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Domingo, 9 de marzo de 2008

BOLIVIA > LA CULTURA TIAWANAKU

Antes de los incas

Fue una de las culturas más longevas de América del Sur: se desarrolló a lo largo de 2700 años, hasta el 1200 después de Cristo. Y su capital, Tiawanaku, era el centro de un gran estado andino previo a los incas que se extendió por todo el Altiplano. Hoy se pueden visitar las ruinas de la ciudad, ubicada a 70 kilómetros de La Paz, donde se han preservado monumentales muros y esculturas de piedra.

 Por Julián Varsavsky

El 21 de enero de 2006, Evo Morales subió descalzo a la Pirámide de Akapana en Tiawanaku, donde un amauta lo invistió como autoridad máxima de los pueblos originarios de Bolivia. Le colocaron un unku –un poncho rojo tejido en lana de alpaca– y un chuku, que es un gorro cuadrado de cuatro puntas de color rojo y dorado. Y por último el amauta le entregó un báculo o bastón de mando tiawanakota de piedra negra con incrustaciones de oro, plata, bronce y cobre de las distintas regiones del país. Abajo, 20 mil personas lo saludaban y las cámaras de televisión del mundo entero transmitían una singular ceremonia que proclamaba el primer gobierno indígena en más de 500 años de historia de Bolivia.

El dios Sol corona la Puerta del Sol, uno de los monumentos más famosos de Tiawanaku.

La cultura Tiawanaku –predecesora de los actuales aymaras– floreció durante 2700 años, entre el 1500 a.C. y el 1200 d.C. En el siglo X, época de su mayor apogeo, Tiawanaku fue la capital de un imperio en el Altiplano andino, cuyo eje era la zona limítrofe de los actuales Bolivia y Perú, en las orillas orientales del lago Titicaca. Y sus ramificaciones se extendían hasta el norte de Chile y la Argentina.

Los tiawanaku tuvieron una gran “ventaja” sobre otras culturas: habían descubierto el uso tecnológico del bronce, y eso les otorgaba supremacía a nivel militar.

La ciudad llegó a tener cerca de 100 mil habitantes, y en los valles circundantes hubo 250 mil más. Pero como todo imperio, con el correr de los siglos fue decayendo. El Estado de Tiwanaku se terminó de desmembrar alrededor del 1200 d.C., y se cree que la ciudad fue abandonada de repente por razones desconocidas. Sus ruinas sufrieron el paso natural del tiempo, y mucho más el paso de los hombres, que la saquearon y husmearon de arriba abajo buscando tesoros. Sus piedras se utilizaron para construir casas, una iglesia y para empedrar las calles de La Paz. De todas formas, la base estructural y algunos edificios sobrevivieron y fueron restaurados. Hoy, Tiawanaku es una de las ruinas megalíticas más fascinantes del continente.

Estatua de piedra en uno de los edificios principales de Tiawanaku.

La arquitectura

Se calcula que la villa original de Tiawanaku ya existía hace 15 mil años –en algunas vasijas se encontraron dibujos de especies extinguidas como el toxodón–, aunque su desarrollo y apogeo tuvo lugar mucho después. Emplazada a 3485 metros sobre el nivel del mar y a orillas del Titicaca, llegó a ocupar 6 kilómetros cuadrados y tenía incluso un puerto en el gran lago (hoy sus aguas han retrocedido 10 kilómetros).

El imperio de Tiawanaku surgió tras una alianza entre las dos culturas más influyentes de la época, la Tiawanaku y la Wari, lo cual les permitió enfrentar mejor las catástrofes naturales y defenderse de los invasores. Los resultados de esa integración fueron inmediatos en términos económicos y produjeron una gran expansión de los territorios.

Los tiawanaku fueron grandes picapedreros: llegaron a cortar piedras de hasta 10 toneladas, a las que daban forma rectangular y encajaban con gran destreza y sin argamasa en los impactantes muros de los edificios de la ciudad. Los metales no sólo se empleaban con fines militares sino también decorativos: se utilizaron planchas de oro para cubrir bajorrelieves en los templos, que centelleaban bajo el sol.

Los siete edificios clave del centro cívico de Tiawanaku están dispuestos en relación con los astros. Uno de los emblemáticos es la pirámide de Akapana, un edificio con siete plataformas escalonadas con una altura de 18 metros y 200 metros por lado en la base, que en su momento estuvo coronado por sofisticados monumentos donde quizá se hacían sacrificios humanos. Su estado es ruinoso, ya que en el siglo XVIII el español Oyaldeburo excavó la pirámide en busca de tesoros, horadándola desde la cima.

Entre los templos, el de mayor impacto es el de Kalasasaya (o de las piedras paradas).

Entre los templos, el de mayor impacto es el de Kalasasaya (o de las piedras paradas), con una estructura de dos hectáreas basada en columnas de arenisca con gárgolas decorativas. Por la puerta principal de ingreso al Kalasasaya pasaba el sol en los equinoccios de otoño y de primavera. Es decir que sus astrónomos habían deducido el año solar de 365 días. En el interior de este recinto están los restos del Palacio de los Sarcófagos y tres esculturas consideradas la expresión más alta del arte estatuario de Tiawanaku. Una de ellas es el muy fotografiado monolito Ponce, con sus finos grabados de hombres alados, peces, cabezas de puma y de camélido, cóndores y yaguares.

La Puerta del Sol es uno de los monumentos más famosos de tiawanaku. Está cincelada en un solo bloque de piedra andesita de diez toneladas, que seguramente fue parte de una edificación mayor. Sus bajorrelieves muestran la visión cosmogónica de la cultura Tiawanaku, con la imagen del dios Sol sosteniendo en cada mano un cetro con figuras de aves y rayos. A su alrededor hay treinta y dos figuras de hombres-sol y dieciséis de hombres-águila. Esta iconografía se propagó por todo Perú y parte de Bolivia, y algunos estudiosos suponen que podría ser un calendario.

El Templete semisubterráneo es una de las mejores piezas arquitectónicas de Tiawanaku, construido dos metros por debajo del nivel de su área circundante, con una planta cuadrangular rodeada por muros con 57 pilares de arenisca roja. Esos muros están decorados con 175 cabezas de piedra cuyos rasgos representarían las diferentes etnias que formaban parte del imperio.

Los tiawanaku fueron grandes picapedreros: llegaron a cortar piedras de hasta 10 toneladas.

El origen

Como toda antigua ciudad de piedra, Tiawanaku ha generado diversos mitos y conjeturas. Ya en el siglo XVII, el sacerdote español Reginaldo de Lizárraga apuntaba acerca de estas ruinas que “casi no pasa por aquel pueblo hombre curioso que no las vaya a ver”. Para el geógrafo y cartógrafo inglés James Allen, Tiawanaku y el pueblo aymara fueron uno de los reinos de la Atlántida de Platón. Y Thor Heyerdahl, aquel navegante noruego que construyó el Kon Tiki para cruzar el Pacífico, insistió durante décadas en que los tiawanakotas cruzaron el océano hasta la Polinesia en una simple embarcación.

En el siglo XIX, el explorador francés Castelnau recorrió las ruinas y afirmó que Tiawanaku fue obra de una raza ya extinta de origen egipcio, agregando que “los imbéciles aymaras no pueden ser descendientes de estos hábiles constructores”. Pero sí lo son, y hoy están orgullosos de sus antepasados, quienes fueron los primeros en Sudamérica en utilizar figuras geométricas como el cubo.

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