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Viernes, 26 de septiembre de 2014

MI MUNDO

DON JUAN ERA MUJER

Poeta, dramaturga y, como la llamó su biógrafo, lesbiana furiosa, Mercedes de Acosta fue, en los años ’20, más célebre por su tenacidad y sus éxitos en la conquista de cuerpos y corazones femeninos que por sus reconocimientos literarios. Una falsa boda fue antesala para una extensa lista de amoríos entre los que se debe incluir a Greta Garbo, Marlene Dietrich e Isadora Duncan.

 Por Kado Kostzer

No se sabe a ciencia cierta si a Mercedes de Acosta –como a muchas de sus tocayas– la llamaban Merchi, Merche, Meche o Mecha, lo que sí es seguro es que muchos la calificaban de ¡macho! Neoyorquina, pisciana de 1893, Mercedes provenía de un hogar chic y nada convencional. Su madre –una española emparentada con la casa de Alba–, decepcionada ante la partera que no le exhibió el varoncito que esperaba, optó por llamar a la niña Rafael y vestirla con ropa masculina durante su primera infancia. Más tarde la distinguida dama pondría orden en el closet, sin lograr encerrar allí a su hija. El padre de familia, Mr. de Acosta, un cubano independentista, que había elegido como exilio el elegante East Side de Manhattan, hizo su mutis quitándose la vida pero dejando a la viuda y a seis hijos socialmente bien posicionados.

En su pubertad, Mercedes, fascinada por el mundo del teatro –y por las actrices como se vería más tarde–, se inclinó por la actuación, luego incursionó en el diseño de modas y finalmente en la literatura. Como se acostumbraba en aquella época, en 1920 concretó un casamiento por conveniencia con un pintor de cierto prestigio artístico y apreciable cuenta bancaria, Abram Poole, homosexual como la contrayente. El acontecimiento fue objeto de una crónica en las selectivas páginas sociales de The New York Times. La novia lució un traje ¡gris! y pasó la noche de bodas ¡con su mamá! En 1935 la inexistente pareja se divorció.

La coleccionista

Con ambo negro, chambergo, capa, botas y melena engominada, Mercedes hacía alarde de su homosexualidad escandalizando a mentes pacatas y muy especialmente a los productores teatrales que se negaban a trabajar con esa “furibunda lesbiana”. Nada hipócrita respecto de sus preferencias sexuales se decía de ella, y no exageraban, que era “la más grande cogedora de estrellas de todos los tiempos”. Su lista de celebridades incluyó nombres rutilantes, verdaderos hallazgos para historiadores o antropólogos. Sin orden de aparición: Maud Adams (creadora del rol de Peter Pan), Tamara Karsavina (esplendorosa partenaire del gran Nijinsky), Isadora Duncan (innovadora danzarina), Katherine Cornell (eximia primera dama de Broadway), Alla Nazimova (heroína del cine mudo y amante de Natacha Rambova, mujer de Valentino), Tallulah Bankhead (célebre actriz y memorable protagonista hitchcockiana), Pola Negri (misteriosa vamp de los ’20), Osa Munson (la enternecedora prostituta de Lo que el viento se llevó), Adele Astaire (hermana de Fred y compañera de rubro en el teatro)... Más duradera fue la relación con Eva Le Gallienne, a quien conoció poco después de casarse con Poole. Eva, una notable de la escena, –pero equivocada pitonisa al desahuciar brutalmente a Bette Davis en los comienzos de su carrera– realizó intensos viajes por Europa con Mercedes y le estrenó dos obras, una dedicada a Botticelli y otra a Juana de Arco. El fracaso de ambas producciones puso fin a cinco años de celos y posesión. Estas notorias damas y muchas otras, entre las que no faltaron escritoras –De Acosta se jactaba de poder quitarle la mujer a cualquier hombre–, serían un preámbulo, una suerte de pasantía jerarquizada, para alcanzar a dos de los más preciados símbolos de la femineidad y seducción del siglo XX: ¡Greta! y ¡Marlene!

