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Viernes, 2 de marzo de 2012

David Hurles: la delincuencia paga

Y ahí está David Hurles. Tal vez sea más fanático que Bobby en sus testeos sexuales por los límites de los hombres heterosexuales. El peligro lo enciende. Le gustan los psicóticos. Adictos ansiosos por dinero con grandes pitos. Ladrones llenos de ira sin preservativos. Y por supuesto, convictos, sus príncipes azules. En las últimas tres décadas, David Hurles se ha dedicado a buscar criminales hermosos, toma a estos sementales fuera de la ley que tal vez nunca se dieron cuenta de que eran sexies, y los lleva a su casa como un tonto santo, y los fotografía por el bien de tu entretenimiento. Los modelos Old Reliable gruñían a la cámara. Te hacían fuck you, se agachaban mostrando el agujero del culo, mirando entre sus piernas. Y lo que se transformó en la firma del Sr. Hurles: fumando un gran habano, desnudos, con una enojada mirada lasciva. Estos Romeos “peligrosos para la comunidad” se hicieron camino en el mundo gay de mi generación. Así como las películas románticas de Douglas Sirk podían hacer que para algunos heterosexuales el amor de la vida real fuera decepcionante en comparación con el cine melodramático, las fotografías de Hurles podían hacer que un hombre gay perdiera la capacidad de sentirse atraído por otro gay promedio. Sin estos pioneros de las fotografías de Old Reliable no habría existido el homoerotismo en el mundo del arte. Robert Mapplethorpe era una mariquita. El Sr. Hurles era la verdadera cosa.

Hoy, David Hurles vive en un gran departamento-estudio del viejo Hollywood. El es un gran hombre para mí, un hombre que siempre reverencié. Bien parecido, como de mi edad, y no aparenta ser el estereotipo de pervertido como yo. Casi no tiene ninguna posesión, salvo una computadora, su cama en el piso, y cajas y cajas de sus productos VHS de Old Reliable (varios pasados a DVD), casetes de audio y catálogos. Entonces todavía está en el negocio. “Lo que queda de él –me dice–; solía ser exitoso... hice medio millón de dólares en un año, y pagué los impuestos... Si me preguntás en frío, te podría decir que tuve pocos problemas. Pero si te sentás a pensar sobre el tema, me robaron bastante... era caro.” Cuando saqué el tema de la “excitación por el miedo” que su trabajo celebra, recuerda afectuosamente una crítica que decía que “el peligro es lo único que me enciende. Esa es una de las alegrías o divertimentos de los hombres psicópatas”, explica, tratando de transmitir la mentalidad de sus modelos. Pocos han hecho tan impresionante, casi legal carrera a partir de su neurosis. Me pone muy feliz que él esté feliz de estar jodido.

Todo empezó cuando David publicó un aviso sexual en los clasificados de The Berkeley Barb en los ’70, cuando estaba viviendo en San Francisco. ¿Qué decía? “Oh, hétero, tú sabes, mamadas”, recuerda vagamente. Allí fue que lo que pudo ser un problema se convirtió en la inspiración de una gran carrera: “Un chico de diecinueve años heterosexual contestó el aviso, hermoso, gran pene, gran sexo. Cuando finalmente terminamos, por supuesto, sacó un arma, queriendo robarme. Le dije ‘por favor no me mates, la esclavitud no es lo mío’, y el criminal me contestó ‘ok, pero voy a volver a matarte si llamás a la policía’. Ni bien se fue, me di cuenta de que estaba excitado, me tuve que masturbar.”

Así que David comenzó a sacarles fotos a hombres desnudos que lo asustaran. Camioneros. Vagabundos. Locos de la velocidad. Mutantes tatuados. Luchadores. Todos mirando a la cámara como si quisieran comerte vivo. Al principio la “mafia humilde” le compraba el material a David para venderla en los locales de porno, pero luego, cuando se encontraba haciendo la venta ambulante de sus fotos en Washington DC, “me encontré al hombre más importante de mi vida, Dr. Herman Lynn Womack, quien era dueño de Guild Press, uno de los mayores distribuidores de revistas de gays desnudos”. Recuerdo haber visto esta revista prohibida en Baltimore cuando era menor de edad. Estaba demasiado tenso para comprarla, así que me la robé. Cuando le cuento esto a David, admite alegremente haber hecho lo mismo.

David fue un modelo también. “Uno de los libros que Guild publicó –explica–, era Auto fellatio y masturbación, y yo participé en él.” Recuerda cómo alardeaba: “Soy tan talentoso que no sólo puedo chuparme mi propio pito sino que encima puedo sacarme fotos mientras lo hago”. Pero siempre hay problemas. “Dr. Womack fue a prisión; yo lo visitaba, declaré cuatro veces frente al gran jurado, es una gran molestia”, pero él nunca estuvo avergonzado de sus arrestos. “No, estaba bastante orgulloso”, admite.

