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Viernes, 27 de febrero de 2015

EL CINE ES COMO EL OSO, CUANTO MAS FEO MAS HERMOSO

En 1987 nació la idea de crear un súper premio para películas que pudieran definirse dentro de la categoría queer y que pudieran ser distinguidas por un jurado comilón de películas. El Teddy, un oso de metal basado en un dibujo del Ralf König, es un premio pionero que consiguió abrir un camino de prestigio y alta repercusión para un sector de la industria siempre despreciado y ausente en las reseñas. Este año, el cronista de Soy estuvo allí formando parte del jurado, y aquí cuenta todo lo que se puede contar.

 Por Diego Trerotola

Los organizadores del premio Teddy me enviaron una entrevista por mail para preguntarme qué significaba Berlín para mí. Respondí que el cine era mi primer mapa del mundo, y que por eso Berlín es ante todo un montón de imágenes queer de películas de Fassbinder, Rosa von Praunheim, Werner Schroeter y, sobre todo, es Emil Jannings y su (mi) fetichismo por el uniforme a través de los ojos de Murnau en La última carcajada (1924). Imágenes sin palabras, eso es el colmo del cine para Murnau y eso es Berlín para alguien como yo, que no caza una de alemán. Había estado en Berlín tres días hace cinco años, apenas pude paladear la dimensión de esa ciudad y del currywurst, su salchicha más popular. Ahora volvía con honores: como programador del Festival Asterisco había sido invitado para ser parte del jurado internacional del Teddy durante la Berlinale, uno de los festivales de cine más importantes del mundo y un pionero en entregar un premio de diversidad sexual.

Subí al avión del aeropuerto de Frankfurt para ir al Festival de Cine de Berlín y lo primero que vi es a Werner Herzog sentado en primera fila. El nómade demencial, cavernoso, esquivo Herzog. Nadie parece reconocer al cineasta: estaba ensimismado, hablaba sólo susurrando. Tenía los párpados caídos (por la vejez y tal vez por el cansancio) y los iris celestes apenas asomaban: a golpe de vista parecía que Herzog tenía ojos de Nosferatu o que estaba ciego, como si fuese la encarnación del cineasta ciego que Kluge imaginó para su película El ataque del presente al resto de los tiempos. Su aspecto de camisa y saco era el de un ejecutivo anónimo todavía a cargo de una gran empresa de antaño que sigue funcionando exitosamente sin que nadie sepa bien por qué (tal vez el cine actual sea esa empresa). Mi cholulismo y mi corrección me obligaron a desubicarme con cortesía y pedirle si podía sacarle una foto, mientras amenazaba con mi mano armada con el celular. Herzog negó con la palma de la mano abierta, como si me estuviese saludando. Le dije que fue un gusto encontrarlo y él asintió con la cabeza. Seguí por el pasillo de pasajeros que buscaban su asiento, temblando un poco por la excitación del momento. Mi encuentro con Herzog quedó sin imágenes. Fue una cita ciega. Otra vez se salió con la suya. Igual aterrizaré en Berlín en el mismo avión que él: casi que no conozco mejor manera de llegar a un festival de cine.

En el pintoresco hotel de Berlín donde me alojan conozco a los ocho samuráis que me acompañarán, un grupo de programadorxs del resto del mundo: Predrag Azdejkovic (Serbia), Yvonne P. Beherns (USA), Bradley Fortuin (Namibia), Muffin Hix (UK), Shana Myara (Canadá), Mascha Nehls (Alemania), Nick Neocampo (Filipinas) y Gustavo Scofano (Brasil). Con ellxs pasaré la mayor parte del tiempo los próximos siete días, viendo un promedio de cinco películas por día. Los organizadores del Teddy deciden que los jurados sean programadores porque necesitan personas habituadas a ver muchas películas. Somos profesionales de la visibilidad y del voyeurismo. El Teddy es la competencia y el jurado más grande del Festival de Berlín: en seis días tenemos que ver veintidós largos, un medio, seis cortos y dos instalaciones. Somos y representamos el exceso.

El primer día conocemos a Wieland Speck, uno de los fundadores, junto a Mandred Salzgeber, del premio Teddy en 1987. Es alto, de ojos azules y barba y pelo blancos: un daddy bombón que sería un perfecto muñeco de torta. Pionero de pioneros, Wieland creó este premio queer cuando casi ni existían festivales con esta temática y lo sostuvo hasta la fecha, buscando las más renovadoras películas queer para que el Teddy nunca se estanque. Hay que pensar que Cannes incorporó el premio queer recién hace cinco años. Ahora, Wieland también programa Panorama, la sección más grande de la Berlinale, que tiene el más alto tenor queer. A la noche, una drag queen llamada Gloria Viagra es la anfitriona de la fiesta de apertura de los Teddy en una disco gltb. Ella lleva con orgullo su peluca rubia y su vestido al cuerpo tanto como bigote cepillo. Wieland presenta a la multitud a cada uno de los jurados y les da la palabra. Cuando llega mi turno digo que el Teddy para mí es una figura erótica, porque es un oso, y a mí me gustan los osos. Y que espero encontrar a un animal así, gordo y peludo, para llevar a mi cama. Si las drag queens usan bigotes, supongo que no va a ser difícil encontrar un oso. Al bajar del escenario todo el mundo me desea suerte en mi búsqueda. Cinco años atrás había estado en Berlín y fue casi una orgía. Pero esta vez en ninguna de las fiestas del Teddy pude entrar en contacto con un oso: tal vez el frío antártico que hacía en Berlín los hacía invernar. Otra vez será.

