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Viernes, 27 de mayo de 2016

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Gerda Wegener, la ilustradora lesbiana que La Chica Danesa dejó afuera del marco.

 Por Dolores Curia

A principios de 1900 a la pintora dinamarquesa Gerda Wegener (1886-1940) se le ocurrió una solución provisoria para poder seguir adelante con su saga de retratos femeninos, que se afianzarían poco después como leiv motiv de su obra. Conseguir a alguien como modelo vivo se le había vuelto difícil de costear, así que le propuso a quien entonces era su marido, el pintor de paisajes Einar Wegener, que posara para ella con tacos y vestido de seda. Según narra la película La chica danesa esa breve experiencia conectó a Einar con la hasta entonces contenida vivencia de su identidad de género. Ese fue el puntapié que narra la película de Tom Hooper para la transición de Lili Elbe. En 1930, Lili fue una de las primeras personas en embarcarse en una serie de cirugías de cambio de sexo. Siempre a su lado, la Gerda de Tom Hooper, es aguantadora y devota de la persona con la que se casó. Lili es destinataria de sacrificios ejemplares por parte su mujer fiel, al mejor estilo canino. Un retrato bastante alejado de los registros que se tienen del verdadero perfil de Gerda Wegener –escasos al punto de que Alicia Vikander, la actriz que se ganó un Oscar encarnándola, se sorprendió de los pocos datos disponibles para componer su personaje–. Gerda Wegener no era ni sufriente, ni secundaria, ni monógama, ni heterosexual, características que la película se ocupa muy bien de adosarle para desdeñar otras. Según algunas voces Gerda era lesbiana, según otras, bisexual, según todas, estaba muy a la vista. Gerda fue además una pintora erótica destacada y una ilustradora de referencia para las revistas de moda francesa del siglo XX. Fue una de las principales caricaturistas de Vogue, y son especialmente conocidos los trabajos que el escritor Louis Pearceau le encargó para ilustrar su libro Douze sonnettes lascifs (1925), que tenía como tema primordial el sexo entre mujeres. En contraste con todo lo que París, la ciudad que Gerda adoptó, la ha festejado en vida y después –el Louvre y el Museo Pompidou tienen obras suyas, por ejemplo–, nunca fue reconocida en su país natal. La novedad es que, avivado por el éxito de la película de Hooper –y en una parábola algo tosca, ya que el motor ha sido una ficción que muestra una versión de Gerda insidiosamente trunca–, por estos días el Arken, el Museo de Arte Moderno de Dinamarca, la ha considerado merecedora por fin de una muestra individual, que llega casi ochenta años después de su muerte.

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