turismo

Domingo, 9 de marzo de 2008

NOTA DE TAPA

Cayos del Caribe

A un salto de Caracas, un enjambre de cayos, islotes y bancos de arena se adentra en la cartografía paradisíaca del mar Caribe. Desde la isla principal, el Gran Roque, excursiones náuticas a las blanquísimas playas del archipiélago para descubrir el mundo onírico del buceo y snorkel. El status de Parque Nacional conserva uno de los bancos de corales más grande del planeta.

 Por Inés Barboza y Emiliano Guido

La avioneta corcovea unos segundos hasta que se detiene en la pista de aterrizaje del Gran Roque, la principal isla del archipiélago venezolano del Caribe. Un horizonte limpio y agreste más la ausencia de control migratorio confirman la promesa de escape “robinsoneano”. Al bajar, un puñado de morenos espera guiar al turista y llevar el equipaje con su carretilla hasta la posada, mientras las bandadas de pelícanos inauguran el despunte del alba con el desplome abrupto de sus caídas al mar para engullir la presa.

Tarde de playa en el Gran Roque, la isla donde aterrizan los turistas que visitan el archipiélago.

Son 42 los islotes que cercan una laguna de 400 kilómetros cuadrados en el Archipiélago Los Roques, donde hay diseminados 65 cayos y 300 bancos de arena bordeando una inmensa ensenada de corales. El anillo isleño reverbera con intermitencias entre un contraste de matices verdes sobre los azules intensos y vetas turquesas del mar, perfectamente delineados en las orillas por la arena blanca. Desde la ventanilla del avión, los contornos del archipiélago, a 120 kilómetros al norte de Caracas, se recortan con nitidez edénica en la inmensidad del Caribe.

Pese a que la primera referencia cartográfica de Los Roques se encuentra en un mapa español de 1529, la única huella histórica es un gran molino holandés que fue erigido en el siglo XIX en lo alto de los cerros del Gran Roque. Tiempo después de la llegada de los españoles a las costas americanas, los holandeses e ingleses, apropiadores de las Antillas, se interesaron por los corales y manglares del lugar. De esta mezcla de influencias europeas proviene la mayoría de los nombres de las islas. Por ejemplo: Francisky, Nordisky, Madrisky, Noronky (el sufijo “ky” deriva del inglés key, que a su vez se vincula con el vocablo “cayo” de los indios arawacos venezolanos), comparten la escena con Cayo Sardina, Cayo Muerto, Cayo Fernando, Boca de Cote, Cayo de Agua.

Un calidoscopio de colores submarinos en los arrecifes de coral.

Mundo “Roque”

Después de un opíparo desayuno tropical que incluye desde la autóctona arepa (una masa de harina rellena) o guiso de pescado, y batidos de frutas exóticas o panquecas con miel, es el turno de elegir en qué playa pasar la jornada. La decisión puede requerir la ayuda de una corta caminata hasta el muelle con la debida protección de un sombrero y una buena crema protectora: la brisa puede confundir al turista desprevenido que desconoce el abrasador efecto en la piel del intenso sol. Después sólo basta con abordar una lancha, navegar un trecho por las azules aguas y desembarcar en una lengüeta de arena desértica provistos de sombrilla. Y entre ola y ola, un almuerzo fresco protegido en su debida cesta térmica para seguir disfrutando del Caribe hasta que el preámbulo del atardecer marca la hora del regreso. A esta idílica gimnasia veraniega nos someten los meandros del archipiélago.

La única comunidad de 2 mil habitantes está asentada en El Gran Roque. En ese paraje de calles de tierra en plena armonía con su biodiversidad hay algunos enclaves del Estado nacional: una escuela primaria estampada con el rostro del Libertador Simón Bolívar, las despensas asistidas con los programas alimentarios del gobierno para cortar el desabastecimiento, un pequeño y colorido complejo de viviendas públicas. En una escala mínima llegan las ondas de las tensiones del proceso bolivariano: mientras Carlos, empleado de una posada, se graduará de bachiller a los 30 años gracias a la Misión Ribas y recuperará la totalidad de su vista por la asistencia médica de la Operación Milagro, los empresarios turísticos se quejan de la falta de seguridad jurídica.

