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Viernes, 24 de diciembre de 2010

Fanáticos de El Niño

Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron de Oriente a Jerusalén unos magos diciendo: “¿Dónde está el Rey de los Judíos que acaba de nacer?”
Mateo 2, 1-2

 Por Daniel Link

La patraña de los “Tres Reyes Magos” se remonta al siglo V, cuando el papa León I el Magno regía los destinos de la Iglesia. A mediados del siglo VI se les asignaron los nombres de Gaspar, Melchior, Balthassar (traducciones de los griegos Appellicon, Amerín y Damascón, y de los hebreos Magalath, Serakin y Galgalath).

Hubo Magos, por supuesto, pero no fueron tres sino cuatro (el cuarto se llamaba Artabán, o también Ogamyer Otraucle, según diferentes tradiciones onomásticas) o doce (en la tradición armenia). Y tampoco fueron reyes sino sabios de Oriente (muy probablemente zoroastristas educados en Persia).

La jerarquía regia y el número de tres hablan antes de las manías de la Iglesia (obsesionada desde siempre por la cosa trinitaria y el poder) que de la verdad histórica, suficientemente documentada tanto en los Evangelios Apócrifos como en otros documentos de la época.

Lo que es cierto es que seguían una estrella que se movía por el cielo, lo cual es índice eficiente de la sabiduría de la que participaban: la astronomía, en su versión predictiva. Entonces era Belén, hoy es Lady Gaga, pero para el caso es lo mismo: los magos tenían (y tienen) debilidad por el sistema de estrellas y viven interpretando sus movimientos como si de mandatos se tratara. Y tratándose de mandatos, ninguno tan poderoso como el de la encarnación: llevados a creer que el Soplo se había hecho Carne, tomaron ellos sus cítaras, sus címbalos, sus presentes y sus mejores ropas y montaron en sus camellos, sus burros y sus caballitos para atravesar el desierto.

Venían de Oriente, es decir, de más allá de Damasco (el límite de Israel), de Babilonia. Honda impresión causaron los Magos al llegar a Jerusalén con sus rostros empolvados (además de la arena del camino, gustaban del make up, como buenos babilónicos), la chillonería de sus sedas y los cortejos que, a su paso por los pueblos orientales, se les habían unido (en cada oasis levantaban sus carpas, encendían sus hierbas, tocaban su música, bailaban y se entregaban al disfrute: ¿qué otra cosa es la sabiduría y para qué más podría servir la magia?). Los nativos los fueron adorando desde mucho antes de que se encontraran con el pérfido Herodes, que sintió que su reinado tambaleaba.

Los Magos, que se presentaron a palacio con sus pócimas, sus pergaminos, sus interpretaciones alocadas del cielo y sus canciones, le contaron a Herodes el propósito de su marcha, iniciada desde distintos puntos de ese Oriente misterioso y plagado de costumbres que las Escrituras no llegaban siquiera a censurar porque las ignoraban.

“Venimos a adorar al Niño, somos su club de fans”, le dijeron a Herodes entre las risotadas provocadas por los humos que encendieron de inmediato y los estribillos que no cesaban de entonar (“Alehandro, Alehandro”, o algo parecido).

Según lo que ellos habían deducido del asunto (entre celeste y hermético), el adorable Niño venía a prometer una Era de Amor (y, por lo tanto, de placeres sin cuento). Si llegara a cometerse algún “pecado” (noción desconocida para los Magos, que la entendieron a medias de sus innumerables contactos con los nativos de Judea), el Niño garantizaba el perdón bajo la sola condición del coming out o, como se decía por entonces, la confesión (y el arrepentimiento, claro, pero la recaída estaba contemplada como legítima: la carne es débil).

Herodes no sabía nada de ningún Niño, pero pidió a los Magos que le informaran, cuando lo encontraran, el sitio exacto de su nacimiento. El mismo quería ir a ver qué onda. ¡Mentira! Se dio cuenta de que Oriente traería su ruina (y, por lo tanto, la de la civilización: la cultura de la culpa judía). Medio budista, incluso hippy le pareció ese Niño para el que todo estaba bien y que lo perdonaba todo. Soñó la frase antiestatalista “al César lo que es del César” y un estremecimiento le recorrió la espalda.

Reaprovisionados las alforjas de los Magos y sus acompañantes con dátiles, vino nuevo (tempranillo), carne de cordero y finas hierbas, continuaron éstos a través de Judea su larga marcha de adoración de la carne, danzas a la luz de la Luna y música hipnótica. A cada niño que encontraban, por si acaso fuera el Soplo Encarnado, le dejaban “el regalito”.

De la misión de espionaje encargada por Herodes se olvidaron casi al instante. Hicieron mal, porque el rey, celoso, mandó juntar todos los regalos de los niños, a los que consideró además arruinados por el mero contacto con el estremecimiento oriental de los Magos. Y los mandó a matar.

Los intérpretes contemporáneos se preguntan por qué Herodes no hizo matar a los Magos, si es que tanto les temía. La respuesta es obvia: en el fondo de su corazón y de sus glúteos sabía que la magia nunca muere, es indestructible. Mejor es controlar sus efectos. Y comenzó a hacer correr la horrible especie por el mundo: “Los Reyes son los padres”, correlativa del mezquino mandamiento: “No aceptes regalitos de extraños”.

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