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Viernes, 5 de diciembre de 2014

FAMILIA ANIMAL

Gustavo Pecoraro y Manu

 Por Sebastián Freire

En mi particular universo de Tartaria siempre habrá un cuerpo esperando en cualquier puerto.

Así, con la excusa de la sesión de fotos para mi libro Palabra y pluma - Textos políticos y otras mariconadas, llegó “a mis manos” Manu, cuatro letras que se convirtieron en espalda (aún me resuena un “con la pluma, con la palabra y con la espalda” memorable de Liliana Viola), que provocó el estímulo justo y necesario para sacarme las más calientes sensaciones.

Manu, mano y ojo del maestro fotógrafo, estimuló como el perfecto efebo la incomodidad de mi excitación en medio de una descarga de flashes ya de por sí ardientes, pero sin provocar el chorreo de la tintura que puede ser muy poética en una imagen de Thomas Mann, aunque sea la metáfora de una batalla perdida.

Manu, obediente, listo para la entrega, afable en el tacto, bestial en el abrazo, oscuro en el deseo, húmedo en el beso, fue Tadzio y Scherezade al mismo tiempo, y se plantó en la batalla cuerpo y alma por delante. Peleamos en ese inmenso mar que los mortales llamamos morbo y –confieso– quise ser derrotado una y mil veces. Algo que sólo pretendo en momentos muy especiales de mi vida.

Mas si hubiera podido no sólo entregaba mi cuerpo –abandonado ya a su dominio– sino también mi valiosa alma, que ya ni valía un centavo. Las manos de Manu amasaron la masa y leudaron mi deseo, convirtiéndome en otro Califa derrotado, allí justo donde la derrota no tuvo otro sentido que entregarme a su conquista perezosa, y tirado en medio del campo de batalla esperé que su lanza mortal me abriera en dos y dejara mi cuerpo sin vida.

Después, la realidad nos condujo nuevamente a esa sesión de fotos, donde el maestro fotógrafo disparaba una y mil veces su cámara, que nos ubicaba en la mejor luz, nos cuidaba con vasos de agua fresca, nos daba ciertas indicaciones, y nos cuidaba de no caer demasiado al precipicio.

Casi como si todo hubiera sido un sueño –ojalá fuera de unas y mil noches–, la resultante parece confirmar que “ojo de amo engorda al ganado”, y que la regla normativa del efebo esclavo se impone.

Pero no crean mucho lo que ven. No todo es arco iris en Ciudad Esmeralda.

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