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Viernes, 27 de mayo de 2016

Palabras cruzadas

La imagen del Papa se reproduce en estampitas, muñequitos y muchas citas aisladas que se leen con gran expectativa. Es el Papa de los gestos. Sea usted creyente o no, esté o no de acuerdo con la Iglesia, no podrá negar que la palabra del Papa tiene influencia. Si sugiere o directamente dice que hay discriminación justa e injusta, que hay legitimidad para ciertas familias y para otras no, ¿hasta qué punto avala el odio que tanto gusta de justificarse en los designios celestiales? Lucas Ramón Mendos, abogado argentino ex integrante de la Relatoría LGBTI de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, analiza la letra chica del discurso papal.

 Por Franco Torchia

“La Iglesia hace suyo el comportamiento del Señor Jesús que en un amor ilimitado se ofrece a todas las personas sin excepción”. Divino. Renglón seguido, no obstante, “no existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías entre las uniones homosexuales y el designio de Dios”. Este escrito de hace meses, uno de los últimos y más flagrantes amagues de “apertura” de Jorge Bergoglio –formally known as Papa Francisco–, concentra el método de sus “cambios” y la ambigüedad de sus prédicas. ¿Por qué? Por lo que hacen y por lo que no hacen sus palabras: la acción de su discurso se traduce en trabas financieras para países tentados en legislar para la diversidad, violencias físicas de parte de quienes interpretan sus palabras así y celebración inmediata del nuevo “orgullo gay-papal” para quienes las interpretan asá. Bergoglio marea y vuelve al origen. Cada nuevo pronunciamiento del Vaticano respecto de la disidencia sexual es acompañado por su aparente corrección política en materia ambientalista e inmigratoria, por ejemplo. Entonces, subrayar el rechazo que anida en los documentos y dichos sobre putos, tortas, lesbianas y travas es tan quijotesco como imprescindible. Desde aquel vuelo inaugural de Alitalia en el que el ex cardenal de Buenos Aires dijo “¿Quién soy yo para juzgar a un gay?” –la mera pregunta era en sí misma un barbarismo– la estrategia general de medios y clase política local e internacional ha sido anular el otrora “guerra de Dios” con el que el susodicho calificó al matrimonio universal en 2010 y dejar clarísimo que ahora, en cambio, él es un copado y hace lío.

El abogado del diablo

Lucas Ramón Mendos, abogado argentino radicado en Estados Unidos hace 3 años y ex integrante de la Relatoría LGBTI de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH-OEA) se ocupa de lkeer la letra chica de los discursos papales. La Relatoría entró en funciones en febrero de 2014 en Washington. Tras aplicar para una beca, Mendos partió. Hoy es investigador de la Universidad de California y está movilizado, sobre todo, por los efectos de las declaraciones bergoglianas en un mundo en el que proliferan leyes igualitarias y homofobia, bodas y sangre. “El dogma es una cuestión que discuten los obispos en su sínodo. De allí sale el canon. Yo apunto a ver el efecto de ese dogma en la población en general, en propios y ajenos”.

En abril, tras dos años de sínodo sobre familia, Bergoglio firmó para el mundo “Amoris laetitia” (sí, cínicamente estamos ante “La alegría del amor” en español); por otro lado, hace días y tras 3 años de debate, Italia sancionó la ley de unión civil y Pope Francis aceleró su máquina de exclusión. Nuevamente, para él, allí donde es importante condenar el maltrato animal o el trabajo en negro, es menester también recordar que la putez se condena sola: “Una vez que se aprueba una ley, el Estado debería ser respetuoso de las conciencias. La objeción de conciencia debe ser posible en todas las jurisdicciones legales, porque es un derecho humano”, dijo respecto de la nueva “peste rosa” que azota los registros civiles de Italia. Bergoglio es el jefe de un Estado que está, parece, por encima de todos los estados, como la conciencia pero sin objeción.

¿Qué te interesa del discurso bergogliano?

–Me interesa reaccionar ante las interpretaciones apresuradas y erradas sobre estos mensajes que el Papa envía; interpretaciones quizás a veces erradas por gusto o por necesidad, pero que muchas personas absorben de manera excesivamente optimista podría decir.

Un “optimismo” que arranca ni bien él es elegido y asume, en 2013…

–Sí, esa pseudoconferencia de prensa en un avión inició una suerte de vorágine para mí. A partir de ahí el cambio fue visto como radical después de un Papa casi medieval. Ahora, cuando uno corre ese brillo deslumbrante, hay una remisión a las fuentes de siempre, hay en Bergoglio argumentos que hablan de la castidad como el único designio que Dios ha querido para lesbianas, gays y bisexuales; creo que hay un refuerzo de todo lo que ya conocemos puesto como un nuevo mensaje de piedad o de intento de acercamiento.

¿Qué refleja en ese sentido el documento final del último sínodo?

