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Viernes, 21 de agosto de 2015

TEATRO

Flores de estación

¿Dónde están las mujeres que ríen todas juntas?, de Brenda Steizelboim, es una pieza poética a tres voces de mujer.

 Por Laura A. Arnés

El escenario es un jardín de invierno. Un espacio, aparentemente, seguro. Pero la muerte no puede detenerse, tampoco el recuerdo. Una mujer narra, encerrada en un paraje donde la vida sucede, vegetal. Una mujer teme, se protege, se entrega. Una mujer amó a otra, la ama. Pero el sol en invierno no puede sino apagarse.

“Las plantas se marchitan, se les caen las hojas, las flores se vuelven oscuras, dañinas a la vista y al tacto: eso es lo más parecido al amor”, explica la protagonista de ojos profundos, con el ceño fruncido, y continúa. Porque la obra es casi un monólogo, una reformulación de la educación para señoritas sobre las flores, el Paraíso y los afectos. Una metáfora encadenada con otra, el desmonte de la palabra del amo. En ¿Dónde están las mujeres que ríen todas juntas?, la palabra se vuelve ciclo y destino, se vuelve juego hasta perderse en carcajada. Pero ahí se tiñe de melancolía. Porque esto sucede demasiado tarde, o quizá temprano (la cronología es otro de los engaños para contener la Historia).

Pero hay otra mujer: Leopolda. Una joven sutil que es voz y charango. Sus melodías recuerdan a los pájaros que en ese espacio cerrado no viven. Sus palabras, en cambio, son la explicación. Ella es el afuera: el mundo y la gente; el dolor. Leopolda y su nombre nos sitúan, como el coro de la tragedia griega, pero en tierra argentina.

Si la tierra es abono también es cenizas. Esa es la materia de la vida, de los sueños y de los cuerpos. Por eso, un jardín de invierno es una potencia. Un punto de intensidad, un aleph, donde todo transcurre, donde todo tiene lugar, donde los tiempos se cruzan. Ahí, la libertad es la raíz firme de las cosas y la descomposición es perfumada; allí, como escribió Lispector: “La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos”. Y es también ahí, en ese espacio cerrado, donde sucede El Amor y su infierno. “Este momento es para siempre”, dice una mujer a la otra, sabiendo que la eternidad es una contradicción en sí misma. “El fin es el punto final de cada oración. El fin es la muerte, y el fin también es dejar de amar”, retruca la otra.

La escenografía de Macarena Hermida merece párrafo aparte. Su trabajo es cuidado y sorprendente. A tono con el relato, pero también con la historia de las mujeres, todo es lana y tejido. El trabajo artesanal, por lo general disminuido, está en primer plano. Sabemos que las hebras, como las palabras, al entrelazarse inventan, crean. Así nacen los objetos y los sentidos. Y, también así, esta obra le da forma a la tierra desordenada y vacía hasta, finalmente, lograr juntar la luz y las tinieblas.

Domingos a las 21.15
en Moscú Teatro,
Camargo 506.

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