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Viernes, 3 de junio de 2016

Ampliando la familia

Si los primeros años de la existencia trans no tuvieran como destino una familia que rechaza, niega o incluso castiga esa existencia, la vida de muchísimas personas sería más plena, más feliz, vivible. Sobre todo la de las personas trans. El desconocimiento es uno de los factores que atenta contra la posibilidad de escuchar a la niñez trans. El próximo 5 de junio se llevará a cabo una reunión entre familias con niñxs trans en Buenos Aires. SOY participó de una reunión en la Legislatura donde estuvieron algunas de estas familias compartiendo sus experiencias.

 Por Paula Jiménez España

Los dos pibes se abalanzan sobre las hamburguesas, agotados y hambrientos después de la larga jornada sobre familias de niñxs trans que se llevó a cabo en la Legislatura. Cuando terminan de comer, juegan a las escondidas. Al que le toca contar es a Lucas, de 7 años, que aprieta su frente contra la pared mientras el Facha, de 12, sin querer deja ver su boina negra que sobresale detrás de un asiento delatando su escondite. Es una boina de hombre grande, como de señor. Sus madres los esperan sentadas, conversando entre sí, cimentando la amistad que nació cuando la verdadera identidad de género de sus hijos salió a la luz y se encontraron, de pronto, en el mismo corredor sanitario buscando una respuesta que nadie atinaba a darles. Esa identidad existía desde el comienzo, dicen, desde que los chicos tienen memoria. En otras personas tarda más, como un cazador oculto yace en la acechanza, esperando manifestarse y desobedecer la división prefijada. Anatomía es destino, decía el Dr. Freud hace más de un siglo, quizás sí podría decirse que la anatomía propia es el destino de los otros, de cómo al vernos condicionan su percepción. Bárbara, madre del Facha, da testimonio de esto tras haber sido expulsada de un mundo de seguridades sobre su hijo: “Una llora la pérdida de sus expectativas, porque él siempre fue así, sino ¿cómo me explicás? A veces a los chicos les cuesta ponerlo en palabras, pero desde que nacen te dan indicios. Cuando tenía tres años hicimos la fiesta de quince de mi hija, le quisimos comprar un vestido y él me dijo que quería una remera azul y un pantalón. Los signos estaban, pero no sabíamos interpretarlos. Una vez le compré unas zapatillas rosa chicle y se las dio al perro para que se las comiera”.

Hacerse oír

Bárbara es quien coordina el grupo de niñxs y adolescentes trans de la Defensoría LGBT que el próximo 5 de junio tendrá por primera vez en la Argentina su encuentro nacional al que concurrirán siete familias completas (padres y hermanos), médicos, psicólogos y gente de la Defensoría. Va a ser en un salón en el barrio de Caballito y el objetivo es formar lazos entre todxs, así que aquí queda planteada la invitación para todas aquellas personas que se sientan convocadas porque tienen niñxs o adolescentes trans en la familia. Gran parte de su vida actual está abocada a esta actividad, igual que la de Ivana, madre de Lucas, que

