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Viernes, 11 de junio de 2010

Mapa de ruta

 Por Amie Klempnauer Miller

Pasaron tres semanas y dos días desde que mi pareja, Jane, y yo estábamos temblando en el baño ante las rayitas del test. Después de 10 años de hablar sobre el tema, un año y medio de probar quedar embarazada yo, y chorrito de semen descongelado de un donante mediante para Jane, aparentemente, vamos a tener un bebé.

Casi todos los días desde entonces se arrastra a casa desde su trabajo y se tira a dormir como si fuese un soldado herido. Se levanta para agarrar uno o dos platos de comida, después vuelve a acurrucarse. Está muy hormonal, tiene inflamación en los pechos. Mientras tanto, mi hombre interno está saliendo del closet. Me siento irracionalmente protectora con Jane. Quiero estar en guardia para cualquier cosa, quiero protegerla de preocupaciones, de bacterias, de los gérmenes que flotan en el aire. Quiero decirle qué hacer y qué no. Mientras ella duerme, yo voy afuera a cortar el pasto. Transpiro. Huelo mal. Me siento positivamente viril.

No siento que tenga que hacer la mímica del rol paterno, pero él parece estar encontrándome a mí. No quisiera caer en el estereotipo del que argumenta que toda mujer necesita a un hombre, todo hombre a una mujer, y cada niño uno de cada uno, para tener un apropiado balance en el Universo.

Ahora, cuando Jane no duerme, vamos a la librería. Las dos creemos que leer ayuda a matar la ansiedad. Cuando vamos al sector de embarazo y maternidad, ella se sienta con una montaña de libros que le explican qué le va a pasar a su cuerpo, de qué se tienen que preocupar, cómo preocuparse menos, cómo ejercitarse, por qué no deberían ejercitarse.

Comparado con la abrumante cantidad de libros para embarazadas, existen varios volúmenes destinados a los hombres. Basado en lo que encontré, el padre sigue siendo notablemente marginado con respecto a todo el proceso reproductivo. Es bueno que comiencen a salir otros libros dirigidos directamente a los hombres, prometiéndoles posicionarlos en el sistema, y ayudarlos a navegar por el desierto que les presenta el embarazo.

Compré uno para los padres que se quedan en las casas. Ahora que sabemos que Jane está embarazada, estamos discutiendo la posibilidad de que yo renuncie a mi trabajo y me haga cargo del bebé. Muchas de las preguntas que encontré en el libro me las estaba haciendo a mí misma: ¿debo renunciar a mi trabajo o trabajar medio tiempo? ¿Cómo me voy a sentir al no ganar dinero? ¿Va a afectar mi autoestima? ¿Y mi virilidad? ¿Cómo me voy a sentir siendo la fuente principal de cuidados del niño, pero no la madre (biológica)? ¿Cómo se va a sentir Jane volviendo a trabajar y dejando a nuestro bebé conmigo?

Sí, leo esos libros. Pensándome como un papá, tal vez un padre de la casa, se siente un poco más seguro que pensarme a mí misma como la madre, especialmente cuando no soy yo la que está embarazada. Desconfío del instinto maternal, sobre todo del mío. A diferencia de un padre, me siento menos ansiosa de convertirme en uno. Yo por lo menos sé cómo operar el lavarropas; al contrario de ellos, estoy preparada.

Ahora que Jane está embarazada me doy cuenta de que no tengo idea de lo que estoy haciendo, pero definitivamente sé qué es lo mejor para ella. Me he puesto la responsabilidad de ser su protectora, aunque una pequeña parte de mí admite que ella no me lo pidió. Le grito indicaciones como telegramas; hacé esto, stop, hacé lo otro, stop. Podría suavizar el trato, creo. Pero no lo hago.

“ Estoy BIEN. No podés ser tan mandona sobre lo que hago y lo que no hago. Este es absolutamente nuestro bebé, pero es MI embarazo.”

Me dije a mí misma que estaba en todo su derecho de decir lo que había dicho, en todo el derecho de sentir como siente.

No me duelen los pechos, no vomito antes del desayuno. Y al mismo tiempo, al margen de lo mucho que pueda empatizar con los hombres, no soy uno, por lo tanto estoy en el limbo entre ser una madre y no serlo, y ser un padre y no serlo.

Gays y lesbianas suelen decir que pasamos mucho tiempo de nuestras vidas creando nuestros propios mapas de rutas. Este proceso se siente para mí mucho más como hacer la ruta.

Testimonios recogido por Harlyn Aizley en su libro Other Mother.
(La otra madre. Confesiones de madres no biológicas y lesbianas) Beacon Press, Boston.

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