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Viernes, 26 de septiembre de 2014

MEA VULVA

Monstruosa y política, Nymphomaniac (2013), la última película de Lars von Trier, es un diálogo entre un asexuado y una ninfómana que pone en jaque todo lo que usted creyó que sabía sobre el sexo y se atrevió a preguntar.

 Por Laura Arnés

Nymphomaniac (parte de la trilogía de la depresión junto con Anticristo y Melancholia) no sólo busca responder a los detractores del director sino que, como en el caso de La vida de Adele, la polémica se anticipó a la premier: por las escenas de sexo duro y por el uso de efectos especiales para simularlas, por las acusaciones y lamentos de la protagonista (¿por qué, últimamente, las actrices que disfrutan del sexo en los films culpan a los directores por “semejante exceso”? Nunca escuché a un actor hacer eso) y, claro, por su duración: 5 horas y media en versión original. Al estilo de Las mil y una noches –lo importante es el artificio del relato, la fantasía y el acto de narrar–, con una pizca de Sade y otra de Pasolini, la historia se desarrolla en la forma de diálogo entre un asexual –Seligman– y una ninfómana –Joe–. Dos extremos de lo prohibido funcionan como marco pero también dan cuerpo a la historia. El, virgen –casi monje, casi sabio–, la rescata de los golpes, del frío y de la noche. Y la escucha. Ella, antiheroína fabuladora, “adicta por lujuria no por necesidad”, tiene el poder de la palabra, lo seduce con imágenes. Finalmente, en un último acto que es polémico y político, quizás incluso ejemplificador, ella lo condena y se redime. O, quizás, es Seligman quien se sacrifica y la salva.

La historia comienza con dos nenas masturbándose en el piso húmedo de un baño. Dos amigas buscando el placer y un cántico irreverente: “mea vulva, mea maxima vulva”. La protagonista es cruel e intransigente consigo misma y, sin embargo, admite: “Nos estábamos rebelando ante una sociedad que tiene una fijación con el amor”. Pero Seligman, el asexual, responde: “Sólo fue rebeldía porque sos mujer; no fuiste sino una mujer demandando su derecho”. Así, la película adquiere carácter de manifiesto y dispara contra la pasión romántica y heterosexual –nuestras instituciones más resistentes–, la monogamia y el imperativo (re)productivo: “Lo erótico tiene que ver con el sexo, el amor, con las mentiras”. Sin lugar a dudas la película plantea el debate, la lucha, entre cierto idealismo subjetivo y una moralidad que se nos impone. Lo que está en juego es la (im)posibilidad de satisfacción. Así, un pedido recorre todo el film: “Llená todos mis agujeros”. Como si fuera posible.

Un día, Joe abandona a sus amantes (llega a tener siete por noche), se casa, tiene un hijo. Y deja de sentir. Con la ficción doméstica, su deseo se vuelve deseo de deseo, deseo de placer. Su cuerpo está insensible. La infelicidad la agobia: “Sobre todo, amo a mi concha y a mi indecente y sucio deseo”. Joe necesita su vitalidad sexual. Vuelve a las andanzas y descubre el poder (y el placer) de ser dominada. Pero sobre el final, y como consecuencia de sus excesos, su concha se ha vuelto llaga: una herida sangrante y dolorosa. Un estigma, una pústula sagrada. La penetración es imposible, la masturbación también. Ahí conoce a P., la jovencita que le ofrece cariño. Von Trier nos invita a un lugar demasiado común: la pasión entre mujeres, condenada a las caricias.

Nymphomaniac es el relato de obsesiones y dolores sociales. Negro, bisexual, pedófilo, ninfómana: “La sociedad demuestra su impotencia ante la diferencia borrando palabras, la cualidad humana no es sino la hipocresía”, afirma la protagonista. E insiste: “Mi único pecado es haberle pedido siempre más al atardecer”. Eso es intensidad a la Von Trier. El sexo oral, anal, vaginal, masturbatorio, sado, con mujeres o con hombres, con negrxs o con blancxs, en un baño, al aire libre, con uno o con más de uno: mero detalle. Números; composiciones polifónicas.

Por otro lado, en Nymphomaniac la promiscuidad sexual se traduce en una promiscuidad de imágenes sensibles: episodios a color y blanco y negro, pantallas partidas, intertextualidades, cambios en la focalización, relaciones afectivas revueltas y revolcadas. No hay miedo ni al barroquismo ni a las contradicciones. Von Trier tampoco tiene miedo de confesarse, a la vez, misógino y feminista. Es que, aunque haya una sola forma de experimentar la vida, hay muchas formas de contarla. Y esto es algo central: no hay lugar para el relato oficial, único. La historia siempre depende del punto de vista. No existe un relato verdadero ni una imagen pura. En este sentido, Nymphomaniac es, efectivamente, monstruosa y babilónica. Magnífica.

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