vive en Entre Ríos y todas las semanas viaja a Buenos Aires para que su hijo asista al grupo de niñxs del Hospital Pedro de Elizalde. A cargo de este espacio hay una psicóloga de la que ambas hablan maravillas, es de las pocas orejas que se prestó a escucharlas en los momentos (cronológicamente distintos para cada una) en los que ni siquiera sabían qué era una persona trans más que por una lejana información proveniente de algún programa televisivo. Esto es lo que le ocurrió a Gabriela Mansilla, madre de Luana, el caso que alcanzaría repercusión mundial por ser la primera niña trans y la más joven, en obtener un DNI. En medio de aquél proceso tremendo en el que, con dos o tres años, Lulú se golpeaba la cabeza contra la pared, padecía insomnio y un angustiante desconcierto cuando la llamaban por su nombre. Un documental que vio por televisión hizo que, de pronto, Gabriela empezara a tomar conciencia de la existencia de la transgeneridad y a contemplarla como una posibilidad para su hija. “Yo había visto una serie en Discovery, pero eran todas nenas. Pasaba en Estados Unidos”, cuenta a su vez Bárbara, como quien dice “yo pensaba que este tipo de cosas ocurrían en otro mundo, lejos de la vida posible”. Pero la vida posible era esta: una noche, mientras miraban una película, el Facha, que todavía no era el Facha para ella, le dijo que quería “cagar a palos a la cigüeña”. Cuando Bárbara le preguntó por qué, le contestó lo obvio: lo había traído al mundo como una nena y él era un varón. Ah, dijo su mamá, y al otro día quiso saber si ya tenía un nombre y él respondió que sí, siendo esta una de esas coincidencias que según ella son comunes en lxs niñxs trans: “Cuando te expresan lo que son, ellos ya tienen elegido el nombre, ya saben cómo llamarse, eso tenelo por seguro”. Pero lo que para esta madre es regla general por observarlo en un grupo, no lo es para Valeria Paván, psicóloga y coordinadora del programa integral para identidades trans de la CHA y codirectora junto a María Aramburú del documental Yo nena, yo princesa: “Cada persona es una experiencia distinta –dice Paván–, así que yo no pondría esto del nombre como un patrón común. No vamos detrás de los patrones comunes porque si no seguimos manejándonos como en la época del DSM4, aquel manual de psiquiatría que contiene descripciones, síntomas y otros criterios para diagnosticar trastornos mentales o caer en la disquisición de si la persona es una persona trans genuina. Se trata de poder escuchar la necesidad y el deseo de cada niño, niña, persona. Si leés el texto de la ley queda bien claro: la expresión es el relato de cada quien y no todos los relatos son iguales. Cada niño es una necesidad diferente y si bien hay cosas que pueden ser comunes, estas tienen que ver sobre todo con poder tener aquello que la cultura ofrece en el universo infantil, los colores, el pelo o los juegos, lo que de alguna manera está normado”.

Ni un pelo de cis

Lucas eligió su nombre por verlo escrito en un graffiti. Tenía seis años cuando le dijo a su madre que era un nene, y lo hizo con toda claridad: “No quería ir más a danza y yo quise saber cuál era el motivo, si le pasaba algo con las amiguitas –cuenta Ivana–. Me explicó que él quería ser varón, le pregunté por qué y me contestó: Mamá, soy un nene, por eso quiero ser varón. Ahí mi respuesta fue preguntarle por qué no me lo había dicho antes, si era de esa forma, yo le decía a la señorita que iba a ir vestido de varón, no de nena. Y ahí se relajó, después de esa conversación tan fuerte. ¿Porqué no le decís a la seño entonces?, me pidió”.

Al igual que el Facha, del que la familia encontraba mechones por todos lados de la casa, Lucas también venía cortándose el pelo a escondidas. Pero hubo una última vez en la que este joven manos de tijera no pudo negar haberlo hecho: en el colegio, tras dar con un manojo de cabellos negros en el baño, dedujeron que era suyo por el color. No había dudas. Así supo su mamá que el proceso de adaptación de la imagen a su autopercepción había comenzado por él mismo. Y desde que pudo escucharlo y su identidad tomó un rumbo definido, a Lucas (que un día entró al living de su casa presentándose por su nombre verdadero y dejó a los integrantes de la familia con la boca abierta), se lo ve más feliz. Con su nuevo corte varonil y la ropa de nene -un esfuerzo económico para Ivana, que se vio obligada a comprar todo el vestuario nuevamente-, abandonó los caprichos y conductas de aislamiento con las que solía expresar su insatisfacción: “No hablaba nunca de ningún compañero o compañera. Yo lo espiaba de un patio al otro y siempre lo veía solito. Tuve que buscar qué es lo que le pasaba. Cuando él se nombró así me di cuenta de que la estábamos errando al apoyarlo en su decisión, después, me encontré con la licenciada Paván y me dijo que nadie más que él me iba a decir lo que era. El siempre se vistió neutral, no usaba nada fucsia, ni rojo, ni rosa, pero yo no lo vestía como varón. Empecé a hacerlo desde que se empezó a llamar Lucas. Siempre fue ponerlo a prueba en el buen sentido, era como decirle ‘Quiero conocer lo que sos’. No quiso más usar ropa interior de nena, la aborrecía. Antes era muy caprichoso, no infeliz, pero algo tenía. Ahora sigue con sus caprichos, pero los derivás más de una criatura de su edad, tienen otro sentido. Desde muy chiquito no le gustaba tocarse el pelo, no dejaba que lo peinara, se le salía un cabello y tenía que ir yo a sacárselo, eso me llamaba la atención. Pero desde el día en que se cortó el pelo, se pudo bañar solo por primera vez”.