–Hay en él un punto interesante a destacar y es el hecho de que el Papa en “La alegría del amor” condena por primera vez la violencia hacia personas, como él dice, “con tendencia homosexual”. Ya de por sí la terminología nos da la pauta de la lectura que él está haciendo, sin lugar a dudas; pero es interesante que exista esta condena a la violencia: una condena que llega tarde, porque todos sabemos que han sido demasiadas las vidas que se han perdido, demasiadas las vidas que se han afectado por completo, pero cabe de alguna forma decir o destacar que él ha condenado esa violencia. Sin embargo, lo que creo que debería formar parte del discurso a venir es que esa condena no puede quedar en ese parágrafo sino que debiera formar parte de…

De políticas activas ¿no?

–Exactamente. Que se traduzca en un cambio de actitud sobre la violencia y esto sin entrar en disquisiciones teológicas. Las violencias denunciadas vuelven a estar afirmadas en la iglesia católica hoy, vuelven a ser violencias incitadas, documentadas cuando, por ejemplo, él vuelve sobre la familia legítima en el mismo documento en el que se alza en contra de otras formas de familia. La forma en que están expresadas muchas ideas, además, trasluce una violencia simbólica evidente.

¿A qué se refiere al afirmar que hay una “injusta discriminación”?

–Uno pasa a preguntarse cuál es la “justa”, ¿no? Un concepto que no tiene nada que ver con lo que se entiende en derecho por discriminación.

¿Qué se entiende en derecho por discriminación?

–Desde un punto de vista legal la discriminación es toda restricción que apunta a limitar o afectar el goce de un derecho. Esto no tiene lugar a dudas; ahora, lo que a veces suele utilizarse es la idea de “discriminación positiva”, que parece justa pero no tiene nada que ver, porque la discriminación positiva no es otra cosa que aquellas acciones que emprende el Estado para compensar, justamente en algo que tiende a eliminar diferencias históricas y estructurales respecto de determinados grupos.

¿Por ejemplo?

–Cuando el Estado sanciona una ley donde determina el cupo para que determinada planta del Estado esté ocupada por personas con discapacidad, ahí hay una acción positiva que establece un beneficio para un grupo determinado. O cuando existen leyes que protegen de manera más minuciosa los derechos de niñas, niños y adolescentes. Pero siempre es para más. Cualquier distinción va en beneficio de la persona. No existe tal cosa como una discriminación que restrinja un derecho y que sea buena en ese sentido. Esto hay que tenerlo clarísimo porque es muy confuso el lenguaje papal.

En ese lenguaje gravita siempre la concepción tradicional de familia…

–Completamente. Ni remotamente, y esto es literal de “La alegría del amor”, las uniones de personas del mismo sexo se acercan al designio de Dios para la familia. Entonces si ni remotamente se acercan al designio de Dios, el mensaje que está enviando Bergoglio es de desprecio total a las uniones de personas del mismo sexo.

¿Y en qué medida importan sus palabras?

–Lo que importa acá es cómo esto permea un mensaje claramente nocivo para las personas que incluso están fuera de la grey católica pero que viven en países donde las distinciones entre lo civil y lo religioso no están tan claras.

¿El trabajo que la iglesia católica hace en la ONU demorando ayuda financiera a países que promueven derechos sexuales puede ser inscripto en ese contexto?

–Es así. Hay un lobby concreto de la iglesia a favor de países que no sancionan leyes igualitarias. A eso se refirió Bergoglio cuando denunció en su momento el “lobby gay” del Vaticano, días después de haber dicho “¿Quién soy yo para juzgar a un gay?”. Los condicionamientos financieros de los últimos años no estuvieron motivados por los intentos de promover leyes igualitarias sino por el registro de violaciones graves a los derechos humanos de lesbianas, gays, bisexuales y trans en países como Uganda, Zimbawe y Gambia. Entonces, lo que llevó a la reconsideración de la ayuda financiera a esos países por parte por ejemplo del Banco Mundial no es ese lobby contra el que en apariencia Bergoglio se alza, sobreponiéndose y diciendo que no importa qué leyes estimulen porque ayuda tienen que recibir igual. Lo que llevó a la reconsideración de la ayuda fueron y son las denuncias de tortura y muerte en esas naciones donde las relaciones sexuales consensuadas entre adultos están penadas con cadena perpetua o con la muerte.

Y a un nivel más individual, ¿en qué afectan estas operaciones?

–Bueno, hay un documento firmado por Ratzinger, el anterior Papa, que ordena a todo político, católico o católica, a no votar iniciativas legislativas a favor de parejas del mismo sexo. Un documento que no es de 1880 como podríamos pensar sino de 2003. Se ordena y condena explícitamente como alteración total de la moral. Y esto se ve plasmado en muchas conductas oficiales en todo el mundo.

¿Cómo caracterizarías el comportamiento de los medios ante la figura de Bergoglio?

