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Viernes, 27 de junio de 2014

TEATRO

Tú y tú

Tus deseos en fragmentos: deseos y pulsiones en acción

El dramaturgo Ramón Griffero, después de haber pasado por el exilio en Londres durante la dictadura de Pinochet y regresado a Chile en 1990 para quedarse, ocupa hoy un lugar central en las artes escénicas de su país. En 2003 estrena Tus deseos en fragmentos, que propone como una “obra conceptual donde los personajes devienen hablantes de los deseos y vivencias del pensamiento”.

En la puesta de Marcelo Velázquez, cada frase reluce y nos guía por una historia sin un hilo visible más que el que puede tener el recorrido por un museo, una sucesión de parlamentos que oscilan entre el humor y la crudeza, el amor y la muerte. En el tratamiento escenográfico, el tiempo y el espacio se desdibujan y dejan al espectador sumido en un caos agradable. No hay entrada ni salida de escena para los actores y dos actrices, que están siempre y al mismo tiempo no están. Los personajes no tienen nombre sino pronombre: Tú (César Riveros), Ella (Marité Molina), El (Leandro Rosenbaum), Una (Constanza Raffaeta) y Aquel (Manuel Reyes Montes). Por eso resulta extraño, por ejemplo, contar que Tú confiesa haberse tomado siempre mucho tiempo para elegir la ropa que se ponía según fuera para seducir a Ella o a El, y que no sabría explicar si cuando acariciaba a uno o a otra sentía placer o amor; o decir que tanto los pantalones de Tú como los de El tienen en las rodillas pitucones visiblemente cosidos por la misma costurera. A Tú le gustaría poder hablar después de muerto, dice, y nos invita a recorrer los salones de un museo, el museo que fue cada hombre y mujer que conoció y el museo propio en el que se encuentra sumergido.

Ella llora. Dice que llora por nada, que llora por pensar en lo que puede llegar a suceder, o en los que pueden morir y que tendrá que borrar de su agenda, llora también por los que un día fueron asesinados en una plaza de Santiago (por los que seguramente llora también el dramaturgo). Pero también es feliz, feliz por el hijo que podría llegar a tener “con la nariz mía y la boca de él”.

El está feliz porque consiguió una cita por chat gay, espera que las cuatro horas que faltan hasta el encuentro se pasen rápido y agradece al tránsito embotellado de Santiago que le permita estirar el tiempo. Se define “moderno, cool, dotado, heavy, atinado, bueno para el sexo”, un Don Juan siempre caliente, siempre seductor, que contesta a cuatro manos la catarata de mensajes del chat, intentando que ninguna gota se le pierda.

Una está enamorada pero no quiere sufrir; Aquél insiste en tomar una cerveza cuando Tú, después del sexo express, está pensando que mejor hubiera sido irse con “el de uno ochenta, veintiún centímetros, ojos verdes”. Confieso que me emocioné de la cintura para abajo mientras El le daba un beso a Tú, ambos de pie de perfil a la platea, una escena de la que brotaba un amor que parecía real, incluso unas lágrimas de emoción de Tú que dudo estuvieran entre las marcas del director. Los dos parecían calientes de verdad y asumo que tal vez haya sido una ilusión óptica de este espectador con radar de bultos incluido que soy yo.

Sábados a las 21, La Nave, Lavalle 3636

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