Soy lo que soy

La experiencia relatada por Ivana se parece mucho a la de Gabriela Mansilla: también para Luana ser aceptada y acompañada por su entorno tuvo efectos absolutamente sanadores (entre ellos poder bañarse sola). Los signos de sufrimiento psíquico y físico incrementados por las terapias correctivas que la habían polarizado en una masculinidad obligada, absolutamente ajena a su deseo, desaparecieron. Sobre este mismo cambio positivo en su hijo habla Bárbara: “Cuando ellos viven lo que son, hacen un cambio de trescientos sesenta grados. Yo siempre cuento la anécdota del primer día de clases cuando era nena y la vi llegar cabizbaja, alicaída. En cambio, el primer año que tuve la primera reunión siendo varón, lo vi llegar sacando pecho, caminando erguido, con todos los varones atrás de él, riendo, jugando. Esa cuota de realidad fue muy fuerte, de esa nena taciturna y solitaria a ese varón que estaba con todos los otros. Hay chicos que al ver a sus pares se les ilumina la vida: hay más como yo, no soy el único. Eso es lo que hay que hacerle entender a las familias. Hay un grupo en Capital, un corredor sanitario en el Hospital Pedro de Elizalde para que recurran. Entre todos podemos aunque el camino no es fácil”.

¿Pero qué te resulta tan difícil, Bárbara?

–Hay días en que me pregunto si está bien este apoyo, pero en cuanto le veo al Facha esa cara de felicidad se me van todas las dudas.

La estigmatización que cae sobre las madres de lxs hijxs transgénero queda expuesta con toda su agudeza en testimonios como el de Gabriela Masilla, a quien, entre otras cosas, se le adjudicó la responsabilidad de forzar a su hija a la realización de un deseo personal (necesitaba la parejita, rezaban los medios, ya que le habían nacido dos mellizos varones). Frente a esta respuesta social, se hace evidente que escuchar sigue siendo mucho más difícil que sofocar a estxs niñxs y someterlxs a la norma. Siempre a la orden del día, los métodos correctivos de cierta psicología patologizadora, siguen aflorando como ideas capaces de evitar la “peligrosa” emergencia de la subjetividad. “Yo estoy muy enojada con una persona que se decía amiga mía. Yo había visto muchas cosas en su crianza con su hijo con las que no estoy de acuerdo, pero pensé que ella como madre quería lo mejor y yo apoyé. Cuando pasó lo de mi hijo ella quería pagar un tratamiento para que lo reencausen, ¿qué vas a reencausar, algo que nunca se desvió?”, cuenta Bárbara.

Pero para sorpresa de esta amiga paganini, la ciencia operó de modo funcional a la identidad del Facha en lugar de corregirla. Actualmente, en un momento clave de su crecimiento, el niño que está entrando en la adolescencia está recibiendo un tratamiento endocrinológico que incluye la aplicación de “bloqueadores”: “Le bloquean las hormonas femeninas cada tres meses –explica Bárbara–. Es inocuo. Le produce una interrupción en la manifestación de los caracteres masculinos ni femeninos. Más adelante se decidirá el uso de hormonas masculinas en su caso. Pero, vamos día a día, porque la ciencia avanza y no sabemos qué va a pasar dentro de dos o tres años”.

