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Viernes, 24 de diciembre de 2010

Carta de El Magdaleno a los apóstoles

Donde El Magdaleno renuncia a la lujuria con un señor por el Señor.

 Por Alejandro Modarelli

Como aquella María, nací en la ciudad de Magdala. Por eso les escribiré bajo el vulgar epíteto de El Magdaleno, con el que quiero que ustedes me guarden desde hoy en su memoria, en el más santo secreto. No hay nombre verdadero que sea útil darme ahora, porque la historia escrita por los hombres se encargará, si no de hacerme callar, seguramente de convertirme en la materia intangible de un sueño o, en el mejor de los casos, volverme un ángel cuya falsa imagen poblará alguna vez un mundo cambiado.

De cualquiera de las dos maneras, ya no seré yo. En todo caso, desapareceré. Porque aquello que los sueños transmiten no proviene de hombres de carne y hueso, como yo, sino del pensamiento de Dios. Y porque tampoco fui ni seré el Angel que algunos dirán convenció a José de no abandonar a María embarazada, o que nueve meses después le avisará en Belén sobre los planes de exterminio de Herodes, cuando El haya nacido.

No soy ni seré el Angel, pero fui yo quien cumplió con muchas de sus tareas divinas. Soy El Magdaleno que salvó a José del estigma de los cuernos y a Jesús de ser un bastardo a los ojos de la comunidad. Soy el que defendió a María de la ira de José. En el quicio de su casa le dije al amigo: “¿Por qué no creer en la inmaculada concepción, cuando antes había existido el raro embarazo de Sara, o el de la madre de Juan de Bautista?”. A pesar de que era a María a quien estaba destinada la vida de José, y no a mí que tanto lo amaba, supe desde el principio que tan alto amor como era el mío no podía ceder al egoísmo. El verdadero amor hace milagros y sabe del sacrificio; el falso es como moneda blanda que uno perfora con las uñas.

Yo necesitaba el cuerpo pesado y los besos valientes de José más que a mi propio cuerpo, pero José necesitaba una familia para poder cumplir con el Plan de Dios. Lo supe desde el origen de nuestra amorosa amistad en Judea, cuando yacimos por primera vez a escondidas de nuestros padres y él me aseguró de que confiaba más en mí que en una mujer. Entonces me confesó su sueño de recuperar la memoria de una dinastía familiar. José estaba llamado a revivir al Rey David y no a los reyes de Sodoma y Gomorra: por eso preferí liberarlo pronto de mi ternura. A él le gustaba repetir que descendía de David. Qué más da si era un carpintero fabulador o no. También de la fábula se alimenta la Historia. En cambio, esa María no me gustaba, su inmutable dulzura me irritaba, ella me miraba como si lo supiera todo y lo perdonase todo, pero aquel niño en su vientre me hablaba como si fuese mi propio hijo. Y es así que sentí a Jesús como un hijo que Dios nos regalaba a José y a mí, con la condición de dejarlo ir pronto. Y hoy veo que no me equivoqué.

Cuando llegó el solsticio de invierno, María sintió los primeros signos del parto en Belén, adonde habían ido a empadronarse con José. José envió a un pastor a darme la noticia y pedirme que fuese a ayudarlo, como si precisara de mis cuidados más que de los de su propia madre. Como no encontré burro que me llevara hasta el pesebre, a causa del ir y venir de las gentes por el censo, me fui de a pie a pesar del frío y los resbalones en la escarcha.

Pero poco antes de llegar aparecieron los tres Reyes Magos de Oriente en mi camino. Me detuvieron “en nombre del Señor y el Porvenir”, y me ordenaron resignarme a desaparecer de la Historia y volver sobre mis pasos, porque mi silenciosa misión ya estaba cumplida. “Incluso con el detritus de Sodoma se levanta este Arco del Triunfo, pero a condición de que esa materia sea olvidada.” Así hablaron, y entonces me volví, agradecido por haber sido tan necesario para el propósito de Dios, aunque fuese un pecador.

Por todo el Reino de Herodes corrió el rumor de que en Belén había nacido el verdadero Rey de los Judíos. Los Magos de Oriente, esos bocones, invitaban a mirar a través de un tubo prodigioso la Gran Estrella que anunció el nacimiento, y así Herodes se enteró del supuesto reto a su trono y mandó a matar a todos los niños que hubieran nacido en esos tiempos.

Supe del Decreto Real antes que los propios verdugos, porque por ese entonces yo trabajaba en Jerusalén como peinador de las princesas, les había jurado que era eunuco, y en los pasillos del palacio todos se lamentaban por el exterminio. Mi desesperación me llevó a romper la promesa a los Magos y quizás a desobedecer a Dios, si es que su designio era el asesinato de su propio Hijo recién nacido. Pero lo cierto es que, por segunda vez, no me equivoqué al desobedecer, si no a Dios, sí en cambio a los Magos.

Yo, el inmundo de la diáspora de Sodoma, y no un Angel, fui quien avisó a José esa misma noche sobre la orden de Herodes, y le exigió que huyera a Egipto, a pesar de que sabía que no lo iba a ver nunca más. Recuerdo que en el momento en que nos dimos el beso más largo de nuestra historia de amor, la estrella de David se apagó para que nadie pudiera con sus ojos ser testigo. Les cuento mi verdad a ustedes, escribas funcionarios del Señor, a sabiendas de que ella será tomada por apócrifa, y así debe ser hoy. No obstante, por las dudas esta verdad pueda alguna vez ser leída sin escándalo, o sin que sea incendiado el papel que la contiene, ni la biblioteca que pudiera guardarla; pediré al Señor que la deje grabada en mis huesos para siempre, así como queda fijo en la roca un misterio que se revela miles de años más tarde.

En el año XXXVII d.C.

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