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Viernes, 11 de diciembre de 2015

LIBRO

Historia de la desobediencia

Deseo y represión (Imago Mundi), compilado por Débora D’Antonio, traza un recorrido de las luchas entre el control estatal de las sexualidades disidentes y las formas de la resistencia en la Argentina de los 70 y 80.

 Por Laura Arnés

La historia de la cultura es la historia de muchas cosas. Entre ellas es la historia del devenir de los derechos pero, también, del suceder de la censura. Deseo y represión reflexiona acerca de algunas de las relaciones que se establecen entre Estado, género y sexualidad entre las décadas del sesenta y ochenta. Esos años a los que Perlongher también hacía referencia cuando decía, mordaz y certero: “un fantasma corroe nuestras instituciones: la homosexualidad”. En una vereda, las revistas importadas que, en la segunda mitad del siglo XX, comenzaron a mercantilizar, masivamente, los cuerpos (Playboy, Dude, Man to Man) apiladas, incautadas bajo decreto municipal. En la otra, los marineros que yiraban, con el bulto ansioso de manos o los soldados que, desprevenidos, se encontraban con la pija parada en la boca de algún puto. El delito contra el honor militar era algo grave pero, también, la falta de importancia científica –la ceguera histórica– que se le daba al clítoris como fuente de placer. En los años de represión estatal la represión subjetiva pareció liberarse: el psicoanálisis y la sexología –dos caras de la misma moneda– tuvieron su orgasmo narrativo. Del norte heredábamos a Kinsey, acá Florencio Escardó y Julio Mafud se le adelantaban a William Masters y Virginia Johnson (que ahora tienen una serie que vale ser vista). Una nueva scientia sexuales cobraba forma, probablemente también un ars amandi. Porque a quién le cabe duda que la cultura nos dice, sobre todas las cosas, no sólo qué es sino también cómo tenemos que coger y amar. Nada nos resta de instinto salvo, tal vez, el hambre (que, claro, también puede sentirse por un cuerpo). Las relaciones de pareja –heterosexuales, por supuesto– en esos años dejaron de pensarse como deber: al amor se volvió genuino. Sobre la homosexualidad seguía pesando la prohibición aunque, por un lado, algo como un permiso venía de la mano de ciertas “costumbres extranjerizantes” y, por otro lado, el FLH aullaba por la desprivatización del ano. En otras palabras, feministas, lesbianas y homosexuales militantes insistían en la importancia de la muerte del falo y pedían, en cambio, que se pusiese el dedo en la gran C: es decir, en el culo y en el clítoris. Ellxs eran terroristxs del sexo, bombarderxs del amor, guerrillerxs del matrimonio; querían la muerte del patriarcado, del capitalismo y de todas sus instituciones. La lucha no era sólo por una identidad: lo que había que cambiar era el mundo. Y es cierto que todo esto fue hace mucho. Pero, justamente, lo que tiene de particular la historia es que en su discurrir se repite, con diferencias. Pasaron cincuenta años. Ya no somos transgresores, nos encorsetamos en el campo de la legalidad, compramos el discurso del amor y la fidelidad. Y, sin embargo, las travestis siguen siendo asesinadas. También, como olvidarse, vamos a ser gobernadxs por un partido cuyos miembros nos siguen pensando, como antaño, en términos de degradación moral y enfermedad –algunxs incluso ostentan medallas de mérito del opus dei–. Cuirizando el sentido del postulado marxista nos damos cuenta de que, efectivamente, el motor de la historia es la contradicción. En algún momento nos confundimos y pedimos el reconocimiento de las democracias neoliberales, mediáticas y conservadoras: más cruceros gay, más pornografía proveniente de los centros hegemónicos también para lesbianas, más cortes de pelo, más ropa, revalorizamos la sangre como herencia, creamos más identidades, inventamos dildos inseminadores con forma de pene, quisimos más Viagra, más, más y más. Tal vez, los resultados de esta elección de país sean el veneno y el remedio; el trago amargo que necesitábamos para recordar que todavía tenemos que cambiar el mundo. Que el punto no es parir, compartir seguro médico o pagar menos impuestos: el punto es aniquilar los sistemas opresivos, las censuras que inventamos y las represiones que no cuestionamos. A la clandestinidad no vamos a volver: todas las luchas las vamos a dar en la calle y a la luz del día. Y de haber caídxs no deberían ser por su orientación sexual sino porque tuvimos un sueño; porque los cambios no se sostienen con palabras vacías: se sostienen con el cuerpo. Y nuestros cuerpos están comprometidos porque nuestra vida, nuestra historia, fue y sigue siendo la lucha.

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