turismo

Domingo, 1 de febrero de 2009

CHUBUT > EL PUEBLO DE BAHIA BUSTAMANTE

Vivir de las algas

Bahía Bustamante es un pueblito que desde hace medio siglo vive de la producción de algas y, últimamente, también del turismo. Está a 180 kilómetros al norte de Comodoro Rivadavia, en ese gran arco que forma el Golfo de San Jorge, recientemente declarado Parque Nacional. Excursiones por una de las regiones menos conocidas de la Patagonia, habitada por diversas especies de aves y fauna marina.

 Por Julian Varsavsky

De las muchas caras de la Patagonia, existe una alejada de todo centro urbano y del turismo masivo. Es Bahía Bustamante, un apacible pueblito de 50 habitantes en la costa de Chubut, donde a la noche se corta la luz del generador eléctrico y todo se sume en el silencio más absoluto. Allí, las mañanas de verano son límpidas y radiantes, ideales para salir a navegar rumbo a los sitios donde se puede ver la nutrida fauna marina del lugar que incluye por ejemplo 60.000 pingüinos magallánicos y 3500 lobos marinos, por sólo nombrar las especies más comunes.

El sector costero de Bahía Bustamante y la Caleta Malaspina conforman una de las mayores reservas de aves y fauna en general de toda la Patagonia. Y se lo recorre con la Atrevida, una poderosa lancha con motor fuera de borda que se interna por sus recovecos. Se parte navegando por una tranquila ría –una entrada del mar en el curso de un río– para desembocar en la Caleta Malaspina, donde se navega sobre virtuales praderas de algas marinas. En la Caleta suelen apostarse las embarcaciones que “cosechan” algas y mejillones. Y finalmente, ya lejos de la costa, se llega al archipiélago de las islas Vernacci. En el trayecto van apareciendo colonias de lobos marinos, donde el “dueño” de un harén es capaz de permanecer hasta dos meses sobre un afloramiento rocoso sin ingresar al mar a comer, por miedo a que otro lobo lo desbanque de su privilegiado lugar. También los pingüinos –todos monógamos ellos, a lo largo de su vida– aparecen por millares en la costa y nadan como torpedos a los costados de la embarcación. Además, unos llamativos delfines con aleta blanca como las orcas alegran la excursión náutica con sus saltos y piruetas mientras las aves revolotean en gran número en torno de la Atrevida.

En las oquedades de los islotes anidan tres tipos de gaviotines: el real, el pico amarillo y el sudamericano. A vuelo rasante sobre las pingüineras acechan el skua y el petrel gigante, con sus dos metros de ancho con las alas abiertas. Una especie muy valorada es el colorido pato vapor, del cual se calcula que en Argentina existe una población de apenas 600 ejemplares, todas en esta zona. Viven en pareja toda la vida, 200 de ellas en la Caleta Malaspina, 50 en Bahía Bustamante y otras 50 en el archipiélago de Camarones. Lo singular de este pato es que no puede volar, aunque corretea aleteando a toda velocidad sobre las aguas, siempre en ruidosos grupos. Cuando se ve en peligro también se sumerge en el mar para aparecer muchos metros más adelante, y sale a flote con el cuello estirado formando una misma línea con el agua para pasar desapercibido.

Entre las aves migratorias que en invierno se van al sur de Brasil se ve muy seguido a la gaviota Olrog, con una elegante cola negra que despliega durante sus vuelos.

Una numerosa colonia de cormoranes “tapiza” un islote rocoso.

TRAVESIA CON HISTORIA La Atrevida resiste el oleaje con firmeza y también tiene su historia, o en todo caso su nombre, porque La Atrevida original era una corbeta que partió del Puerto de Cádiz una mañana de 1789 comandada por el capitán José Bustamante y Guerra. Acompañando a la Atrevida iba su gemela Descubierta, al mando del capitán Malaspina. Nuestra excursión con la Atrevida dura 5 horas, pero la travesía de la corbeta original insumió cinco duros años descubriendo maravillas, bajo encomienda del rey Carlos III para explorar los confines del imperio. En 1885 se publicó el Viaje de las corbetas Descubierta y Atrevida alrededor del mundo, donde por ejemplo se describe el encuentro en la Patagonia con el cacique Junchar, “que era de alto 6 pies y 10 pulgadas de Burgos, y la anchura de hombro a hombro era de 22 pulgadas y 10 líneas”. Es decir, mediría 1,9 metro de alto y sus espaldas abarcaban 70 centímetros.

