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Viernes, 19 de junio de 2009

ES MI MUNDO

No entregaremos el hardcore

Hartos de que ser gay fuera sinónimo único de escuchar música disco y también del monopolio sobre la escena punk y hardcore del machismo, entre los ’80 y los ’90 nació y floreció el movimiento homocore y queerpunk que tuvo su ejemplar más preciado en Pansy Division, un grupo que rompió los estereotipos culturales, fueran gays o straights.

 Por Ariel Alvarez

A fines de los años ‘80 y principios de los ‘90 el mundo de la música fue testigo del nacimiento de lo que muchos catalogarían como movimiento: el homocore o queerpunk. Gays y lesbianas de Estados Unidos encontraban en el punk su lugar de pertenencia. Los fanzines, los discos de ediciones casi subterráneas, los recitales clandestinos eran las “armas” que toda una cultura queer alternativa utilizaba para hacer su ruidosa aparición en la historia del rock. La idea era hacerse escuchar y atacar al conservadurismo y el imaginario heterosexual que, para muchos, aún hoy predomina en los circuitos gays tradicionales. Desde esta escandalosa y rebelde escena, los Pansy Division se consolidaron como el referente más importante. Con casi 20 años de carrera desafían las normas machistoides del músico de rock al proclamarse abiertamente gays desde el principio y con letras explícitas, críticas y cargadas de sentido del humor rompen los estereotipos culturales gay que dicen que el rock no les interesa a los homosexuales.

La escena homocore

“Una vida escuchando música disco es un precio demasiado alto a pagar por nuestra identidad sexual”, este slogan se leía en las remeras que se regalaban como souvenir en 1992 en el Homocore Chicago, un local que funcionaba como lugar de reunión para los punks gays y lesbianas. Era el primer espacio donde podían tocar y escuchar su música, donde podían expresar sus ideas. Era la contrapartida del hardcore californiano homófobo de fines de los ‘80, que proclamaba una vuelta a los valores tradicionales estética e ideológicamente: pelo corto, conducta sin excesos, saludable, disciplinaria. Pansy Division arranca su historia en 1991 en San Francisco y, al poco tiempo, se convirtió en la banda emblemática de la gente que se sentía punk y gay al mismo tiempo. Sus seguidores expresaban su incomodidad con la escena gay, a la que consideraban burguesa, consumista y conservadora y con la escena punk, dominada por el machismo.

El bajista Chris Freeman junto con el guitarrista Jon Ginoli forman este grupo que desde un primer momento provocaba al ambiente rockero diciendo “somos gays muy gays”. Y al mismo tiempo desafiaba a los estereotipos comunes de hombres homosexuales limitados únicamente a disfrutar y a obtener realización personal en una discoteca.

Su música es tremendamente pegadiza: mezcla el pop de los ‘60 con el punk principio de los ‘70. Y de este último rescatan toda la ambigüedad sexual: recordemos a la Patti Smith de los primeros discos con esa imagen andrógina, muy a lo Keith Richards, a Robert Mapplethorpe, a Jayne County & The Backstreet Boys, quien fuera una de las primeras transexuales en liderar una banda de rock.

La división del pensamiento

En 1993 Pansy Division, con formación de trío, lanzan su primer álbum Undressed, que con letras sexualmente explícitas e irónicas llama la atención de gran parte de la industria. Editado por Lookout Records este disco dejaba bien en claro la postura de la banda: “La escena gay mainstream lleva a la repetición de modelos héteros”. Green Day, quien por aquel entonces vivía la manía de su, quizá más exitoso disco, Dookie, les propone acompañarlos en la gira de 1994. “Cuando comenzamos nuestra banda pensamos que estaríamos tocando nuestra música para gente de 20, 30 años gay o gay-friendly. De pronto nos topamos con miles de chicos de secundaria cada noche, fue una oportunidad asombrosa que nunca esperábamos tener”, decía Ginoli. Como es de suponer las respuestas fueron divididas. Estos chicos que hablaban de sexo casi escatológicamente, pero de sexo gay y en público, que rompían con la corrección política de homosexuales y héteros, decididamente no le cayeron bien a todo el mundo.

