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Viernes, 27 de junio de 2014

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En breve cárcel

Las polémicas y las críticas que está recibiendo la segunda temporada de Orange Is The New Black son proporcionales a la pasión que despierta sobre todo en el público lesbiano. SOY invitó a la escritora Gabriela Cabezón Cámara a mirar juntas desde el primero hasta el último de la segunda temporada para ir desentrañando qué tiene de bueno, de nuevo, de adictivo.

“Tengo cáncer”, va a contestar la mujer pelada y gorda que se depila una teta sentada en la cama, cuando le digan que deje de hacer eso, que es un asco, pero no, contesta con la palabra que le da inmunidad ahí adentro, en la cárcel de mujeres, justo la autoinmune más temida. Antes, la vimos a la rubia Piper Chapman hablando en off, mientras nos contaba algo de su vida. Cosas que le gustan: darse largos baños, por ejemplo. Y la miramos a la wasp alta y simpática y linda un poco a la manera de una muñequita, duchándose con otra mujer. Alex Vause, bellísima ella y llena de tatuajes, con pómulos rusos, brazos fuertes, y la mirada de los muy altos, que siempre parece dominante, es la que se baña con la que gusta de las duchas. Y de los baños de inmersión: inmediatamente la vemos bien sumergida a Piper con su novio Larry, un chico bueno, robusto y de contenidos rulitos negros. Lo que sigue es la pobre Piper tratando de ducharse bajo un chorro patético, con ojotas caseras hechas con algo que todavía no sabemos qué es pero que grita precariedad, mientras una morocha grandota la apura y se ríe de sus “tetitas de película”, chiquitas y bien paradas, explica por si alguien no tiene claro el estereotipo, y después la echa.

Piper está presa, inmersa en un mundo de muchas mujeres y pocos hombres: están los guardias, están los amados por las chicas, que pueden aparecer o no durante las visitas pero aparecen en los flashbacks, esos que se detienen en los personajes que están protagonizando el conflicto de turno. Porque si algo tiene cualquier personaje –y cualquier persona me atrevería a decir– que está en una cárcel, es una historia interesante: qué pasó, cómo terminó ahí, cuál fue el error o cuál la injusticia. Difícilmente nos hacemos tan inmediatamente la pregunta ante alguien que está en la recepción o la gerencia de una empresa, o se puso un quiosco o es policía. Sabremos, entonces, cómo fue el derrotero de Red, la cocinera rusa que mata de hambre a Piper en sus primeros días de reclusa: enojada con las tilingas mujeres de unos mafiosos de su misma nacionalidad porque no la aceptaban en su grupo, le pega un empujón a una. Y le revienta, y sí, hay muchas en esta serie, una teta. Sesenta mil dólares quiere el marido mafioso a cambio del encanto siliconado que perdió su mujer. Red no los tiene. De ahí a la prisión el camino no será muy largo. O sabremos, casi enseguida, qué la llevó a Piper de su bonita casita de Manhattan a esa cárcel sórdida metida en un bosque: el amor por Alex Vause, la chica de la ducha que además de ser hermosa y muy limpia dirigía algo así como el departamento de logística e importaciones de un cartel. Piper lleva una valija de dinero de un país a otro. Eso es todo. Diez años después, cuando ya está muy lejos de Alex y de cualquier droga, a punto de casarse con el buen Larry, le cae por la cabeza la acusación. Sabremos cómo fue la infancia de Alex, cómo era su madre, qué zapatillas no podía comprarse. Sabremos, ya en la segunda temporada, qué loco amor por los billetes, amor de verdad, a lo Tío Rico, por tocarlos, por olerlos, por raptarlos de ahí donde se los encuentra en masa, llevó a la mujer enferma de cáncer a esa cama donde se depila a la vista de todas. O que Sophia Burset, la hermosa transexual Laverne Cox, trabaja de peluquera en la cárcel luego de haber sido bombero, esposo y padre de familia y haber luchado locamente por ser la mujer que soñaba sin perder esposa ni hijo. Y faltan muchas historias, tantas como personajes. Abundan, claro, que la cárcel es el único hospedaje siempre abierto en este mundo.

Los estereotipos, la wasp Piper por ejemplo, se van rompiendo a fuerza de flashbacks y de desarrollo de los personajes: la muñequita se va volviendo cada vez más brava. Los vínculos entre las mujeres, y de eso se trata la mayor parte de la serie, van del amor lésbico a la maternidad, pasando por hermandades y amistades de lo más diversas. Las alianzas y las enemistades son mapas móviles que van configurando el mapa del poder a fuerza de pasiones. Pero pasión-pasión, loco amor, es el de Piper por Alex: las dos se atraen como si no hubiera otra posibilidad de relación que el magnetismo para ellas. Pero la fuerza de la atracción es bruta y se abollan bastante de encontronazo en encontronazo. Eso sí, verlas es una hermosura.

Los varones aparecen en función de ellas. Más o menos como en la mayor parte de las películas o series, pero al revés. Una nota en El País, no muy exacta por lo demás, relaciona esta serie con el Test de Bechdel, una prueba que empezó como una broma de la activista lesbiana y sueca cuyo nombre lleva el test, en el que se mide cuánto aporta a la igualdad de los géneros cualquier ficción audiovisual: por ejemplo, uno de los puntos testea si en algún momento dos personajes femeninos comparten pantalla, hablan entre sí de cosas que no estén directamente relacionadas con uno de los personajes masculinos. Bueno, OITNB, dicen los españoles y tienen razón, revienta el test.

No son todas lindas. Algunas dan miedo. Están vestidas con unos uniformes horribles. Y sin embargo, más en la primera temporada que en la segunda, la serie tiene altos momentos eróticos: Alex y Piper reconciliándose, Nikky y lachicaquesueñaconcasarse en la capilla. Y otros, menos, y menos publicitarios, en la segunda temporada: por ejemplo, la competencia de Boo, una lesbiana bien masculina, con Nikky a ver quién se coge a más chicas. Y Boo explica con las manos, índice y mayor para un lado, pulgar para el otro, muy confiada en la mecánica ella, una táctica infalible para conseguir que una mujer acabe.

Orange Is The New Black no es la primera serie protagonizada por mujeres. Para antecedente, Sex and The City le sirve también de opuesto. Pero es la primera que reúne todas estas condiciones juntas: las chicas no visten de lujo, pueden ser bastante feas y muy malas y bastante racistas, y sin embargo enamoran.

Lo malo: esperar un año entre temporada y temporada. La primera fue brillante. La segunda tuvo lo suyo, pero no tanto: estuvo poco la antagonista y amante de Piper, quizá para darle tiempo a la transformación de la rubia, que se volvió tan buena jugadora como su amada. Esperamos la tercera, con Alex de vuelta en la cárcel y, quién sabe, tal vez nuevamente bajo la ducha con Piper.

Miércoles a las 21 en pantalla gigante en Casa Brandon, Luis María Drago 236

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