Un día en Cayo Francisky, entre el mar, la arena y los manglares.

La principal migración proviene de la otra gran “vedette” turística venezolana: la Isla de Margarita. Los pescadores margariteños llegaron por la langosta, de donde actualmente proviene el 90 por ciento de la producción nacional, y el botuto: uno de los caracoles del Caribe más utilizados para la cocina, gracias al delicioso sabor de su carne. Para resguardar la explotación de estas especies y preservar un desarrollo turístico equilibrado, el Estado venezolano convirtió a Los Roques en Parque Nacional a principios de la década del ’70.

El otro gran componente poblacional es italiano y el peso de su moneda fue determinante a la hora de ganar la pulseada en la posesión de muchas de las 65 posadas, cuya construcción ya llegó a su techo reglamentario. El crecimiento sustentable del Parque Nacional motivó también la limitación de turistas: el cupo no puede exceder las mil visitas. De ahí, el alto valor de la estadía. Las posadas más caras como Malibú, Natura Viva o Galápagos llegan a cobrar 400 dólares por persona por día con pensión completa. Las más accesibles, administradas por roqueños, no superan los 100. Las brechas están dadas por el tipo de embarcaciones con que cuentan cada una o en las variedades del menú, pero todas brindan servicios acordes con una villa ecológica: cambian las sábanas cada tres días para no contaminar el agua del mar con detergente, por ejemplo.

Al caer el día, el Caribe aquieta sus aguas y destella con los últimos rayos de sol.

Laberinto de playas

Los paquetes de todos los alojamientos turísticos garantizan la visita a los islotes más cercanos: Francisky y Madrisky, a no más de 20 minutos en lancha. En el primero existe una escuela de kite-surf sobre el lado menos transitado del cayo. Tras sus manglares, una formación de rocas encorsetaron un estanque de agua bautizado con justo nombre como “la piscina”. Madrisky posee una playa más amplia y la posibilidad de coronar unas brazadas casi rozando las enormes estrellas de mar color moro, ya que la plataforma submarina está muy próxima. Ahí ancla su yate la influyente familia Cisneros, dueña del multimedio Globovisión. Gracias a una excepción concedida por el gobierno de Carlos Andrés Pérez, pudieron construir su casa de veraneo en un territorio vedado a las incursiones inmobiliarias.

La protección ambiental es estricta: no está permitido visitar la mayoría de los cayos, incluso los 18 kilómetros vírgenes de la Isla Larga, una lengua de arena considerada el hábitat ideal para la reproducción de las especies del archipiélago. Gracias a esas normas, una numerosa colonia de flamencos hace su parada obligatoria en el cayo Los Cansiques y los turistas pueden seguir admirando la impronta escénica de los arrecifes coralinos: un ecosistema submarino con sus praderas marinas intactas y prolífico en esponjas y anémonas de mar, cangrejos, tortugas verdes y peces estelares con manchas bufonas.

Caminatas entre el color turquesa del mar y el blanco luminoso de la suave arena.

Una opción recomendable es tomar una lancha hasta Crasky. Además de poder hacer snorkel a metros de la orilla, los pescadores ofrecen una exquisita langosta (la temporada va de noviembre hasta abril) a 30 dólares la pieza. O la Pelona de Ramusky: un hilo de arena ideal para la estadía solitaria de una pareja. O conocer la vegetación rastrera y el árido paisaje de Noronky marcado por el surco huidizo de pequeñas iguanas negras. Y a no olvidarse de llegar hasta el distante Cayo de Agua: la más cristalina de las aguas del archipiélago acoge a tortugas marinas que emergen para poner sus huevos en la costa. La lista puede seguir; Los Roques es un carrusel de playas soñadas.

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