turismo

Domingo, 1 de febrero de 2009

ANDES > EXCURSIONES POR LAS LADERAS DEL LANIN

Un volcán para dos países

El Parque Nacional Lanín, del lado argentino, y el Parque Nacional Villarrica, del lado chileno, son el escenario ideal para caminatas a un lado y otro de la cordillera.

 Por Graciela Cutuli

De cada lado hay un Parque Nacional: el Lanín sobre la Patagonia argentina, el Villarrica sobre la chilena. Pero entre ambos se yergue, inmensa, la silueta siempre coronada de nieve del imponente volcán Lanín, esa montaña de fuego latente de 3776 metros que proyecta su sombra alargada sobre la provincia de Neuquén. Volcán limítrofe, en gran parte situado en territorio argentino, el Lanín fue escalado por primera vez en 1897 por Rodolfo Hauthal, y desde entonces es una de las cumbres más desafiadas por los montañistas que, según su perseverancia y entrenamiento, acceden hasta los distintos refugios o la cumbre. Aunque no hace falta llegar hasta la cima para verificar que su altura sobrepasa ampliamente la de sus vecinos, comprobarlo desde arriba es un espectáculo para privilegiados: sin obstáculos, la vista se pasea sobre las laderas y los glaciares abarcando decenas de kilómetros a la redonda. Hoy tranquilo, tan inmóvil y extinto como lo dice su nombre –Lanín, “roca muerta” para los mapuches– en el pasado supo atemorizar con sus erupciones a las poblaciones nativas, dando origen a las leyendas que hablan de un feroz gigante de piedra habitado por espíritus malignos capaces de matar a quien osara ascender por sus laderas.

PARQUES Y SENDEROS El constante paso de los montañistas prueba, sin embargo, que los espíritus son sólo una leyenda: hoy no hay erupciones –las últimas datan del siglo XVIII– y tampoco hay indicios de cráter principal. Pero la naturaleza espectacular que rodea al volcán, de ambos lados de la frontera, alcanza como fuente de inspiración para cargar la mochila y comenzar el descubrimiento de la región a fuerza de trekking, cruzando los senderos que atraviesan los densos bosques australes. Gran parte de estos caminos derivan de sendas usadas antiguamente por los pehuenches y luego por los primeros misioneros; otros surgieron como caminos por donde se sacaba la madera de los bosques durante la época de mayor actividad forestal en la región. Al mismo tiempo, estos senderos fueron las primeras vías de intercambio chileno-argentino en esta parte de la Patagonia: por aquí pasaban, sin distinción de fronteras, los mapuches de la Araucania chilena en busca de contacto con los pueblos nativos de las pampas argentinas. Hoy día estos caminos están en diferente estado, y tienen distintos grados de dificultad: por eso siempre, antes de emprender alguno, hay que consultar con los guardaparques para elegir aquellos acordes a las capacidades de cada senderista, e interiorizarse sobre las distintas señalizaciones para seguir sin confusiones la senda elegida. Aquí la naturaleza es reina: ríos, mallines, avalanchas de piedra y nieve (presente hasta octubre cuando se supera los mil metros de altura) pueden interrumpir el trazado, aunque no es nada insalvable si los excursionistas se atienen a las medidas de seguridad de todo buen caminante: evitar el cruce imprudente de puentes viejos o improvisados, no avanzar en senderos tapados de nieve, no cortar camino a campo traviesa en momentos de desorientación y –no por último menos importante– conservar la regla de oro de prestar atención al fuego en los campamentos.

Un ave rapaz surca el cielo en el paisaje lacustre del chileno Parque Nacional Villarrica.

AGENDA DE SENDERISTA Los bellísimos paisajes del Parque Nacional están matizados de pehuenes, algunos de cientos de años de antigüedad, coihues, ñires, lengas, raulíes y arrayanes. También ponen sus colores el amancay, la arvejilla, las mutisias y los chilcos, con sus flores rojas colgantes que suelen aparecer a orillas de ríos y lagos. Más difícil es ver animales: y no porque no los haya, sino porque se esconden lo más posible de la presencia humana. Lo más probable en las travesías es ver, simplemente, sus huellas: sólo los privilegiados conocen la silueta huidiza del pudú-pudú, el cérvido más pequeño del mundo, que vive en estos bosques del sur. Pero si en tierra la fauna huye, en el cielo se ven con más facilidad el majestuoso cóndor, planeando como un auténtico rey de la cordillera; el cauquén, que habita a orillas de lagos y mallines; los caranchos y chimangos, familiares aves carroñeras; los impresionantes carpinteros negros, que llegan hasta 45 centímetros y revelan su presencia gracias a su roja cabeza y el típico golpeteo contra el tronco de los árboles.