A pesar de esto, durante los siguientes años la banda tocó y grabó sin parar: Deflowered (1994) es quizá su disco más exitoso, le siguen Wish I’d Taken Pictures (1996), Absurd Pop Song Romance (1998), el disco más “popero” del grupo; Total Entertainment! (2003) y Pile-up, en el cual incluyen Smell like Queer Spirit, una parodia del clásico de Nirvana. Pese a su notoriedad siguieron siendo los grandes desconocidos del sello Loockout. Y es que a lo largo de su carrera los Pansy Division han adquirido mucha experiencia con eso de ser condenados al ostracismo por otros músicos de rock por ser gays y por otros gays por ser músicos de rock. Sin embargo, de la alegría y cinismo de sus discos se desprende que han convertido a los prejuicios en algo positivo. “En vez de sentir la presión, intentamos hacer la música que nos haría felices a nosotros y a nuestra audiencia. Podemos reírnos de ese tipo de presión, así que pusimos esa alegría en la música”, aclaraba Chris Freeman.

¿Muy punk para ser maricón?

Con la aparición del homocore la palabra punk volvió a cargarse de ambigüedad sexual y marginalidad como en sus orígenes: en los años 50, un “punk” era, en la jerga carcelaria, el jovencito que los presos heterosexuales usaban como amante. Dice Chris Freeman, “había mucha cultura gay con la que no podíamos relacionarnos, así que intentamos inventar un lugar para nosotros mismos en el mundo gay, una alternativa para los otros queers”. Y es desde ese lugar donde los Pansy Division hacen todo su despliegue. Sus letras pornopunk hablan de sexo, fetichismo, dildos. La canción “Beercanboy” sirve de ejemplo: El tamaño no es importante/ por lo general eso es cierto/ más importante es lo que lo acompaña/ pero encontrar una gran herramienta/ a veces puede ser muy emocionante.../... es gorda y grande/ apenas puedo pasar mi mano alrededor/ gorda como una lata de cerveza/ esperando mis labios.../ quiero el chorro y la efervescencia/ pero no lo voy a tragar/ me temo que por eso me voy a pelear con él/ es tan difícil hacer nada más que orales.

Pero no sólo en el descaro con el que se muestran como homosexuales reside su gracia, en sus discos también hablan de amor, amistad, relaciones personales, y amigos y novios que se fueron a causa del sida. Y por supuesto militancia gay, pero una militancia punk: Me siento como si hubiera aterrizado en otro planeta / Con clones de gimnasio con tetas tan duras como el granito/ El fascismo del cuerpo gobierna esta tierra /¿Dónde puedo encontrar mi hombre de pecho plano?.../ en medio de spray y colonia/ con muñecos Ken que viven a esteroides (tema “Fluffy citty”, 1994).

Muy maricón para ser punk

Si bien en sus comienzos, el homocore daba la impresión de convertirse en un gran movimiento, no fue demasiado importante y su vida fue muy corta. Podría decirse que Tribe 8 y Pansy Division son las únicas bandas que siguen activas. “Quizás el problema fue que la mayoría de las bandas no quisieron verse envueltas en todo aquello, por eso murió. Ahora hay grupos que, sin serlo, han armado una imagen gay para impactar a la gente. Nosotros seguimos diciendo que somos una banda de auténtico gay rock”, aclara Jon Ginoli.

A lo largo de su carrera se unieron al grupo Joel Reader como segunda guitarra y tras doce intentos fallidos Luis Illades es el baterista que completa el actual cuarteto.

Pansy Division acaba de lanzar en marzo de este año su última producción That’s So Gay (Es tan gay), un título simple pero contundente. Este disco fue acompañado por un documental de la banda titulado Pansy Division: Life in a Gay Rock Band, dirigido por Michael Carmona.

Descaro, naturalidad y lucha son las palabras que definen la historia de la banda. Pansy Division carga con el orgullo de no haber salido del armario ya que nunca estuvo adentro: “Si alguien es gay y lo esconde para no perjudicar su carrera, eso es trágico y hiere a los demás gays porque mantiene ese elemento de vergüenza, sobre todo cuando esa gente llega tan lejos como para hacer comentarios homofóbicos. Eso es muy malo. Toda esa gente con talento podría ayudar a la causa gay, pero no lo hacen. Con esa actitud se pierde una gran oportunidad”, sentencia Chris Freeman.

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