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Viernes, 18 de marzo de 2016

TELEVISIóN

DIVA PROHIBIDA PARA MENORES

Fue Madame Bovary, la primera en cachetear a un hombre para la cámara y pionera del erotismo en el cine argentino, con Safo, de Carlos Hugo Christensen, donde interpretaba a una femme fatale que corrompe a niño bien. Mecha Ortiz, una de las más enormes piezas de devoción de los gays de antes y de siempre.

 Por Ernesto Meccia

Safo, historia de una pasión es una película de Carlos Hugo Christensen (1943). Fue prohibida para menores de 16 años. Se la recuerda como la primera película erótica y su mención permanece unida al nombre de Mecha Ortiz, legendaria actriz de la época.

Desde el principio los símbolos ahogan. Los títulos desfilan sobre un fondo inequívoco: la escultura de una mujer desnuda y una telaraña. También aparece información: es la “versión cinematográfica de la obra maestra que Alfonso Daudet dedicó a sus hijos y escribió para enseñanza moral de la juventud de todos los tiempos.” Recién entonces comienza a escucharse un vals que introduce al espectador en la expectativa de algo sinuoso, a cuya finalización vemos que un joven abandona la campaña y se va a la gran ciudad con un tío dispuesto a introducirlo en el universo masculino de la joda asimétrica. Safo aparece –deslumbrante- en la fiesta que da un gran bacán. Los muchachos de antes vieron ahí una escena perfecta de levante homosexual. Parecía mentira que esa señora de barrio norte tirando a pacata pudiera profundizar tanto la mirada, darle un hálito de búsqueda sexual desenfrenada, pegarle hondas pitadas al cigarrillo mientras miraba a un pendejo, adelantando cuál era su próximo objeto de consumo irrestricto. En pose totémica, se la ve, por fin, al lado de una escultura desnuda, en lo alto de una escalera. Como un muchacho homosexual de antes, con la mirada experta y discreta para lograr su objetivo en medio de un gentío propenso a escandalizarse, divisa a un muchacho que la cámara muestra de espaldas alternativamente a mostrarla a ella mirándolo y fumando(lo). La escena corta cuando ella hace el gesto de ir a su captura. Lo que sigue es un diálogo increíble. Él está en una terraza, quiere volver al salón. Ella lo detiene en la puerta y le dice: “por aquí no se pasa”. “¿Por qué?”, pregunta él. “Porque no quiero.” El pibe obedece, retrocede y se apoya en una baranda. Ella, convertida ya en su sombra, se le pega hombro a hombro y le clava una pregunta, que parece una orden: “¿Tan fácil se renuncia a un deseo?”. Dueña absoluta del timing hace avanzar el diálogo hacia donde quiere, preguntándole por qué se aburre, con tanta compañía. “No conozco a nadie, no soy de Buenos Aires.” La cara se le ilumina; tiene delante suyo al chongo ideal: “¿provinciano, entonces? ¿Y allí los hombres no saben divertirse? ¿Son todos tan callados como vos? ¿Cómo hacen entonces para conquistar una mujer?” “Y… como todos.”, responde el provinciano. Safo ya había triunfado: “Vení, me lo vas a explicar bailando.” Vuelve el vals y comienza el incendio.

En ese momento nacía la primera reina del pueblo homosexual argentino, y también una imagen que permitiría a las señoras de clase media tramitar sus fantasías sexuales desviadas.

Pero la trama pone precios a la pasión. Desde el baile se van a casa del muchacho. Safo pregunta en qué piso vivía. El muchacho, que habitaba en el último, ofrece llevar entre sus brazos al ícono, envuelto en gasas y tules. La escena muestra el cansancio en los descansos de la escalera y a Safo dándole energía con besos en la boca cada vez que lo ve flaquear. Por supuesto, llega consumido y el sexo aún estaba por venir. Pero nada le importa, y se lo reclama con inflexibles miradas mientras una luz tenue se va apagando. En otra película (Los pulpos, 1948) el protagonista muere en las escaleras mientras iba en busca de la mujer que lo había enloquecido y engañado mil veces, una prostituta. Difícil sustraerse a esta marcación del carácter femenino: las mujeres pesan, cuestan, comprometen la respiración.

Pero no sólo eso. Safo penetra y contamina. Hay una escena en la que el muchacho regresa a su casa. Adentro estaba instalada su amante. La cámara la muestra de espaldas no solamente ocupando el espacio gracias a una buena iluminación sino otra vez fumando. Si en la fiesta se la mostraba fumando a través de la boca (comiendo, podríamos decir, al amante), aquí se la muestra tirando humo; importa el humo y no el ente que lo produce. El olor es índice irrefutable de que alguien estuvo aun cuando se haya ido. Es un signo existencial que coloniza el espacio. Mientras le tira el humo encima no deja de mirar al muchachito, quien, de a ratos, mientras escribe, apenas se atreve a mirarla. Alimento balanceado para mi alma de sociólogo: si queremos ver la “autoridad” en las relaciones sociales vayamos a ver los rituales de la deferencia. La deferencia es el acto de haber reconocido en una persona “algo” o alguna manifestación de ese algo. Por ejemplo, cuando en las películas argentinas aparecía el galán, la mujer bajaba la mirada como signo deferente, habiendo reconocido la “autoridad” masculina. En Safo, realmente impresiona ver a la protagonista invertir el reconocimiento doblegando la mirada masculina.

Me gustaría que veamos Safo buscándole más de estos “detalles” que tanto nos dicen y hacen pensar. l

Safo, historia de una pasión se emite este domingo a las 20 por INCAA TV.

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