Cuando se recorre más Berlín, uno se da cuenta de que más que cualquier película, esta ciudad reproduce el poder de seducción bisexual de Marlene Dietrich. La elegancia alemana tiene mucho de la rubia queer y la Dietrich es la imagen más repetida en Berlín, como una matriz que reaparece cada vez que se pega la vuelta en una esquina. Es más: pareciera que los edificios apuntan al cielo con el mismo vértigo de las piernas de la actriz y que cualquier recorrido sobre el mapa de la capital alemana termina uniendo puntos que forman la imagen de Marlene como si fuese una constelación terrestre. Incluso aparece hasta la alucinación: en la borra de un café, al fondo de una taza, se puede dibujar su rostro. Tuve mi propia experiencia Marlene: el mayor distribuidor mundial de cine lgtbiq realizó una fiesta queer en el departamento de una pareja gay berlinesa. Uno de los dueños de casa nos abrió la puerta con una remera de Linterna Verde que le marcaba sus músculos de superhéroe. Mucha gente para un departamento. Salí al balcón a hacerme un destornillador y una chica hermosa me dio charla. Diez minutos hablando con entusiasmo sobre Berlín como ciudad y otras generalidades. En un momento hablamos de nosotrxs. Ella era cineasta. Me preguntó qué hacía en el festival y le dije que soy jurado del Teddy y que programo Asterisco, un festival lgtbiq en Buenos Aires. “¿O sea que vos sos gay?”, me preguntó, y ahí recién me di cuenta de que todas sus sonrisas eran para levantarme. En una fiesta queer me levanta una mina, tiene sentido. ¿O no? Si no fuese que me tenía que rajar a ver una película como una de mis obligaciones de jurado, creo que hubiese agarrado viaje con esa versión de Marlene Dietrich que gustaba levantar putos en una fiesta queer. En taxi volviendo al cine, mis compañeras lesbianas de jurado del Teddy me dijeron que estaban enamoradas de mi interlocutora de la fiesta. Garchar, lo que se dice garchar, no garchó nadie.

Pasaron los días y las películas, casi sin tiempo para otra cosa. Las tres decenas de obras del panorama de cine lgtbiq que entregó el Teddy excluían casi por completo el erotismo. O al menos ese erotismo gastado de revista gay softcore. Se apagaban las luces de las salas de cine y la oscuridad parecía apropiarse de todo, el deseo más dark se desataba. El cine queer se volvió onírico, como si fuese un sueño negro, sin el brillo del glam ni la imagen positiva de la luminosa visibilidad políticamente correcta (ver recuadro). En la lucha por estar despierto ante la hipnótica sucesión diaria de películas, mi sueño cinéfilo de ser jurado del Teddy se hizo más realidad de lo que pensaba. Retrospectivamente, de una manera u otra, el Teddy fue siempre un premio incómodo; no por casualidad este año se homenajeaba a Fassbinder, el más talentoso, inconformista y molesto de los cineastas alemanes. Con mis ocho compañeros de jurado hicimos lo mejor que pudimos para que siga siendo el premio más queer que existe. Para que se den una idea, una de las películas a la que decidimos darle premio me hizo gritar del terror y uno de los jurados terminó abucheándola. Pero ambos nos dimos cuenta de que ese sentimiento extremo era una forma de ponernos en crisis. El actor Udo Kier, que recibió el Teddy por su carrera, dijo que tuvo que buscar en Google qué significaba la palabra “queer” y cuando supo que significaba “raro”, se sintió orgulloso del homenaje. ¿Vieron que no sólo en la Argentina cuesta entender qué es “queer”? Somos rarxs entre los rarxs.

La fiesta de clausura del Teddy sucedía en un teatro de ópera de Berlín: un escenario principesco con la flor y nata de la cultura queer vestida de gala. La atracción principal era Ingrid Caven, la icónica actriz de Fassbinder en alrededor de 40 películas, que llegó a casarse incluso con el cineasta, formando la familia meteórica más queer de la historia del cine. Convertida en una cantante excéntrica, con algo de la seducción de una Marlene Dietrich devenida un poco cartoon de vanguardia, interpretó dos canciones que habían sido escritas especialmente para ella por Fassbinder. Agotadas nuestras pupilas tras toda la maratón de cine queer a la que fuimos sometidos ininterrumpidamente durante una semana, escuchar los gritos de éxtasis de Caven como cierre fue la primera experiencia realmente orgásmica de la Berlinale. Tardó en llegar, pero al fin valió la pena. El erotismo es dilatación y suspenso. Y, si se tiene la suerte suficiente para estar en el lugar correcto, llega de la manera más queer.

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