–Creo que podríamos poner dos líneas de argumentación. Por un lado, creo que tiende a entenderse, y no se discute, que lo que dice el Papa es algo que acepta toda la iglesia y que en definitiva debe ser discutido puertas adentro. Y por otro lado, respecto de los medios de comunicación, creo que esos titulares, que tienen que ser condensados, tener pocos caracteres y resumir una idea, permiten que se generen estas sobreinterpretaciones.

¿Sólo los titulares?

–Bueno, buscan la noticia, el ruido; creo también que hay cierta necesidad en muchas personas, concientes de que hay enormes niveles de violencia y situaciones injustificables, de intentar contribuir a un ímpetu de cambio. Es difícil también el hecho de que, ante los argumentos que podría llegar a presentar Ratzinger –que eran poco propios de este tiempo que corre y demás– era mucho más fácil argumentar en contra. Sin embargo, hay muchos otros mensajes que manda Francisco que resultan interesantes en otro sentido, cuando habla de refugiados, cuando habla de cuidar el medio ambiente; entonces, contradecir a alguien que está ganando tanta popularidad, cuando no es concreto y cuando es confuso, es un desafío. Ningún cambio de fondo puede ser posible si se sigue en esta tónica de ambigüedad: con una mano te abrazo y con la otra te abofeteo.

¿Cuál puede ser el resultado de su pedido de retorno a la idea de objeción de conciencia frente a sanción de la unión civil en Italia?

–La objeción de conciencia fue el tema trending en Estados Unidos durante el segundo semestre de 2015 con el matrimonio igualitario. Bergoglio recibió a Kim Davis, la responsable de un registro civil de Kentucky –una cristiana conversa, casada 4 veces y divorciada en 3 oportunidades, como nota de color– que se opuso a la decisión de la Corte de otorgar licencias matrimoniales para parejas del mismo sexo en todos los estados. Después la iglesia sacó un comunicado ambiguo sobre este encuentro. En Europa, el Tribunal de Derechos Humanos ya resolvió muy claramente el tema de la objeción de conciencia en un caso contra el Reino Unido, donde una funcionaria del registro civil se quejó y dijo “Yo soy cristiana y a mí no se me puede obligar a poner la firma para dar estos certificados de matrimonio”. La Corte la obligó: le dijo “Usted es una funcionaria pública, usted no está ejerciendo funciones religiosas, tiene que cumplir con la ley”. Ella fue a la Corte Europea a apelar y se le dijo más o menos lo mismo.

Es decir, la objeción de conciencia ya no objeta…

–La objeción de conciencia no puede primar sobre el derecho de otras personas a acceder a un derecho. En la Argentina se dio con el proyecto de Negre de Alonso durante el 2010. Lo de Bergoglio es buscar herramientas para entorpecer el avance civil. Un capítulo más.

¿Por qué para la iglesia, entonces, se puede ser refugiadx, contaminadx, pobre, esclavx o animal pero no puto, travesti o intersex?

–Es una lógica en la que se abraza y no se rechaza a nadie pero al mismo tiempo se insta a dejar de pecar. La doctrina no cambia: cambia la actitud respecto de aquellos que estarían en falta. La iglesia se acerca a personas que puedan estar en disidencia, pero intenta mostrar una postura mucho menos violenta y antagonista para sostener el mismo mensaje, el de la parábola de Jesús a María Magdalena: “Deja de pecar y ama”. Todos son bienvenidos, siempre, pero una vez que están adentro, deben seguir el camino. Quizás esto no se ve tan claro en otro tipo de mensajes con condenas a otros actos porque es más difícil alzarse en contra de personas que están siendo víctimas más directas, como el trabajo esclavo. El discurso sobre calentamiento global y refugiados ha pregnado mucho y es interesante.

¿En qué repercute o qué significa que se lleve ciudadanos sirios a vivir a Roma?

–Con el poder económico que tiene el Vaticano, si el mensaje que él está mandando es que de acuerdo a eso 12 son los refugiados que debe acoger, Alemania está muy por encima de esa cifra con la cantidad de refugiados que recibió y que ahora se dedica a expulsar de manera sistemática. Los mensajes no vienen acompañados de lo que uno quisiera ver: cambios. Si uno se pone a hacer cuentas específicas, 12 refugiados para todo lo que es el Vaticano es un grano de arena. Lo de Bergoglio es un acercamiento piadoso que no es tal porque espera la conversión de quien abraza y eso no es para nada legítimo. Querer cambiar a quien uno recibe no implica acercamiento, y es mucho más ladino que decir: “Mirá, yo con vos no estoy de acuerdo. Y ya”.

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La ley que reconoce las uniones de personas del mismo sexo en Italia fue aprobada por 372 votos favorables, 51 contrarios y 99 abstenciones. La comunidad internacional presionaba a este país por la ausencia de regulaciones al respecto. La presión católica no consiguió lo que esperaba, pero recortó los alcances en relación a la protección de las familias.
 
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