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Viernes, 26 de junio de 2009

La voz de los excluidos

 Por Carlos Figari

Stonewall es, sin duda, el mito de origen de la lucha por la identidad homosexual en el mundo occidental. En el contexto de un mundo que parecía “deshacerse en el aire”, Stonewall no implicó sólo la resistencia en Greenwich Village, animó y posibilitó la visibilización de grupos, la publicación de periódicos y la organización de “marchas” reivindicativas. Por la misma época, en una América latina de especial efervescencia política, los movimientos de liberación homosexual se insertarían en la disputa ideológica que atravesaba a los nuevos movimientos sociales. Salvo en la Argentina, donde el Frente de Liberación Homosexual, conformado en 1971, consiguió mantener una línea, más o menos clara, de afiliación —o más bien el intento de— con la izquierda, el resto se debatía entre posturas muchas veces inconciliables. Una línea era de tinte anarquista, ponía el acento en la reflexión sobre el ser homosexual, vivencias y represiones. Otra, desde el marxismo, señalaba que ésta era una instancia de lucha menor, que debía insertarse en la lucha política mayor por un hombre nuevo, en una sociedad sin clases y, supuestamente por ello, sin diferencias sexuales.

A mediados de la década del ’80, los grupos que fueron abandonando la designación homosexual organizándose por sus especificidades, planteaban ahora objetivos integracionistas, es decir, mejorar su posición en la sociedad combatiendo el estigma y ampliando su base de derechos. Ya no estaba en juego la lucha contra el capitalismo sino la mejor manera de ser reconocidos. El problema es que también comenzó a visibilizarse que, con un pie en el mercado, la política del “gay ciudadano” se confundía por momentos con la del “gay consumidor”. En los EE.UU., así, desde las diferencias hacia el interior de la propia comunidad Glttbi, feministas negras y chicanas criticaron el denominado “solipsismo blanco de clase media”. Es decir, una identidad vista y construida desde la posición del gay, varón, blanco y de clase media.

En el mismo sentido, en Brasil, el grupo negro feminista Criola advierte: “El color de la piel aquí define si se consigue sobrevivir al primer año de vida”, mucho antes de decidir su orientación sexual. Las travestis son quienes en la Argentina, a partir de su lucha contra el artículo 71 del Código Contravencional en Buenos Aires, mostraron los límites de la política de reconocimiento. Plantearon sus reclamos, no sólo en términos de identidad sino del acceso a los derechos de trabajo, educación, salud. Es decir, reconectaron el conflicto cultural con el material, devolviendo a la política de la diversidad su carácter crítico.

No obstante, el campo se complejizó y bajo el amparo de un creciente paraguas de derechos se fue consolidando una “cultura gay” que respondió precisamente al estilo de vida y pautas de consumo globalizado propios de la clase media de los países centrales.

Esto hoy se ha convertido en un verdadero boomerang, precisamente para las propias políticas de reconocimiento.

Cuando el 1º de mayo de 2006 los trabajadores latinos decidieron hacer un boicot a la economía norteamericana, pregunté a un amigo gay californiano si apoyaba esta medida. Con un odio visceral no sólo me respondió que esto le parecía inaceptable, sino que “los mexicanos debían volverse a su país con sus veinte mugrosos hijos”. Hoy esos veinte y muchos miles más se la devolvieron con el plesbicito en que ganó el No al matrimonio homosexual en California.

La misma metáfora aparece cuando un gay massmediático (sí, porque ya son toda una categoría específica) como Piazza comete la impudicia de hablar en nombre de “los gays” y sus derechos ciudadanos. Se muestra entre los vips del cholulismo antidiscriminación, posa para todas las fotos con Lubertino y pretende que la Presidenta asista a su frívolo casamiento, de dudoso gusto y ostentación compulsiva, como una forma de apoyar el derecho al matrimonio gay. Al mismo tiempo no duda en pedir al Estado “matar” a todos “esos negros de mierda, hijos de puta” y/o “pobres morochitos de la villa”.

Por suerte —para todos nosotros—, a la Cenicienta le tocaron sus doce y la carroza volvió a ser un zapallo. A 40 años de Stonewall, quizá la reflexión más certera sea siempre plantearnos a quiénes excluimos cuando nos erigimos en la voz de los excluidos, cualquiera fuese el lugar desde donde lo hagamos.

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