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Jueves, 2 de abril de 2015

ENTREVISTA

Las musas de Alfredo Arias

Leyenda viva del teatro, siempre con un pie en París, a donde se fue en 1969, y un ojo puesto en las tablas argentinas, cada vez que Alfredo Arias hace algo todos quieren saber de qué se trata. Arias rima con cascarrabias, pero también contiene un sentido musical sin perder nunca el séptimo sentido, el del humor. Ha dado vida propia a actrices tremendas como Marilú Marini, Adriana Aizenberg, Mirta Busnelli, entre otras y recreó la vida de Eva Perón, entre otros sueños de Copi.

¿Por qué Fanny Navarro?

–Porque con Deshonrada, en cierta forma, volví al mito de Eva Perón. Porque Fanny aparece como el otro yo, el doble de Eva, como su muñeca también. Fanny imitó en su dicción, en su oratoria, como presidenta del Ateneo Cultural, a Eva Perón hasta su muerte. Hay una especie de mímesis resultante de la adoración de Fanny por Eva. Y creo que el brutal encarnizamiento y la obsesiva persecución de los funcionarios del golpe de Estado para con Fanny fueron en cierta forma porque quisieron hacer con ella lo que no podían hacer con Eva, porque ya estaba muerta. Por ello Gandhi en un momento asume la figura de un cirujano de autopsias. Quiere diseccionar el cuerpo de Fanny como si estuviera muerta, quiere diseccionar el cuerpo de Eva, como si pudiera desentrañar en su cuerpo el misterio del cuerpo enfermo de la Nación.

Deshonrada se presenta como un texto radicalmente político y que puede ser leído en clave actual.

–Y sí, la historia cobra especial actualidad casi sin quererlo. Muchas veces el teatro absorbe el aire de los tiempos que corren. Tenemos a una especie de fiscal frente a una mujer. Y sobre todo tenemos fanatismos enfrentados, casi como arquetipos del ser nacional en permanente dicotomía. Mi idea de la obra era que no se puede enfrentar a un fanatismo con otro fanatismo. Es una obra muy intensa, un diálogo muy intenso, ¿pero de qué otra manera se podía contar algo de las intensidades de la historia y la política argentina?

La obra incluye el rescate de la voz y de los discursos más emotivos del peronismo. ¿A qué obedece el anacronismo de que en la década del cincuenta se oye un discurso de Perón de 1974 (“Llevo en mis oídos la más maravillosa música, que es la palabra del pueblo argentino”)?

–A pensar en cierta forma el peronismo como mito, como atemporal, como algo que sobrevuela siempre los sentimientos de la sociedad argentina. También por ello incluimos una versión electrónica de la marcha peronista. Como se señala en la gacetilla de la obra, no importa saber quién fue Fanny Navarro o quién el Capitán Gandhi, ni siquiera quiénes fueron Perón y Evita o la Libertadora. Aquí se trata de personajes casi arquetípicos de nuestra mitología nacional. Como en toda mi obra, creo que en estos intersticios entre el mito, la ficción y la autobiografía es posible que se filtre algo de la realidad y poder vislumbrar algunos aspectos del peronismo.

Realidad y ficción siempre se entrecruzan. Para Eva fue muy importante haber sido actriz para luego ser oradora. María Félix siempre decía que ella hubiera querido triunfar en política como Evita y a Evita, triunfar en el cine como ella.

–Meses antes de que muriera Juan Duarte, Fanny estaba interpretando Antígona Vélez, de Leopoldo Marechal. Y según las crónicas históricas, el capitán Gandhi le mostró la cabeza de su amante Juan Duarte dentro de una bolsa. Digno de tragedia griega, otro género para narrar la historia argentina.

Es interesante el constante juego entre realidad y ficción. Fanny canta el Himno Nacional Argentino recreando al personaje de Mariquita Sánchez en la película El grito sagrado. A su vez, el 22 de mayo de 1810 es representado en la película como si fuera el 17 de octubre de 1945.

–Sin olvidar que el momento cumbre del antagonismo entre los personajes es ese momento en que los dos, Fanny y el Capitán Gandhi, interpretan juntos el Himno Nacional Argentino. Es un momento de gran violencia en donde se manifiesta particularmente la agresividad de ambos. Se gritan, se persiguen, se hacen frente mutuamente. Para cada uno de ellos el Himno significa y remite a dos cosas diferentes. La libertad, la justicia y todos esos símbolos y valores grandilocuentes ligados a la Nación y a la Patria significan cosas diferentes.

¿Y por qué Doña Petrona?

–Fue otra manera de contar el peronismo. Hay algo en Doña Petrona que refleja los sentires, las formas de ser o de aspirar a ser de las mujeres de su época, las amas de casa de clase media. Y hay algo en la grandilocuencia de sus recetas que también nos dicen algo del aire de sus tiempos. Aparecían torta barco, calesita, misal, capilla, choclo, bandera argentina, costurero o almohadón colombiano. También los platos salados sufrían transformaciones o mutaciones hacia objetos tales como abanicos o relojes, entre otros. Los platos eran creados con recetas exigentes y ambiguas que requerían a veces sólo para un bizcochuelo alrededor de treinta huevos. Hoy esas tortas, esos platos son imposibles de hacer, casi una utopía, como sueños imposibles de la época.

¿Cómo se te ocurrió meterte con Petrona?

–La dramaturgia en este caso está basada en mis recuerdos personales. Me veo a mí escuchando las recetas, la calidez del hogar, la emotividad y la nostalgia que eso me produce a la distancia. Por ello también actúo.

¿Sabías que Juanita vivió junto a Doña Petrona hasta el final? Juanita rechazó dos novios, declaró a una revista que al primero “lo dejó porque probablemente tenía mal aliento”. Murió una, murió la otra: dicen que nunca superó la amargura de que las ollas, las sartenes que usaba la popular cocinera fueran subastadas.

–No lo sabía. ¿Serían lesbianas? No lo creo. Pero son interesantes esas intensidades de amor entre mujeres. Como también la intensidad del amor de Fanny por Eva.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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