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Viernes, 24 de diciembre de 2010

Los pastorcitos de Belén también lloran

De cómo el sitio de sus amores tuvo que ser cedido a otros berreos.

 Por Gonzalo Beladrich

Para mí era un día como cualquier otro. Esperaba que el sol dejara de vigilar para ponerme mi mejor túnica, esa que en la carpintería causaba furor. Sobre todo si abajo iba ligero de ropas. Ezequiel, el ayudante de José, me esperaba entre las maderas, con el cuerpo cubierto de aserrín y esa mueca entre nerviosa y lasciva que los dos conocíamos de memoria. Nos miramos de manera cómplice y lo esperé en las afueras —los celos de su esposa merecen un apartado especial en las Escrituras— para no despertar sospechas. Sus manos hoscas, agrietadas, eran un bálsamo después de una jornada de trabajo de sol a sol. No veíamos la hora de llegar para juntarnos con otro de los pastores.Y allí fuimos, arrasando calles de polvo, sumando adeptos a nuestra causa, como apóstoles de lo incorrecto rumbo a su Tierra Prometida.

José también iba, tenía algo paternal en sus modos que lo volvía irresistible. Apuramos el paso, levantando más polvo, hasta que lo alcanzamos. Alto, envolviendo en su túnica roja un cuerpo que supo ser fornido, de mirada firme y cabeza rapada. Me excité al verlo. Ezequiel notó mi erección y apoyó su mano en mi espalda. Nos volvió a presentar, aunque sabía bien que ya nos conocíamos. Que ya habíamos compartido algunas noches en la Tierra Prometida. Y que esa noche ninguno de los tres se iba a resistir.

Antes de llegar hicimos una escala. La oscuridad amenazaba con cubrirlo todo y encontramos un refugio donde atender nuestras plegarias. Las túnicas tienen esa ventaja: en segundos estás preparado para todo terreno. Y lo mejor es que las podemos usar como sábanas. Cuerpos entrelazados, confundidos, sudor de montaña, hierba santa. Y voces al cielo. Padre amantísimo, protégenos de todo contagio de error y corrupción; ¡oh, poderosísimo Protector nuestro!, gritaba él mientras Ezequiel y yo acariciábamos cada centímetro de su cuerpo. No sé cuánto tiempo estuvimos. A lo mejor estaba por amanecer. Las risas cuando solté el comentario fueron la prueba de que la noche recién estaba comenzando.

Seguimos a Ezequiel, que en la oscuridad se manejaba como pez en el agua. Más relajados pero con ganas de sumarnos a un grupo más grande, volvimos a acelerar la marcha. A medida que avanzábamos nos encontrábamos con algunas caras conocidas. Todos sonreíamos, nos estrechábamos en un abrazo, y seguíamos nuestra peregrinación blasfema. Sin embargo algo me llamó la atención.

Esa noche se sentía una energía distinta, una atmósfera enrarecida, una mezcla de intensidad y peligro que me excitaba en alerta. Miré a Ezequiel a los ojos. Me devolvió una mirada que confirmó esa sensación. Confiamos. La meta estaba cerca.

Unas luces a lo lejos se mostraban como bandera a cuadros. Sentimos un bullicio bastante alejado de los gemidos y suspiros que esperábamos escuchar. Sin duda era una fiesta, pero en nada se oía como las habituales. Alguien pasó corriendo al lado de nosotros. —¡Vamos a verle la cara a Dios! —gritó desaforado antes de perderse en la noche. Nos reímos a carcajadas y empezamos a correr hacia la multitud. Vaya sorpresa cuando nos dimos cuenta de que no había lugar para la metáfora...

Un techo de paja sostenido por cuatro palos de madera. Un burro y un buey descansando al costado, junto a una oveja y unos cabritos y dos gallinas. Un par de curiosos chusmeando qué pasaba. Un bebé llorando a gritos. Y la frutilla de la torta: la esposa de Ezequiel —muy amiga de María— con los ojos abiertos como el dos de oro.

—¿Qué hacés vos acá? ¿No me dijiste que ibas para casa después de la carpintería? ¿Y estos dos quiénes son?

Ezequiel, perplejo como nunca antes, se quedó mudo. Y no es que fuera de hablar mucho, pero estaba claro que se le había venido la noche.

Nos miramos con el rapado, me acerqué a Ezequiel y le susurré al oído.

—Me parece que hoy te toca besar el pesebre. Nosotros nos vamos. Saludos a José y a María.

Una estrella fugaz cruzó el cielo, robando la atención de todos. Tiempo suficiente para que él y yo nos perdiéramos en las sombras. Y para que siguiéramos nuestra peregrinación pagana echando luz —y algunas otras cosas— sobre los caminos más oscuros.

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