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Viernes, 18 de julio de 2014

SOY POSITIVO

Oda al proctólogo

 Por Pablo Perez

Cuando le conté a la infectóloga que tenía desde hacía mucho tiempo una verruguita en el orificio del culo, me recomendó muy enfática al Dr. Bun. Según ella, todos los pacientes que le derivaba quedaban encantadísimos. “Porque, muchas veces, la visita al proctólogo puede resultar incómoda –aclaró–, pero el Dr. Bun es un excelente médico.”

Intrigado, pensaba cómo sería el doctor con nombre de papa frita (perdón Dr. Bun, no se enoje, y sobre todo no se desquite con mi culo en la próxima consulta, enseguida viene la vindicación). ¡No puedo con mi putez! Me imaginaba un médico joven y sexy y, algo ilusionado con que tuviera que inspeccionarme con uno o más dedos, me preguntaba si antes de la consulta debía hacer una ducha anal o no. Según los expertos del fist fucking (cuya práctica descarté por estrecho), el lavado debe ser con agua tibia, pero tenía miedo de que el proctólogo me retara, que me viniera con la noticia de que lavar así las profundidades podía atentar contra la flora intestinal o algo por el estilo, así que me conformé con una lavada minuciosa, pero superficial.

En la sala había unas diez personas y pensé: “¡Qué éxito tiene el Dr. Bun!”. Resultó que las diez personas esperaban a otro médico, y pasaron apenas cinco minutos hasta que la recepcionista me hizo pasar al consultorio.

Sentado en su escritorio lo vi, sonriente, simpático, un hombre mayor de 70 años, tal vez muchos más, arriesgo por la cantidad de arrugas en la frente y la mirada algo velada por los años. Tenía lindas manos y una actitud amigable, de médico de los de antes, y supo muy bien distender la situación. “Todos mis pacientes me llaman René –aclaró–. Permitime, antes de empezar, darte una pequeña clase”, dijo. No recuerdo los términos exactos, pero de lo que sí estoy seguro es de que repetía la palabra “culo” sin protocolos. “¿Sabés por qué aparecen las verrugas? Hay dos factores principales: por un lado, las defensas bajas. ¿Sabés cuál es el otro?” Me quedé pensando un poco, pero preferí que contestara él mismo. “No sé”, dije. “El estrés. Soy un especialista en culos y te puedo asegurar que el culo y la cabeza están conectados.” Esas pocas palabras bastaron para distenderme del todo y sentir que el Dr. Bun ya era mi médico amigo.

Según sus instrucciones, me saqué los pantalones y los calzoncillos y me subí a la camilla proctológica, patas arriba. La situación me resultaba conocida por las tantas veces que me había subido a un sling. Con una lámpara inspeccionó y contó dos verrugas. “Lo anoto ya en tu historia porque como estoy medio arterioesclerótico me olvido”, dijo y los dos nos reímos. Esta vez no hizo inspección profunda, tal vez me toque en la próxima. Mientras topicaba las verrugas, me contó que varios de sus pacientes le habían dedicado poemas, y sentí que yo no podía ser menos. El culo me arde todavía, pero estoy feliz, pensando en poder estrenar mi culo a nuevo y recibir muchos besos negros para la próxima primavera.

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