Atravesar el viento con documentos

El Facha consiguió su nuevo documento en 24 horas. La madre no se cansa de repetirlo con orgullo: “Es el primer niño trans en haberlo obtenido tan rápido”. Y lo diferencia de Luana, para quien el juez encontró un obstáculo en su condición de impúber (actualmente tiene 9 años). Lucas todavía no hizo su cambio registral y cuando Ivana habla de esto, explica que para hacer el trámite, el padre aún no está preparado: sus tiempos son mucho más lentos. “El papá dijo que yo estaba exagerando, que estaba errada. Fuimos a ver una psicóloga de la obra social, a la que conocíamos y me dijo que lo que le pasaba era normal para su edad y que hacía todo esto para poder manipularnos, que era un capricho, que ni se nos ocurra llamarlo Lucas. Pero yo ya me había autocapacitado en el tema. Hablé con ella, le dije que para mí era una persona transgénero y me di cuenta de que ni conocía el término, entonces obviamente no podía ver la diferencia entre lo que es y no es. Le dije que la respetaba como profesional, pero que para mí había un cincuenta por ciento de probabilidades de que fuera trans. Cuando salimos le dije al papá que sería importante encontrar a un profesional informado y que era necesario que él lo dejara ser, pero no fue fácil: siguió vistiéndolo de nena y generándole angustia. Se iba vestido desde acá de nene y el papá le ponía una mallita de nena. En esa búsqueda pude contactarme con la licenciada que trataba dos niños transgéneros en la Casa Cuna. Le dije al papá que nos estaba esperando, titubeó pero terminó aceptando. En la entrevista le sugirió que probara, que le dé la oportunidad de equivocarse, que era el miedo que tenía él. Un miedo que yo nunca tuve. No era una elección, no se podía equivocar, es algo que siente”. Según relata Gabriela Mansilla, también el padre de Luana se negó rotundamente a que su hija viviera de acuerdo a su identidad y llegó incluso a generarle miedo. Una gran resistencia es también la que presentó el papá del Facha, quien protagonizó una escena antológica: “Para las fiestas de hace dos años mi marido se puso muy mal. Mi hija se asustó y llamó a prefectura. Estaba agarrado a una foto de mi gorda que era preciosa y lloraba diciendo ‘se me murió mi hija’. Llegó la prefectura y lo vieron. Y con todo lo que había pasado yo estaba desbordada y terminé diciendo que se nos había muerto una hija. ¿Qué les iba a explicar?”.

Iñaqui Regueiro es integrante de Abosex, el colectivo de abogados que acaba de conseguir el cambio registral de J., una niña trans de 14 años judicializada tras la negativa de consentimiento de su padre. Cuando a Iñaqui se le pregunta si como tendencia podría darse una resistencia mayor en los padres que en las madres, dada la frecuencia de estos casos, responde: “Es muy difícil sacar estadística o tendencia, porque eso puede condicionar otros casos que vengan, la forma en que una familia toma esta temática. Muchas familias ni siquiera dan el apoyo de uno de los dos. Al caso de J. lo venimos trabajando desde sus 9 años, desde el 2010, y recién ahora conseguimos una sentencia que puede servirle a otros chicos. El cambio registral tiene que surgir del chico como una necesidad, pero para iniciarlo precisa el acompañamiento de sus padres. Puede recurrir con un abogado, pero no se ha dado, esto se suele dar más en adolescentes”.

¿El templo del saber?