Hello, Hollywood

En 1931, con una novela, tres libros de poemas y cuatro piezas teatrales producidas sin éxito –escribiría once–, el siguiente paso de Mercedes fue ser guionista de cine. ¡Hollywood! Cielos límpidos, piscinas turquesas, palmeras cimbreantes y ¡actrices! ¡actrices! ¡y más actrices! Salka Viertel, una escritora centroeuropea amiga y confidente de Greta Garbo –además de guionista de sus films más memorables–, la introdujo en su círculo de intelectuales y eximios exiliados. Fue en uno de sus legendarios tea-parties de los domingos donde Mercedes conoció a La Divina. Astutamente planeado por la anfitriona, el encuentro quedó sellado por una pulsera que, ante el elogio de Greta, Mercedes le regaló sin titubear, pensando que quizá sería la cadena que las uniría por toda la eternidad en la vida y en el cine. Nada más equivocado. Nunca escribió guión alguno para ella, ni oficialmente para ninguna otra. Con idas y vueltas la Garbo tuvo a la Mercedes a su merced y capricho. En ciertas ocasiones hasta negó que conociera a la tal Miss De Acosta. ¿Sería tan quemante para su época? No obstante el Museo de Filadelfia atesora un medio centenar de cartas –donadas por Mercedes– donde la actriz desparrama una inequívoca verborragia amorosa hacia su vergonzante amante.

Según afirmaban sus contemporáneos, la escritora era avasallante, posesiva y manipuladora, claro que en este último rubro Salka le ganaba por varios cuerpos (femeninos, por supuesto). Para aplacar el acoso a su exclusiva Garbo puso a Mercedes en contacto con ¡Marlene Dietrich!, vínculo que no le cayó nada bien a la indiferente reclusa. Un profuso epistolario cruzaba el Atlántico cada vez que Marlene se evadía de Hollywood rumbo a su añorada Europa.

Un corazón yaciente

En 1960, con 67 años encima, afectada por un tumor cerebral y con la moda de los galanes latinos muy superada, Mercedes se animó a publicar sus memorias, Here Lies the Heart (Aquí yace el corazón) un título un tanto derrotista para sus discretas confesiones sobre amores, amoríos y touch-and-goes. “¡Una mina sin códigos!”, dirían los chimenteros de nuestra TV. El libro no fue el best-seller esperado, pero sí el most-hated (más odiado) por todas las involucradas que tacharon a la autora de advenediza y mentirosa. Eva Le Gallienne, frenética, hizo añicos toda la memorabilia que acumulaba del romance. Karsavina, en cambio, fue una de las pocas que mantuvo intacta su amistad con la descodificada Mercedes. Greta, solitaria, sonámbula y sueca mantuvo silencio. Dieciséis años antes –en 1944– ya le había advertido que no la molestara más con sus poemas encendidos de romanticismo. La persistencia de Mercedes era bien conocida. Gertrude Stein comentó a su colega la escritora Anita Loos en una carta: “No es nada fácil sacársela de encima, tuvo a dos de las mujeres más importantes de Estados Unidos, Garbo y Dietrich”.

Luego de la ruptura con la eterna Eva –y viaje espiritual a la India acompañada por la princesa Norina Matchabelli–, Mercedes se volcó de lleno al proyecto que hacía años le daba vueltas por su enchambergada cabeza, Jacob Slovak, un drama sobre el antisemitismo en una ciudad de Nueva Inglaterra. El estreno en Broadway, en 1927, le deparó elogios de la prensa: “Una pieza honesta y llena de interés”... “excelentemente escrita y jugosa”. La crítica de la producción inglesa, con John Gielgud y Raph Richardson, no fue menos elogiosa: “Notable y potente”... “conmovedora”. Pese a tales reconocimientos las obras de De Acosta no alcanzaron a tener la trascendencia que su vida privada cosechó. Su temática estuvo ligada profundamente con la condición de la mujer con heroínas que debían luchar contra prejuicios sociales, afrontar la soledad, sobrellevar matrimonios infelices, reprimir el deseo carnal, incurrir en amores clandestinos, ¡buscar su identidad! Personajes quizá demasiado complejos y conflictuados para los locos años ’20 (¿Ibsen y su Casa de muñecas estaban ya olvidados?) De Acosta nunca planteó la temática homosexual en ninguna de sus obras, aunque el lesbianismo subyace en contextos heterosexuales. “No siento pena por la muerte de Mercedes de Acosta. Mi única pena es que haya vivido insatisfecha. En su juventud hacía gala de gusto y originalidad. Era una de las más rebeldes y descaradas lesbianas que conocí. Es un alivio que su largo hundimiento en la infelicidad haya llegado al fin.” Así escribió a modo de epitafio, el incisivo Cecil Beaton en su diario íntimo. No sería extraño que el atildado fotógrafo real y diseñador haya invocado algún souvenir embarazoso de esta audaz y valiente mujer que acababa de morir pobre y olvidada los 75 años. En ese 1968 Greta y Marlene seguían vivitas y coleando.

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