Del lado argentino, el Parque Nacional Lanín –limítrofe por el sur con el Parque Nacional Nahuel Huapi– está matizado por más de 20 lagos de origen glaciario, casi todos dirigidos hacia al Atlántico a través de los ríos Limay y Negro. Las principales localidades de acceso son San Martín de los Andes y Junín de los Andes; para la zona norte la ideal es Aluminé. Cada uno de sus sectores cautiva con diferentes atractivos: el lago Hui Hui, la laguna Negra, el lago Rucachoroi y el lago Ñorquinco, en el sector Quillén; en el sector volcán Lanín, las playas de arena volcánica del lago Tromen y la veranada de Huaca Mamuil; en el sector Huechulaufquen los lagos Huechulafquen, Paimún y Epulaufquen, que forman en total una cuenca lacustre de 78 kilómetros cuadrados. A orillas de estos lagos, recuperaron parte de sus tierras algunas comunidades mapuches, habitantes originarias de la región desde tiempos muy antiguos. Siguiendo un tramo del antiguo Camino de Villarrica, abierto sobre sendas indígenas en busca de un paso entre el Pacífico y el Atlántico, se llega al río Paimún, por un paisaje que alterna áreas abiertas y bosque. En verano, otro sector muy frecuentado es del lago Lolog, muy cerca de San Martín de los Andes, y favorito de los pescadores porque aquí nace el río Quilquihue. Con tiempo y ganas, se puede dar la vuelta al Lolog por un camino poco transitado pero muy exigente.

Pesca en el río Malleo con el imponente cono blanco del volcán Lanín.
Imagen: DyN/Diario Río Negro

Por su parte el sector Lácar –un lago que desagua al Pacífico, formado sobre la cuenca de un antiguo glaciar– incluye este conocido lago a las puertas de San Martín de los Andes, con sus miradores cerros y lagunas. Recorrer esta región lleva sin duda mucho tiempo y probablemente más de un verano, pero bien vale la pena incluir el sector Queñi, donde se encuentra el paso Impela: se cree que fue usado en 1553 por Francisco de Villagra, el primer explorador español en territorio neuquino, cuando regresaba a Chile. Y en tiempos más modernos, fue el paso que usó clandestinamente Pablo Neruda cuando, en 1949, escapó a la persecución política en Chile y logró pasar hacia San Martín de los Andes.

LOS DOMINIOS DEL VILLARRICA Del lado chileno, el Parque Nacional Villarrica presenta la topografía típica de la cordillera, con sus altas cumbres divididas por profundas quebradas. Aquí se destaca la silueta blanca del volcán Villarrica, el segundo más activo de Chile: a diferencia del Lanín, su cráter de 200 metros de diámetro deja ver en el fondo lava incandescente, y un humo constante revela la vida de su interior. La mayoría de los viajeros ingresan al Parque Nacional desde Pucón, la mejor opción si se llega a Chile por el paso Mamuil Malal: aquí se encuentran todos los servicios turísticos necesarios, además de una ciudad con vida propia muy semejante a su hermana San Martín, del otro lado de la cordillera.

Los principales senderos son los que recorren los alrededores del volcán Villarrica, donde son visibles las huellas de sus erupciones (con las consecuentes dificultades); el que va de Chinay a Puesco, un recorrido de hermosas vistas panorámicas, y la senda de los Lagos Andinos, sobre un circuito de pequeños lagos de altura en las laderas del Lanín. Pero el

Villarrica tiene otras curiosidades para atrapar a quien recorra este lado de la cordillera: aquí se puede visitar desde adentro una auténtica cueva volcánica, formada a raíz de una antigua erupción del volcán. Se puede acceder ingresando al Parque Cuevas Volcánicas, en las afueras de Pucón, en el corazón de un bosque nativo cuyos árboles tienen cientos de años de antigüedad. Por razones de seguridad, se puede ingresar a las cuevas –que incluyen un interesante centro de información vulcanológica para tomar el pulso “en tiempo real” de la actividad de la región– sólo en compañía de los guías del parque. El paisaje austral se abre de pronto en un agujero negro entre las rocas, por el cual se penetra en el trazado de un río de lava formado hace unos 2000 años: se trata de un fenómeno que ocurre cuando la lava se enfría en la superficie, pero por debajo sigue corriendo la lava nueva, generando gases que quiebran la costra del túnel y permiten que se solidifique gracias a la incorporación de oxígeno. Esta cueva volcánica, que tiene 250 metros de largo y desciende hasta 35 metros de profundidad hasta llegar a la oscuridad más total, es la única que puede visitarse en Sudamérica. La negrura y el silencio del fondo contrastan con la vida que reina en la superficie, donde las propias cenizas que expulsa el volcán fertilizan los bosques que rodean Pucón y el lago Villarrica: pero la experiencia de este “mini descenso al centro de la tierra” es ideal para completar una recorrida por esta región cordillerana, forjada a fuerza de miles de años de actividad geológica, sísmica y volcánica. Como un libro abierto, con renglones y letras hechos de lava y piedra, y un único techo en el cielo.


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Paso fronterizo con el volcán Lanín al fondo, siempre coronado de nieve.
Imagen: Graciela Cutuli
 
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