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Jueves, 2 de abril de 2015

CINE

Tirar a mamá del tren

En Mommy, Xavier Dolan cumple por segunda vez el sueño de todo enfant terrible y gay: matar a mamá

 Por Adrián Melo

—¿Qué harías si muero hoy? —le cuestiona el adolescente Hupert a su madre.

—Me muero mañana—le contesta ella.

El problema del diálogo es que no es diálogo. Cuando Hupert increpa a su madre está desbordado, a punto de ser internado en un colegio y alejado de su novio porque su madre no puede con él. Y cuando su madre susurra la respuesta él ya se ha ido. El guión pertenece a la primera película de Xavier Dolan Yo maté a mi madre (2009), escrita, dirigida y actuada por la beldad canadiense a los tiernos diecinueve años.

Y Mommy, su última película, puede ser considerada su reverso. Situada en una Canadá ficticia donde eventualmente existen instituciones de encierro destinadas a adolescentes insalvables, el film nos presenta a Steve (Antoine Olivier Pilon), con un diagnóstico de hiperactivo y tendencia agresiva en pésima relación con una madre épica llamada Diane (Anne Dorval), pero a quién le dicen Die —drástica metáfora de la madre como vientre de vida y fosa mortuoria— dispuesta a contenerlo afectivamente y a “salvarlo” mediante la fuerza del cariño y por encima de las instituciones. Pero para Dolan las madres salvadoras pueden resultar tan mortíferas como las indolentes. Como en Yo maté a mi madre, en Mommy la comunicación nunca llega.

Las mal queridas

El bello Xavier se sitúa en una tradición gay que arremete contra las madres. Desde Arthur Rimbaud —con quien frecuentemente se lo compara por ser adolescente prodigio, de rizos y ojos profundos— que huyó de su despótica madre a los diecisiete hasta que sólo sin piernas pudieron hacer que regresara a su hogar, pasando por la frase de André Gide (“Familia, yo te odio”) hasta el sensual y escandaloso Hervé Guibert, que en su novela Mes parents (1987) traza un despiadado retrato de sus padres y en una escena se deja dar por el culo por su amante mientras habla por teléfono con su madre. Porque la consigna es que “hay que matarlos por el amor, no por el odio”.

Hermosos y malditos

Dolan ha dedicado toda su cinematografía a los tópicos de las diversidades sexuales. Ahora, si bien Steve no se presenta como abiertamente gay, el film permite leer en clave de diversidad sexual: por un lado, el actor Antoine Olivier Pilon es el mismo que interpretó al estudiante gay acosado, golpeado y crucificado por sus compañeros de colegio en el corto que Dolan realizó para Indochina contra la homofobia. Por el otro, se alude al gusto musical camp del protagonista que incluye a Celine Dion, Oasis, Dido y Andrea Bocelli. Y por último y principalmente sucede que, en algunas escenas fugaces el propio Dolan reemplaza a Antoine. Porque si el Hupert de Yo maté... era doscientos cincuenta por ciento autobiográfico, Steve es el lado oscuro de la historia de Hubert, lo que habría ocurrido si un Dolan marginal no se hubiera podido escapar a un reino de su propia creación.

Filmada en 35 mm en formato televisivo para tornar la atmósfera más asfixiante, la pantalla se expande sólo en dos momentos claves: cuando la comunidad triangular amorosa formada por madre, hijo y vecina tartamuda parece funcionar y cuando la madre sueña un destino venturoso y hollywoodense para su hijo. Como todos los jóvenes de sueños inabarcables, aquellos que aman y odian demasiado, temidos y rechazados por la sociedad pero nunca integrados o domados (excepto, como diría Foucault, haciendo que los maten en la guerra), Steve quiere ir más allá de los límites y por ello busca permanentemente expandir la pantalla y las posibilidades de vida y en el oscuro, triste y a la vez esperanzador final tan sólo parece cumplir el sino de los jóvenes rebeldes y malditos.

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