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Viernes, 28 de noviembre de 2014

Pizza sin champán

Después de la besada en la pizzería Kentucky y el paseo de sus organizadoras por los medios, el efecto Kentucky deja abierta una pregunta sobre la relación entre medios, militancia y las minorías vulneradas que siempre terminan pagando el pato.

 Por Magdalena De Santo

La besada en Kentucky tuvo la maravilla de ser un encuentro público donde una no tiene nombre, ni apellido, sino que es comunidad en caravana. Estás ahí cuerpo a cuerpo para resolver colectivamente, para festejar que no cedemos espacios, que el salón familiar tiene tríos de lenguas, que “tortas sí, pizza no” y que somos quienes podemos consensuar si aceptamos una disculpa o preferimos morfar gratis primero. Lo hermoso de ser parte de “l*s otr*s”; de seguir siendo “ustedes” –como nos dice una y otra vez la empresa– es constatar que no estás sola. Lo potente de vivir en esta vulnerabilidad, en esta extranjería, es hacer de la mierda nuestra noche.

El malestar después del amor

Sin embargo, hace dos semanas que mi ánimo está tirado. Mi cuerpo responde al deber, habla con una radio, con otra, incluso sonríe en la TV como acto reflejo de una biografía feminizada. Algo pesa. El boomerang vocifera: enfermita, machona, ¿por qué provocás? Y todo recae sobre un yo personal y cotidiano; donde el odio diseminado que juntas denunciamos esa noche, parece tener más virulencia cada día y cada noche en la tele y en la calle.

El tratamiento mediático del escrache, lamentablemente, no habla del escrache. Habla de la discriminación o del perdón de Kentucky, no habla de la autogestión, la autoconvocatoria masiva, la capacidad de organizarnos y responder a la violencia con forma de una celebración disidente. Según el grado de progresismo, los medios hacen hincapié en nuestro derecho a ser normales o en lo bien que se portó Kentucky al reconocer su error. Entre los extremos, distintos matices de misoginia: un Tenenbaum en Rock and Pop pregunta si no extraño la pija. Un TN “bien intencionado” se ofrece a cubrir el episodio si no decimos la malísima palabra “escrache”, un Maxi Montenegro que corta la comunicación cuando menciono el dolor que nos provoca los más de tres mil comentarios con lenguaje de odio que siguen a la nota de La Nación “La pizzería Kentucky pidió perdón por echar a una pareja de lesbianas que se estaba besando”. Cuando fuimos a Duro de domar, sabíamos que nos exponíamos a la lógica ligera de la tele pero también que valía la pena poner el cuerpo para mencionar términos como lesbofobia y hacer un llamado a la autogestión. Para nuestra sorpresa, el informe que precedía el debate, mostraba cómo los besos lésbicos son motivo del éxtasis de viejos pajeros y, aun así, al terminar la nota nos pidieron un beso que no supimos negar. Y fuimos carne de cañón, otra vez.

El perdón garpa

Pedir perdón por Facebook “a las personas que se sintieron ofendidas” es de un cinismo supino no sólo por lo vago, impreciso, sino, sobre todo, porque es lesbofóbico. No dice por qué piden perdón y vale aclarar que no nos “sentimos” ofendidas. Nos ofendieron, nos expulsaron, se burlaron, y nos cagaron la cena que pagamos porque nos dimos un beso. Ese perdón vacuo no dice cuál fue el error, habla de “personas” y no del terror que les provoca nuestras identidades, aprovecha la volada para humanizar su empresa en la pantalla.

Si piensan que estamos felices con medidas expulsivas, sepan que no. El encargado está ahora en la calle buscando un nuevo laburo y con más odio en sus venas para desparramar. Eso no nos alegra, nos vulnera. Tampoco alegra que al resto de los empleados se le sumen horas de capacitación para saber trabajar con gente “como nosotras”. Esos pibes trabajan diez horas por día parados y la mayoría está en negro. La mano pizzera es paraguaya y los pies apretados por un calzado muy duro se vuelven empanada de carne picada cada fin de jornada. “¿Por qué no emplean mujeres?”, le pregunté una vez a un mozo. “Los de arriba dicen que como hay muchos paraguayos muy machistas, mejor no mezclarlos con mujeres”, reconoció. Así, a la lesbo-bi-transfobia le sumamos racismo, sexismo y mano de obra explotada. La impotencia no acaba, crece. Y las chongas y las personas trans siguen sin laburo. Sin embargo, en esta marginalidad precaria podemos crear nuevos mundos y horizontes laborales menos violentos. Prefiero estar exiliada de la tierra heterocentrada a claudicar por una muzzarella.

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