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Viernes, 26 de junio de 2009

¿Qué está pasando “allí”?

 Por Ernesto Meccia

Comienzo estas reflexiones con una máxima en la que creo mucho, pero que tal vez ofusque a algunos: los malos análisis intelectuales de la no heterosexualidad están tapizados de buenas intenciones políticas respecto de la no heterosexualidad. Dos ejemplos: en un paper, un intelectual de buenas intenciones estima que la forma en la que las travestis recrean sus cuerpos representa un homenaje a la cultura machista, porque el emergente son los cuerpos perfectos de las mujeres que esa cultura siempre anhela para disfrutar unilateralmente. Las travestis reproducirían los dualismos opresivos. En otro paper, otro intelectual no sólo anunciaba que las leyes de “uniones civiles” tenían las llaves del palacio de la asimilación burguesa sino que también arengaba a detener la insistencia en las identidades, porque enclasan y cosifican.

Comencé a estudiar Sociología en 1989 y luego de leer a Pierre Bourdieu pude entender que el rol de los intelectuales ante los procesos políticos debía ser doble: por un lado se debía mantener una actitud amarga, alerta y de crítica ante el desarrollo de las cosas, pero también entendí que, antes de criticar, los intelectuales debían ponerse del lado de las cosas (acompañar las cosas, podría decir) para poder comprenderlas mejor. Este desafío lleva a una forma de trabajo que hace estallar los límites en los que tantas veces nos encuadran las teorías de las que se alimentan las buenas intenciones políticas: ponerse del lado de las cosas implica abandonar por un momento mi “aquí” para saber cómo es un “allí”. Aclaro: para saber cómo es ese “allí” desde adentro (sin perdón por la redundancia). Tal vez desde ese “allí” pueda ver como ven sus protagonistas y, desde este punto de vista, pueda construir una teoría nativa y, al mismo tiempo, crítica.

No creo que aquellos intelectuales hayan escuchado lo que concluyeron en sus papers: seguro que “allí” escucharon a las travestis narrar con alegría la transformación de sus cuerpos, cómo gays y lesbianas (alegres también) habían hecho un trabajo de apostolado hablando horas con políticos reacios a ampliar el abanico de los derechos, y cómo tantos gays prefieren que los llamen con esa palabra y no con otras que no vale la pena mencionar. Sin embargo, en las conclusiones no queda nada de esos “allí”, lo que significa que aquellos intelectuales nunca se mudaron de su “aquí”, y, lo que es peor, que no se mudaron porque es más cómodo (menos perturbador) para el sentido común científico no arriesgarse a la propia revisión.

Pero me preocupa menos la tozudez de algunos análisis que la concepción que a veces como académicos tenemos de las personas que forman parte de nuestros objetos de estudio. Si en las conclusiones descartamos el sentido de las palabras de los protagonistas es porque, en el fondo, lo único que para nosotros tiene valor es la palabra de la teoría académica. Si sólo ponemos el empeño en ponernos del lado de las obras consagradas, estaremos atentando con la democratización de la hermenéutica social y nos convertiremos en personeros del racismo de la inteligencia: bello lugar al que nos han conducido nuestras buenas intenciones políticas. ¿Así que solamente podemos aprender de Judith Bulter y no de la gente común? ¿Solamente nos preparamos para descubrir algo valioso en los autores canónicos y desdeñamos lo que nos dice la gente, de la cual siempre nos llenamos la boca? ¿Cómo explicamos semejante desplante, si finalmente —o ante todo— las prácticas sobre las que investigamos son de la gente?

40 años después de Stonewall tenemos tanta historia para contar, tantas preguntas que hacernos para ampliar los sentidos. Espero que la Sociología que la cuente no sea escrita por grandes escritores sino por grandes escuchas.

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