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Viernes, 18 de julio de 2014

Burocracia igualitaria

 Por Matías Máximo

Analía Pasantino y Silvia Di Mauro son abogadas y tienen 46 años. Para visibilizar la lentitud del Registro Civil, contaron su historia a los medios judiciales, a los diarios y a toda Latinoamérica por la CNN. Analía hizo todos los trámites sin problemas, menos el del acta. “Un empleado me dijo, de onda, que nos divorciemos y nos volvamos a casar. Otro fue tajante: ‘No sos la misma persona que cuando se casaron, es lógico que no se te permita el cambio’. Yo no tengo ganas de divorciarme de la mujer que amo. Y más allá de que las dos somos abogadas, es una complicación pasar por un divorcio”, dijo a Soy.

Esta semana les darían el acta, pero la asesora de Analía y Silvia les dio la mala noticia: “Alejandro Lanús, que es el director del Registro Civil de la Ciudad, supuestamente iba a darnos esta semana la rectificación. Mintió. Mientras que no hay impedimentos para darnos el cambio más que la burocracia, él se resguarda pasándonos de persona en persona y sin poner nada por escrito. Si no es de mala leche, es absolutamente arcaico. Teníamos notificado que nos darían la solución y nos mintieron. Ahora vamos por el amparo judicial”.

Silvia recuerda que una vez fue a buscar unos análisis de Analía y en la obra social no entendían los papeles y le negaron el trámite: “Figura que estoy casada con un hombre que no existe en ninguno de los otros documentos, ni siquiera en su partida de nacimiento”.

En Mendoza hubo una situación parecida, donde el Registro Civil reaccionó. Primero un hombre se casó con la ley de matrimonio igualitario, ya que el documento de su pareja decía “sexo masculino”. “Después, uno de los dos modificó su partida de nacimiento por la Ley de Identidad de Género y pasó a figurar como ‘sexo femenino’”, cuenta Carolina Jacky, primera postulante trans a jueza federal de la Argentina: “Entonces fueron al Registro Civil de Mendoza para modificar su acta de matrimonio, ya que ahora éste no era más lo que se conoce como ‘matrimonio igualitario’ y en forma inmediata el Registro les dio otra acta. Ahora son marido y mujer”.

Analía con todas las letras

Cuando en 2012 decidió cambiar el DNI, Analía se tomó el tiempo de explicarlo uno por uno a la gente que apreciaba: “Uno de mis amigos, como no lo veía hacía mucho, me trajo un regalo a la cena. ‘Acá tenés un reloj, para que no se lo uses más a tu mujer’, me dijo. Cuando terminamos de comer le conté que había organizado la reunión porque a partir de ese momento me tendría que llamar Analía. Se mató de risa, pero la verdad es que todos me acompañaron y creo que debían intuirlo”.

La Ley de Identidad de Género dice que “a su solo requerimiento, el nombre de pila adoptado deberá ser utilizado para la citación, registro, legajo, llamado y cualquier otra gestión o servicio, tanto en los ámbitos públicos como privados”.

Analía y Silvia no tienen frustración por lo que les pasa: se sienten fuertes para enfrentar algo que puede beneficiar a muchos matrimonios del país. Para Analía, “dentro de unos años los devenires sexuales que mutan seguro serán algo corriente. Y como tenemos todas las de ganar, tarde o temprano, estamos tranquilas esperando que en el Registro Civil se den cuenta que la burocracia les quedó antigua”.

20 años de casadas

En la terraza del PH de Caballito donde vive con Silvia, Analía dijo a Soy que el primer beso con su esposa fue a las 2 am de una noche de hojarasca de abril, hace 28 años: “Empecé a vestirme con ropa de mujer desde la niñez, siempre a escondidas. Como adolescente también lo seguí haciendo hasta que a los 16, cuando nos conocimos con Silvia, lo dejé de lado por un tiempo. Las ganas volvieron y empecé a hacerlo en casa junto a ella: primero la ropa interior, le agregamos una pollerita y así creció hasta que pisé por primera vez la calle junto a Silvia vestida de femme, allá por el ’96. Desde esa fecha hasta 2003 salía muy poco, si bien adentro de casa cada día trataba de pasar más tiempo como Ana. El nombre lo elegimos juntas. Después empecé a contactarme por Internet con otras amigas a las que les pasaba lo mismo. Podría decir que ésa fue mi etapa cross, en la que estando públicamente en el closet tenía otra vida casera como Analía”. Cuando tenía 16 años, Analía usaba unos pantalones ajustados que hacían más kilométricas sus piernas flacas. Silvia era integrante de la otra banda del secundario: los estudiosos. Los fines de semana, las diferencias se corrían y los dos grupitos se juntaban para repetir una rutina. Primero apretarse hasta entrar todos en el “Falcomóvil”. Y después de una vuelta azarosa, tomaban la avenida Corrientes y llegaban a la Costanera para comer en los puestitos de la Reserva. Una vez, Analía le habló más cerca, más cerca, más cerca y sus bocas se juntaron: “Desde esa noche no nos despegamos. Para nosotras fue tan lindo ese beso que ocho años después elegimos casarnos el mismo día de abril”.

Cuando googlearon lo que estaban viviendo, la conocieron a Gabriela Morán, una coordinadora de reuniones crossdresser que asesora sobre los tonos de voz y el estilo de ropa para cada unx. Gabriela, que desde hace siete años no las veía, se reencontró con las chicas la noche de su 20º aniversario de casadas, que se cumplió este año: “Después de los primeros pasos, Analía se alejó del grupo y siguió su camino; pero, como puede verse, les va bien. Ellas siempre se mostraron dispuestas a la experiencia cross y se las vio muy unidas desde el principio”. En un momento de relax de la fiesta, Silvia se apoyó en una pared y sintetizó la mezcla de sentimientos: “Para mí fue más difícil que para ella. Porque ella lo sintió todo el tiempo, le pasó, pero yo lo tuve que aprender. La vi cambiar al lado mío. La vi ser cada día un poco más Analía y tuve que seguirle el ritmo. Ella es como fue toda la vida, pero luce diferente y eso hay que asumirlo, porque no es sólo una impresión. Claro que todos cambiamos. Por ejemplo, ahí está mi psicóloga, que es la que me hizo dejar de fumar hace poco y por eso aumenté unos kilos: mi cuerpo también es otro y yo soy Silvia. Así de simple”.

Valu tiene 11 años y fue la encargada de cada detalle de la fiesta. Analía y Silvia asesoraron al padre en una batalla legal por la tutela y desde entonces la nena se apegó a ellas como si fueran sus madres. A Leo, el sobrino de Silvia, le pasó lo mismo: “Ellas para mí fueron como madres, me criaron y aguantaron en mis años rebeldes, cuando me llevaba el auto sin pedir permiso. Pero el cariño siempre fue enorme”. Leo tiene 22 y hace un año, cuando se casó, que no vive más con ellas.

En la pared, un video con proyecciones: Analía y Silvia desde que nacieron. Analía, vestida de policía y disfrazada de Wonder Woman. Silvia, con un perrito que las acompañó para todos lados por 19 años en la playa, en el río y en el spa. El living lleno de abogados quedó hipnotizado con la pared de los recuerdos, y se irán a sus casas con un perfume que tiene la cara de las dos como souvenir. El Registro de la Ciudad, ya famoso por otros casos de burocracia denigrante, recibirá una nueva queja ante la ley.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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