“Les comenté lo que estábamos viviendo, que posiblemente Lucas fuera un niño transgénero y que nosotros lo respetábamos, les pedí que por favor se informaran, que lo vean y evalúen la posibilidad de llamarlo con el nombre correspondiente al género con el que él se autopercibe –cuenta Ivana sobre otra desagradable experiencia, esta vez con el colegio de Lucas–. Me acerqué con una copia de la ley, con una guía que habla de bullying y de diversidad y explica su significado, pero la escuela no me quiso aceptar la información. Decían que no se puede resolver así de fácil, que tenía que pasar por el juzgado, más o menos. Yo no tengo un lenguaje dificultoso como para que no me entiendan. La ley tiene artículos que explican cómo proceder. Se la llevé subrayada, con estos artículos marcados donde decía cómo se lo debe llamar al niño, pero me dijeron que se tenían que asesorar con un juez, mientras tanto yo tenía que darles una certificación médica.”

Pero eso es ilegal…

–¡Claro! Les expliqué que la ley dice que esto no es una patología. Que yo vaya a un equipo para asesorarme o busque apoyo psicológico, no significa que él tenga algo. Después me cambiaron el término y me pidieron un aval médico, así me tuvieron casi dos meses. No dejaban que tuviera una reunión con la maestra. Tenía que ser una entrevista con la participación de un directivo. En ningún momento se hizo una reunión de capacitación ni me llamaron a mí como mamá para ver qué opino o cómo lo trato. Recurrí a la Defensoría LGBT que se puso en contacto con la escuela y ofreció una capacitación gratuita, lo que contestaron fue: ok recibido. Cuando le pregunté a la directora me dijo que se iba a resolver día a día. Después de dos meses ellos consultaron en el departamento de educación y les llegó una orden de que tenían que respetarlo como es.

Según Iñaqui Regueiro, el sistema educativo no suele jugar en este tipo de historias el mejor de los roles: “Lo que se da en estos casos es un desconcierto, por no decir discriminación lisa y llana que implica una expulsión. Si la formación docente no incluye las cuestiones de género aunque sea en forma transversal, cada vez que surja alguien que se aparte de la media va a generar una inquietud en el cuerpo docente y directivo, y en general actúan de forma intuitiva, lamentablemente, ni siquiera en conocimiento de las normas vigentes. Hacen lo que les parece y esto es problemático. No tiene que haber una individualización del niño como si fuera un problema a resolver, las cuestiones de la diversidad que incluyen también discapacidad, religión, origen étnico o lo que sea, tienen que ser tratadas en ese marco transversal y no como algo a resolver porque hay alguien que se aparta de una normalidad imaginaria. Si no, se carga sobre los hombros de lxs niñxs la responsabilidad de tener que educar a un medio educativo que debería estar preparado”.

La situación de J., la niña mencionada por Regueiro, inspiró en la provincia de Buenos Aires, durante el año 2015, la creación de una suerte de instructivo escolar elaborado con el fin de evitar trastornos como el que se le presentó a Ivana. Esta guía tiene el propósito “de aportar una traducción de los marcos legales vigentes (ley de matrimonio igualitario y ley de identidad de género) en los procesos cotidianos de las escuelas”. Su intención es que pueda ser consultada y que su aplicación favorezca “la construcción de entornos cuidadosos de alumnxs, familias y docentes. Para ello brinda aportes conceptuales y procedimientos necesarios (…)”. En CABA, donde el PRO gobierna desde hace varios años, no existen este tipo de instructivos.

La única alegría real es la del cuerpo

No hay error. No hay error en estos cuerpos. No lo hay en esta alegría. Sí, en ciertas frases hechas que para definir a la transgeneridad se paran en la vereda de un pretendido acierto biologicista. El sitio web chileno Oveja rosa, subió recientemente un video en el que un grupo de niñxs transgéneros le ponen voz a lo que a esta altura, sobre todo en este país y después de nuestra ley de identidad, debería resultar obvio, aunque tantas veces no lo sea: “No vivo en un cuerpo equivocado –van diciendo unx a unx, entre risas incontenibles y juegueteos frente a la cámara–, vivo en un bonito cuerpo trans”.

Para información sobre hora y lugar del encuentro comunicarse al 43311237

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ENCUENTRO DE INFANCIAS TRANS EN LA LEGISLATURA PORTEÑA.
 
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