turismo

Domingo, 30 de septiembre de 2007

ITALIA > DEL MAR ADRIáTICO AL TIRRENO

Hacia el fin del verano

Ciudades, pueblos y playas de las regiones costeras del mar Adriático y el Tirreno. Y para el placer de los sibaritas, los exquisitos sabores de la cocina italiana. Segunda parte de una crónica sobre un viaje por la península cuando Europa ya se despide del verano.

 Por Frances Mayes *

De camino al sur, hacia Basilicata, está Matera. Es una ciudad extraña en la que hasta no hace mucho tiempo la gente vivía en un laberinto de cuevas que ahora están completamente vacías. Parece que el resto de la ciudad prospera, pero su centro histórico está en ese antiguo laberinto, un lugar para recorrer e imaginar la vida como no la conocemos hoy día. En la región de Apulia, Alberobello es conocido por sus casas blancas llamadas trulli, cuyos tejados tienen forma cónica y que a veces parecen antiguas y a veces como de otro planeta, como si en cualquier momento fueran a aparecer seres de otras galaxias.

Apulia, a menudo promocionada como “la nueva Toscana”, es un lugar ideal para pasar una feliz estancia de un mes explorando sus castillos y los pabellones de caza de Federico II, el encantador puerto de Gallipoli y Lecce, conocida como “la ciudad barroca”. A pesar de que el turismo está aumentando, aún quedan en toda la región lugares por descubrir. Me gustan especialmente las ciudades que tienen catedral, como Trani, Bitonto y Oranto. Merece la pena el viaje aunque sólo sea por el pan –unas rebanadas enormes que podrían alimentar a una familia de cuarenta personas– y por sus copiosos platos de pasta cocinados por la gente que trabaja en el campo.

En verano, en mi casa de Cortona, la palabra que con más frecuencia oigo es mare. Todos se van a la playa. ¿Por qué las trattorie cierran durante la temporada alta del turismo? Porque el aire del mar atrae a todo el mundo. ¿Qué más da si los turistas se quedan ansiosos mirando el menú que está colocado en la puerta? Esta es la auténtica diferencia cultural entre Estados Unidos y Europa. Aquí la mayoría de la gente tiene todavía el buen juicio de disfrutar de la vida y aprovechar las oportunidades que se presentan. Los más jóvenes van a Rimini. Los afortunados, a Cerdeña. Muchos se escapan a pasar unos días a Viareggio y a Forte dei Marmi, o a las playas que están cerca de Grosseto. Como Cortona está a dos horas del Adriático y del Tirreno, nosotros vamos a los dos sitios.

Portofino, escondida y protegida por la costa, con sus bellos colores y sus costumbres de pueblo pequeño pese al turismo. Focus

Aguas del Adriático

En el Adriático, voy, por diversas y sibaritas razones, a Senigallia, la primera colonia romana. El hotel Terraza Marconi tiene un exclusivo spa con baño turco. En la puerta del hotel, las bicicletas con cestas de mimbre esperan aparcadas a los clientes que quieran recorrer el paseo marítimo. Aunque nuestro hotel es de lujo, Senigallia es una ciudad orientada a las familias, con un mercado muy animado, una playa muy amplia que ofrece los placeres habituales del baño italiano –hamacas y sombrillas dispuestas en fila–, y en el paseo marítimo hay multitud de marisquerías, decenas de minúsculas tiendas en las que se pueden encontrar tanto pelotas de playa como vestidos de gasa o pizza. Por la noche, es divertido observar a la gente pasear bajo la luna mientras toman helado de melón. Nos gusta especialmente ir allí por dos santuarios de la cocina. El primero, Uliassi, a un paso del hotel, y el segundo, un poco más lejos de la ciudad, La Madonnina del Pescatore. No podría decir cuál me gusta más. Son dos de los mejores restaurantes de Italia que, aunque distintos, resultan parecidos porque sus jefes de cocina utilizan los mejores ingredientes locales y siempre buscan lo más innovador. La mejor receta para relajarse es pasar aquí unos días y probar las dos cocinas, ir a comer a alguna de las marisquerías del paseo, darse un masaje, pasear por la playa al atardecer o leer un libro en una terraza.

Justo más abajo, por la costa, en una preciosa zona del Adriático, se encuentra el parque natural de Conero y multitud de pueblitos como Sirolo, Portonovo y Numana, en los que pasar un verano muy agradable. Este año volveremos a Portonovo con nuestro nieto y nos alojaremos en el hotel Fortino Napoleonico, un auténtico fuerte amurallado de 1810 con vistas impresionantes al mar. Estas son las experiencias que queremos dejarle, en vez de Disneyworld.

