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Viernes, 24 de octubre de 2008

PRIMER AMOR

Inmolado en su altar

 Por Fernando Mazzeo

Hicieron falta una pareja, unos pocos amantes, algunos (no tantos) encuentros ocasionales y casi diez años desde que empecé a tener relaciones con hombres, hasta que encontré a mi primer amor. Todas esas relaciones fueron egoístas, en mayor o menor grado, porque ponían mi placer o mi deseo por delante de aquel con quien estaba. El verdadero amor es una inmolación en el altar del otro.

Estaba yo por cumplir 27 años cuando lo vi a punto de subir en un subterráneo. Era increíblemente bonito para mis parámetros de belleza y, resignado, asumí que jamás le prestaría atención a un tipo demasiado común, mayor que él, ya con una acentuada calvicie. Aun así, me senté cerca y, dentro de los límites de la discreción, fui mirándolo (admirándolo) cuanto pude. Una combinación de línea después estábamos charlando. Al llegar al final del recorrido, donde ambos teníamos que tomar un tren, lo invité a un café y en esa conversación le di mi teléfono, consciente de que alguien como él tendría miles de oportunidades mejores y jamás me llamaría. Para peor, yo viajaba al día siguiente para mis postergadas vacaciones (el pasaje ya estaba sacado) y no regresaría sino hasta diez días después.

De vuelta en Buenos Aires, continué mi vida como siempre, seguro de que ya nada me pasaría con ese episodio. Entonces llamó.

Los siguientes meses fueron de encuentro, descubrimiento y maravilla. Y, de mi parte, esa mezcla de exaltación y pelotudez en la que uno cae cuando está enamorado. Ansiaba el momento de volver a vernos; cuando no estábamos juntos, sostenía con él conversaciones imaginarias (bastante más interesantes, debo admitir, que las reales); dormía mal para encontrarlo temprano en el único momento que podíamos vernos. Llegué a hacer el absurdo de, en mis francos, ir a sentarme en la estación de su pequeña ciudad con la esperanza de un encuentro casual.

El sexo tardó en llegar (ninguno de los dos vivía solo), pero cuando sucedió tuvo el mismo carácter de exaltado descubrimiento.

Los años que siguieron viajamos juntos, trabajamos juntos, terminamos conviviendo y llegamos a ser para los demás dos figuras impensables la una sin la otra. Estuvimos casi once años así. Después nuestros crecimientos divergieron y ya no fue posible sostener esa convivencia nunca más. Pero aún somos amigos (y me cela). Hoy, trece años después de nuestra separación, sigo solo, quizá porque hicieron falta una pareja, unos pocos amantes y algunos (no tantos) encuentros ocasionales hasta que encontré mi primer amor, y fue el único.

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