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Viernes, 30 de enero de 2009

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Mientras tanto

 Por Mauro Cabral

Hace muchos años que no me voy de vacaciones. Muchos. Ni a las sierras, ni al mar, ni a ningún lado. En realidad, debo admitir, desde que mis padres alquilaron en los ‘80 una casita en La Cumbre para pasar allí todo el mes de enero, y llovió durante todo el mes, las sierras no son una opción vacacional para mí. Tampoco los bosques, las montañas más altas, los ríos caudalosos o los lugares en el otro hemisferio donde es invierno, donde nieva o donde hace frío o mucho frío. ¿A quién se le ocurriría ir a lugares tales, a seguir agotándose luego de años y años de agotamiento? ¿Visitar museos, tapado hasta la nariz? ¿Galopar desbocadamente sobre un río con piedras? Imposible. Yo quiero, necesito, ansío el mar.

Lo pienso y repienso cada año, apenas empieza a terciar octubre. ¿Me voy o no me voy de vacaciones? Desde hace años la respuesta es la misma: no voy. Las razones no son sólo económicas (después de todo, mi trabajo me permitiría quedarme algunos días más en algún lugar con mar al que me pagaron por viajar y en casa de alguien, es decir, prácticamente gratis). Pero no me quedo. ¿Por qué? Porque necesito vacaciones.

Soy de esos tipos trans que no se han operado. Mi masculinidad nunca tuvo mucho que ver con mis tetas (aunque haya sido acusado de exhibirlas, eso sí, con un reprobable “orgullo masculino”). Son todo lo masculinas que un macho de la especie podría desear (un macho de la mía, y también de la otra, y por suerte más de uno de cualquiera de las dos). Me gusta sentirlas, o cuanto menos sentir y, es cierto, soy demasiado orgulloso —y malo para las matemáticas— como para aceptar que mi vida como hombre dependa de operaciones de suma y resta. Ahora el problema es pasar el verano sin que una remera, una camiseta o mi pecho en cueros me valgan, cada una y todas las veces, pronombres femeninos. ¿A dónde podría tomarme vacaciones de la vida?

Mis amigos —mis amigos, los que no son trans— suelen tratar de ayudarme. Sugieren, por ejemplo: ¿por qué no alquilar una casita en algún lugar solitario, con pileta, para pasar el verano, y no ver ni ser visto por nadie? ¿Por qué no ir en carpa a algún paraje perdido de las sierras? ¿Por qué no ir a alguna playa aislada, lejos de todo el mundo? ¿A quién se le ocurre? Ninguno de ellos sobreviviría a un verano en ese aislamiento (y yo tampoco). También están los que sugieren contraatacando: “Vos andá tranquilo, nadie mira a nadie en la playa”. “Vos andá tranquilo y que no te preocupe lo que te digan.” En serio, ¿a quién se le ocurre? Está visto: a mis amigos.

Tomarse vacaciones de la vida no es algo sencillo (tomarse vacaciones del mundo, es decir, de uno mismo). Salir-se, como quien se va de vacaciones, del diálogo entre el cuerpo y el lenguaje, irse a algún lugar donde la regla, por fin, no funcione. Eso es lo difícil (lo difícil, para no decir, sencillamente, lo imposible). ¿A dónde queda ese lugar donde la asignación de género no es de sentido común, a dónde queda esa playa donde el reconocimiento no depende, torturante, de la percepción singular de cada uno? De ese uno-a-uno, ¿dónde se toman vacaciones? ¿Alguien, por favor, me avisa?

(Mientras tanto —siempre hay un mientras tanto— me acuesto con Juan en la oscuridad quieta de mi pieza. En sus brazos el tiempo se detiene, como si no hubiera estaciones o, al menos, como si no hubiera verano.)

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