El derrotero de aquella expedición incluyó Montevideo, islas Malvinas –donde desalojaron a unos marinos ingleses que cazaban lobos–, Cabo de Hornos, isla Robinson Crusoe, Panamá, México, Alaska –donde buscaron un paso al Atlántico–, Filipinas, Australia, Archipiélago Tonga y finalmente volvieron a Cádiz vía la Patagonia otra vez. Al regreso, debido a sus ideas liberales, Malaspina se pasó siete años preso.

PUEBLO ALGUERO Como de los 400 habitantes que llegó a tener hoy sólo quedan 50, Bahía Bustamante tiene algo de pueblo fantasma. Lo cual refuerza su tranquilidad. Sus pocas calles son de tierra y llevan nombres de algas marinas: Av. Gracilaria, calle Macrocystis, etc. Hay casas abandonadas, por supuesto, a la sombra de viejos tamarindos de tronco retorcido. En plena calle se exhibe un tractor que en otro tiempo se utilizó para trasladar los carros de algas, y detrás están la escuela, la iglesia y la plaza con el mástil donde ondea la bandera argentina. El antiguo bar López, que está justo frente al mar, es la construcción más antigua del pueblo.

Una línea de seis casas con living y dos cuartos frente al mar han sido reacondicionadas para albergar visitantes. No tienen TV y la luz eléctrica se corta a las 11 de la noche, pero –paradojas de la tecnología– tienen Internet inalámbrico satelital. A dos cuadras de allí está la proveeduría, que también oficia de restaurante donde el fuerte son los frutos de mar. Y la gran pregunta que todos se hacen aquí nos la respondió el mozo: “Las algas van a parar a una planta procesadora en Gaiman, donde se fabrican productos de salud y belleza utilizando las propiedades antioxidantes de las algas”.

En los alrededores del casco del pueblo hay unas 10.000 hectáreas dedicadas a la producción lanera, que se pueden visitar para enterarse de los secretos del mundo de una estancia. Allí se explica que la esquila la realizan todos los años comparsas de trabajadores que pasan de estancia en estancia, trabajando en grupos con una función específica para cada persona, lo cual garantiza niveles altísimos de productividad para pelar a millares de ovejitas en pocos días (se paga por producción).

En la cercana Península Gravina hay pequeñas caletas con arena muy blanca protegida por grandes rocas que forman piletones de aguas turquesas como las del Caribe, claro que bastante más frías. Y en horas de la bajamar se puede caminar hasta unos islotes cercanos a observar aves marinas en sus propios nidos.

Por lo general, los visitantes se quedan unos cinco días, suficientes para realizar las actividades y explorar la zona. Pero a eso hay que sumarle el tiempo que uno decida quedarse simplemente descansando frente al mar.

Cabalgata por la estepa patagónica hacia el Bosque Petrificado.

BOSQUE PETRIFICADO Uno de los días de la visita hay que dedicarlo al Bosque Petrificado La Pirámide, una excursión de cinco horas que se interna en el desierto estepario para ver los troncos convertidos en piedra de árboles que existieron hace 60 millones de años. En aquellos tiempos remotos –el Paleoceno– recién comenzaba a levantarse la Cordillera de los Andes por el choque tectónico de la placa de Nazca contra el continente americano. Al no existir la actual barrera andina, los vientos húmedos provenientes del Pacífico “regaban” la Patagonia, poblada en ese entonces por una tupida selva de altísimos árboles y habitada por grandes animales. Pero al conformarse la Cordillera de los Andes todo cambió “repentinamente” en unos pocos millones de años, convirtiendo al sur americano en la actual estepa patagónica, donde sólo se pueden encontrar bosques en la ladera de las montañas, lugar de descarga de la humedad debido a la altura. Luego, los volcanes se encargaron de ponerle una mortaja de lava y ceniza a aquel paraíso verde.



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Lobos marinos toman sol frente a la costa de Bahía Bustamante.
 
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