pareció tu exposición: me transmitiste mis ganas de saber sociología, ganas de leer tu libro, de saber del sentir de esos ‘otros’ que son iguales a mí, sentí que no ‘vendés’ nada, que sos genuino, sos el que sos en un mundo en donde fuimos educados para encajar y no en buscarnos a nosotros mismos y ser quienes somos al máximo de nuestras posibilidades. Mi admiración hacia vos y mi agradecimiento. Me queda por delante leer tu libro y seguir buscando un encuentro cada vez más genuino con mi hijo. Gabriela”.

Hago otro pedido a mis contemporáneos: pensemos si nuestros padres pensaban así. Aquí tenemos a una madre, alfabetizada en un lenguaje sentimental inédito que manifiesta querer emprender junto a su hijo un camino de conexión genuina, sabiendo que el mismo puede andarse desandando los caminos convencionales, esos caminos que están hechos para encajar y no para encontrar el lugar donde quedarse. Gabriela me dijo que su primer acto público “concreto” fue ir hasta la facultad no solamente a acompañar a Alan sino para conocer a sus amigos gays, en el marco de un “debut total”, podría decirse. Para ella el coming out no solamente es “salir” sino “abrirse”, y ello será un logro completo si logra expandirse a otros: “Esto es un proceso de sanación que termina cuando de ese dolor interno y personal puedo aprender, ver el para qué y luego ayudar a otros. Y hacia allá voy. Le agradezco a Alan tanto porque sin él no hubiera crecido en amor”.

Es claro que existen formas menos claras y decididas de hacer el coming out por parte de los familiares. Pero se lo hace de todas maneras. Parecería que, en la actualidad, la “noticia” de un gay o una lesbiana en la familia no puede quedar alojada en el silencio; al contrario, busca formas de escape, aunque la misma no se la pueda decir directamente a ese familiar ni al entorno más directo.

Sí: a veces el coming out se hace ante desconocidos. Quién sabe si ello formará parte de un proceso gradual que culminará en conexiones como las anteriores. Es un tema poco estudiado.

Veamos el caso de Rebeca, una vecina del barrio, bastante mayor, dueña de un bazar. Me conoce apenas como cliente. Una vez, sin embargo, me trató como a un conocido de toda la vida. Y no fue por casualidad. Fui en busca de veladores de escritorio. Me alcanzó tres del mismo modelo de distintos colores. Con serena seguridad, sin dejar de mirarme, me señaló el que era marrón oscuro veteado: “Usted, que es delicado, llévese éste”. Acto seguido, haciendo uso de una información que no tenía, a fuerza de pura magia comunicativa, me preguntó: “¿Usted es profesor, verdad?”. Yo le pregunté por qué preguntaba eso, pero ella siguió con su monólogo (conmigo) contestando: “Yo tengo un sobrino que es como usted. Es profesor. Tiene buen gusto. Viaja, hace posgrados”. Se notaba el cariño por el sobrino, tanto como que es gay. Era con él y/o con sus padres con quienes dialogaba o, mejor dicho, con quienes quisiera dialogar algún día cara a cara. Pienso que Rebeca, como tantos otros familiares mayores, no ha podido relacionarse con el sobrino en los términos en los que él lleva su vida. Sin embargo, fue un acto de coming out; aunque nos parezca insuficiente. Lo cierto es que ante un desconocido ella eligió dar una imagen: la de tía-de-un-gay. No siempre, pero muchas veces, la imagen que transmitimos de nosotros no es una mera máscara, antes bien es un alegato, algo que queremos que los demás tomen en serio, como algo sintomático de nuestra personalidad. Rebeca podría no haber comunicado esta imagen, como seguramente lo hizo durante muchos años de su vida. Ahora, a sus casi 80, está probando hacerlo y me usó a mí. Un placer.

En esta misma línea he conversado con gays y lesbianas cercanos a los cincuenta años que, hablando de sus padres (algunos fallecidos), evocan escenas de procesos comunicativos estructuralmente similares por la forma indirecta en que se comunica que se tiene un familiar directo gay o lesbiana. Jorge (47 años) me contó los últimos diálogos con su madrina. “¿Cómo estás, mi vida? ¿Cómo están tus cosas? ¿Seguís saliendo con tus amigos? Si vos no querés no me contés, pero nosotros estamos totalmente con vos. Comé”, le dijo la madrina, en una alocución en la que trató de confirmarle su (re)conocimiento, pero en la que al mismo tiempo le suplicaba que no le cuente nada en detalle de “sus” cosas. Por su parte, Julio (52 años) dijo que el padre (de 81), al ver que no iba más con la pareja a su casa, se embarcó en un discurso aclaratorio: “Acá no importa si a veces las cosas no andan bien, pasa como en todas las parejas”. Para Julio, esta universalización de los problemas de las parejas proferida en tres minutos y nunca vuelta a escuchar representa el coming out del papá, una especie de guiño concreto que quiere ofrendarle ahora, en los últimos años. “Universalización” porque en esta particular forma de coming out paterna no existen parejas gays y no-gays; existen sólo “parejas”. El coming out de este padre (creo que parecido al de muchas personas mayores) se caracteriza por ser “periódico”, mas “no acumulativo”: “Papá siempre se las arregla para tirarme onda; algo siempre encuentra. Como la vez pasada, cuando me llamó para decirme que murió Jorge Ibáñez”.

Por último, también tenemos familiares que realizan el coming out en tanto que “representantes” de quienes ya no están, como mi ex alumna Malena de la carrera de Comunicación de la UBA. Cuando Soy publicó un anuncio mío buscando testimoniantes homosexuales mayores para una investigación, ella me escribió contándome de su tío Héctor, fallecido en 1995, un muchacho gay que había abandonado su pueblo de origen a los 18 años, de la dureza del entorno, de las dificultades insuperables. Un mail tierno, que recuerdo a menudo.

Resumiendo, tenemos que las formas que puede tomar el coming out de los familiares de gays y lesbianas es otro de los signos que, si lo estudiamos bien, nos permite apreciar los cambios en las subjetividades y en las prácticas que se vienen produciendo en los últimos años. Ya lo dijimos: cambios inseparables del papel de las organizaciones, del cine y la televisión; pero también imputables a la sensibilidad global de principios del siglo respecto de las elecciones personales. Vimos distintos modos de gestión del coming out en los cuales la relevancia de la variable generacional es central. He descubierto que, en los extremos, el coming out de los familiares más jóvenes –especialmente el de los padres– tiene un perfil “sistemático” y “acumulativo”: con clara conciencia y decisión, ellos siguen la lógica del paso a paso, toman sistemáticamente medidas para estar a la altura de lo que sucede en la vida de sus hijxs (vimos que algunos de ellos hasta se adelantan). En el otro extremo, los familiares adultos mayores emprenden un proceso comunicativo de coming out “periódico” y “no acumulativo”: con tanto saber como temor (y probablemente vergüenza), ellos, sin embargo, de vez en cuando, en situaciones impredecibles, arrojan a los hijxs (o a quienes sea, como Rebeca) evidencias relámpago de que están saliendo del exilio interior. En el medio quedan otras formas seguramente muy variadas que dependen, además de lo generacional, del lugar de residencia de los protagonistas.

En fin, un tema apasionante del cual nos queda mucho por estudiar... escuchando.

* Sociologo. Profesor en la Universidad de Buenos Aires y Universidad Nacional del Litoral.

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