David concuerda conmigo cuando le digo qué él inventó “el porno del abuso verbal”. Uno espera que The New York Times recuerde el logro cuando sea momento de escribir su obituario. David encierra a sus muchachos en una habitación en su casa y les dice que hablen sucio a un micrófono, y luego los deja solos para que ventilen sus patologías sexuales. “¿Les dijiste que fueran malos o agresivos?”, le pregunté. “Nunca dirigí. Ellos sentían que tenían mi permiso. Los alentaba. Les sugería. Ellos comprendieron adónde ir bastante rápido. Cuando terminaban, me daban la cinta y yo les daba el dinero.” Old Reliable distribuyó “más de cuatrocientas” cintas de abusos verbales. “Tuve miedo de mandar algunas –admite–; eran demasiado crudas.”

Una de las cintas está titulada como Ty Meltdown, y el agregado sin editar de este performer psicótico le erizaría los pelos de la nuca hasta el más masoquista del mundo. “Buena voz”, anota David con su propia tipografía en la etiqueta de la cinta. El calmo monólogo de voz masculina sobre cogerse y brutalizar jóvenes punks en prisión es audiosadismo muy alejado de la zona de comodidad de todos los juegos de roles sexuales. Pero no David. El todavía escucha la cinta y se excita. Como a Bobby, lo único que lo excita es su propio trabajo.

¿Acaso también era David un gay que sólo podía ser excitado por hombres heterosexuales? “Traté de evitar a los gays”, admite, pero es más liberal sexualmente que Bobby. “Seguro, fui a la cama con gays. Me gusta tener sexo y los gays hacen eso también.” Continúa con su biografía sexual mientras agarra una foto. “Stephen salió de prisión. Yo estaba enfermo y él me cuidó hasta que mejoré. Pero no me daba cuenta de que me estaba limpiando la casa. De repente mi ropa de cama no estaba, mis placards estaban vacíos. Nunca llamé a la policía, pero no podías no notar sus emergencias. Podía subir a la terraza para llamar la atención. Lo arrestaron y sirvió 9 años y medio. ¿Y adiviná qué? Salió otra vez y me estuvo llamando.” David mira al modelo de la contratapa, un potro con una lata de cerveza de pito que o te parece retardado o sexy, dependiendo de los gustos. “El es de Long Beach, recuerdo el día que se cayó de mis escaleras y me rompió mis luces de neón en la entrada.” “Pero, ¿sabés dónde están ellos ahora?”, pregunté. “Sé dónde está una gran cantidad de ellos –replicó–. Seis metros bajo tierra.”

Lo que arruinó el negocio de David no fueron las redadas policiales, ni la venganza de alguna de sus estrellas. Fue un accidente luchando en 1990. “La verdad es que me pegaron en el ojo”, admite tristemente David. Estaba “divirtiéndose” en un videotape, filmándose, luchando algún truco, y el semental lo dio vuelta y accidentalmente lo punzó. La visión de David se fue deteriorando, algo aterrador para un fotógrafo. En plena caída fotografió a un hombre de veintitrés años llamado Mike y, a pesar del hecho de que Mike fuera heterosexual, se juntaron, y esta pareja feliz ha estado junta desde los últimos doce años. “¿Trabaja?”, pregunté dudoso. “No, es básicamente iletrado”, se rió. “¿Es un drogadicto?” “Sí, seguro”, sorprendido de que le haya tenido que preguntar. “Speed”, me explica. Pero como para todos los americanos, la economía es un tema en estos días. “No podemos darnos el lujo de que sea un superadicto de speed.”

David no tiene idea de lo que va a suceder con su trabajo cuando muera. “¿Tenés familia?” “Amé a mi madre más que a cualquier cosa, ella siempre supo todo lo que hice.” El es uno de los cuatro hermanos vivientes, pero “cuando mi madre murió, tres años atrás, ninguno de ellos se dignó a decírmelo. Nunca pregunté por qué no me lo dijeron. ¿Qué se hace?”. Cierto, tuvo hace un tiempo un revival menor últimamente. En 2005, Green Candy Press sacó un precioso libro de sus fotos titulado Speeding y recibió un adelanto de dinero. Algunos de sus trabajos también se encuentran en el libro The Big Penis Book, pero su estado artístico y su reputación son muy inciertas: el sida arruinó el negocio. “Sí, y también Internet.” Le pido a David que firme mi libro y pone: “Para John Waters, un conspirador y compañero de viaje. Usted dirige y nosotros seguimos. Lo mejor de mí. David R. Hurles”. Pero David está equivocado. Sin los fotógrafos pioneros que cambiaron lo que nosotros pensamos que era indecente y, en raras ocasiones, arte lascivo, nunca podría haber tenido el coraje de hacer mis películas. (...)

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