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Viernes, 21 de noviembre de 2014

Hijo de ruta

Acaba de traducirse Carsick (Editorial Caja Negra), el libro en el que John Waters narra sus andanzas a dedo de Baltimore a San Francisco. Un diario alucinado y alucinante en el que el director de Pink Flamingos, con la indecencia que lo caracteriza, rescata las escenas más bajofonderas y escatológicas con las que se fue topando al lado del camino

 Por Diego Trerotola

La crónica de un tour por Los Angeles, originalmente escrita para la revista Rolling Stone en 1985, es el capítulo inicial de Crackpot, el mejor libro de John Waters. Como una suerte de guión para una road movie al borde de un ataque de genialidad excéntrica, Waters busca en ese tour la tumba de Francis, “la mula parlanchina”, mascota hollywoodense que había protagonizado una serie de TV que fracasó y que fue la base para la exitosa Mr. Ed, el caballo que habla. Ese texto desopilante, que incluye un paseo por un cementerio de animales, tal vez haya sido la fuente de inspiración para la escena del capítulo de los Simpson donde el mismo John Waters se hace amigo de la familia amarilla y la saca a pasear por la ciudad en su auto. Como un escatológico guía turístico de Springfield, Waters les muestra, entre otros puntos de un trayecto improbable, el negocio donde la actriz Lupe Vélez compró el inodoro donde se ahogó en su propio vómito hasta morir. Leer a Waters incluye siempre una visita guiada a los márgenes impensados, al mapa de la cultura sin fronteras prefijadas, con mucho de camp & trash, dos palabras que deberían sonar como las onomatopeyas de una historieta protagonizada por un villano seductor, con sonrisa de bigote anchoa y traje extravagante de elegancia irónica. Waters siempre fue un pedagogo de la contracultura. Su obra no sólo nos arrastra a los altos y bajos fondos de lo freak, sino también nos hace partícipes del festín caníbal del conocimiento, nos enseña razones y sentimientos viscerales que nos reúnen en el mismo lodo, todos manoseados. Waters tiene algo del que comparte una sabiduría suburbial como forma de quebrar tabúes. Desde Baltimore, siempre reconoció a quienes lo empujaron a hacer el cine que hizo hasta ahora, como las voluptuosidades explosivas de Russ Meyer, la truculencia artificiosa de Herschell Gordon Lewis, dos cineastas que fueron entrevistados en la temprana autobiografía de Waters, Shock Value.

Al fundar Dreamland, el grupo con el que produjo sus primeras películas, Waters ya mostraba su tendencia a una estética del clan, de banda criminal de cine guerrilla. Pionero en lo queer como estética protopunk, lo de Waters fue barajar lo marginal y dar de nuevo: fue mestizo de la hibridez genérica, una forma de contaminación en modo tóxico de búsqueda de lo impropio, de terrorismo cómico. El clan nómade de Waters se expande conquistando lugares, para desprogramar la mecánica de lo esperable. Lo suyo es el viaje errático, como Pink Flamingos, que se iba filmando, armando y desarmando, a medida que la comedia surgía, juego casi sin reglas, pura performance. Cineasta del no hay camino, se hace camino al andar sin rumbo, desorbitado, desobediente. Su última rebeldía, a los 66 años, fue someterse a un experimento donde él sería el único conejo de India: ir de Baltimore a San Francisco haciendo dedo, volverse el más anárquico hijo de ruta, para hacer una crónica imaginaria y real de esa experiencia. Imaginaria porque escribirá dos capítulos que reflejarían sus mejores y sus peores fantasías de la deriva de hacer dedo. Y real porque contrastaría esos buenos y malos deseos ruteros con lo que verdaderamente encontraría en el camino. Viaje mental y físico, interior y exterior, itinerarios diversos que confluyen y se complementan, se superponen o se repelen. Y ese triple desafío es una cruza del beatnik en el camino, del hippie volado y del punk callejero, para terminar convertida en otro de los tomos que ya forman una extraña biblioteca Waters. Waters es un fundamentalista de la cultura libresca, bibliófilo fetichista, pasión que convirtió casi en una filosofía erótica: sostiene que si va a la casa de alguien en una cita romántica y descubre que no tiene libros, no tiene sexo con esa persona. Carsick es un tomo más en la divulgación de la inmundicia cultural de Waters: otro trip a las encrucijadas del deseo positivo y negativo. Waters no es exactamente un escritor, es el fabricante de libros-experiencias: sus páginas modulan una cartografía literaria de la percepción y dispersión del mundo. “Aunque descubra mañana la cura del cáncer, el final coprofágico de Pink Flamingos será lo primero que nombren en mi necrológica”, dice en otro libro que compila guiones de sus películas junto a Flamingos For Ever, una secuela de su película más célebre, que nunca filmó. Morir es estar condenado a ser solamente una cosa, un lugar común. Por eso, el inicio de los viajes de Waters (o sea, sus películas y sus libros) son siempre la fuga de la condena a quedarse en un solo lugar, la huida por temor a que la propia obra y la celebridad congelen el descubrimiento de nuevas formas de vida.

“Los negros vivíamos al lado de las vías, y el tren sacudía nuestras casas a la noche. Era chico, escuchaba eso y pensaba: voy a hacer una canción que suene así”, dice Little Richard en una entrevista compilada en Mis modelos de conducta, el libro de Waters anterior a Carsick, también best seller. Esa misma canción es la que componen los relatos del nuevo libro de Waters: un viaje que desestabiliza a su paso para producir una melodía real, una prosa mezcla de stand-up y crónica rockera. Waters vuelve al kilómetro cero: como cuando empezó al final de la adolescencia a hacer su cine lumpen, sin un peso, logrando una orgía multisexual como sinfonía que desafiaba al gusto medio; ahora sale a la ruta sin red para retratar a un coro de personajes anónimos, que tal vez no se diferencien tanto de los de sus películas, que terminan cantando un cover libérrimo de esas canciones de Little Richard que hacen temblar el hogar, ese lugar donde nos sentimos seguros. Waters, otra vez, va a los instintos básicos, al grito primario: lo que antes era un shock visual ahora es una experiencia verbal límite. Y siempre exponiendo el cuerpo para buscar nuevas emociones, aquellas que la cultura del miedo nos sustrae. Una excursión libertaria, poder construir otras comunidades en la marcha y, también, enseñar el modo, el método, para que eso sea posible para cualquiera. Eso es Carsick, un mapa para trazar recorridos inéditos. Porque como canta nuestra Susy Shock, que también nos hace temblar y es tan artífice del escándalo genérico como Waters, si se puede abrir un camino, hay que hacerlo.

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