Detrás de la costa se encuentra la región de Marche. Si hoy día tuviera que mudarme a Italia, sin duda escogería vivir en este lugar. Marche está tachonada de pueblos poco explorados y el campo es maravilloso. Creo que no debe de haber una plaza más divina que la de Ascoli Piceno. Me gusta pasar una mañana de verano sentada en una terraza tomando un té helado y observar a la gente que va de un lado a otro de compras o de turismo mientras marco en mi mapa la próxima visita que voy a hacer a uno de esos pueblos apartados. Me encanta Macerata, donde cada verano se celebra un festival de ópera. La majestuosa Urbino no necesita tener la mejor situación de Marche, le basta con estar perdida entre carreteras secundarias de la región para ser considerada una ciudad de ensueño.

Luz de Portofino

También hemos pasado días maravillosos en otros destinos muy interesantes de la costa del Tirreno, como Capalbio, San Vicenza, en la ciudad protegida de Rive degli Etruschi, en Cinque Terre o en Punt’Ala. Me encantan los lugares bonitos; sin embargo, para mí no hay nada comparable con Portofino. Sientes una sensación mágica al contemplar las casas que rodean el puerto pintadas en tonos ocres, arena, terracota o dorado, y el reflejo de la luz en el agua a cualquier hora del día. La mejor manera de disfrutar de Portofino y de sus alrededores es utilizar los autobuses, ya que conducir puede resultar pesado porque el tráfico de la carretera que serpentea la península de Portofino es muy lento. Aunque lo mejor de todo es alquilar un barquito que le lleve a Margherita, con un ambiente muy animado, o a Camogli, un pequeño y encantador puerto de la península. El capitán parará en alguna de las cuevas para disfrutar de un baño y aprovechará para explicar la historia del lugar. Nosotros lo hicimos, aunque el ruido del oleaje no nos permitió escucharle bien. Al igual que Capri, Portofino es para los que les gusta caminar, ya que hay multitud de rutas por las laderas. Si camina por el sendero de San Fruttuoso disfrutará de unas vistas espectaculares y podrá nadar en una cueva donde el mar es de un azul intenso. Me encanta subir hasta Castello Brown, justo encima de Portofino, donde hay un jardín muy bonito y una casa palacio donde se rodó la película Un abril encantado.

A pesar de no haber conseguido ninguna de las altas calificaciones de las mejores guías, los restaurantes de Portofino sirven un marisco riquísimo. Sus cartas también incluyen pasta con salsa al pesto y patatas asadas acompañando la pasta. Delicioso. Alguna de las mejores focaccia de Liguria procede de las panaderías locales. Si el paraíso existe, me gustaría que en cada comida me sirvieran las gambas a la plancha al estilo de Portofino.

Místico Asís

En el interior hay también fantásticos lugares. En Umbria, Assisi tiene un encanto especial que ninguno de los numerosos circuitos turísticos de autobuses ha conseguido eliminar. La gente viene a venerar a san Francisco y a santa Clara, inmortalizados en sus propias iglesias. Las ciudades de peregrinación siempre han atraído a muchos curiosos y, de hecho, parte de esta experiencia es ver a monjas de todo el mundo con sus diferentes hábitos escuchar a jóvenes con barba cantar y tocar la guitarra en la plaza. Hay multitud de turistas, pero yo he aprendido a ignorarlos; creo que lo mejor es disfrutar de todas estas maravillas y permitir que ellos lo hagan también.

De pronto sientes una alegría especial cuando paseas a la hora de la siesta por esta antigua ciudad y descubres a cuatro gatos atigrados que juegan con un ovillo bajo una lavanda o a un perro que duerme ante la puerta de una tienda muy concurrida. Observar cómo los turistas se protegen del sol abrasador que cae sobre sus cabezas; entran unas ganas locas de fotografiar los tiradores de todas las puertas y de dibujar los geranios de color rojo que cuelgan de los balcones. De una ventana sale un aroma a ragú que te apetece llamar a la puerta y presentarte. Y te quedas pensativo mirando, grabando en tu mente la imagen de una puerta azul. Quizá en el interior esté san Francisco con su viejo hábito marrón durmiendo y soñando que tiende su mano a un lobo. Un instante de una tarde, un recuerdo para toda la vida.

* El País Semanal
Traducción de Virginia Solans

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