turismo

Domingo, 1 de febrero de 2009

JUJUY > CANTO Y MUSICA EN LA QUEBRADA

Perfume de coplas

Purmamarca acaba de celebrar su fiesta más emblemática. El Encuentro Coplero reúne cada año a las comunidades de Jujuy que bajan desde los pueblitos y las montañas para compartir su cultura a través del “duelo” de coplas. El canto, razón de fiesta y hermandad, en la Quebrada de Humahuaca.

 Por Pablo Donadio

Un grito despierta al sol en la mañana purmamarqueña, fresca y hermosa como siempre: Yo bajo desde los cerros señora, como el mismo sol/ Para ganar esos ojos, esos ojos de mistol.

Es el preludio de lo que vendrá, en uno de los encuentros más sentidos de la cultura originaria que habita nuestras tierras. Detrás de esos primeros copleros que van llegando al pago a pie, en camiones y colectivos desde las decenas de asentamientos que rodean las ciudades cabeceras, se alza el magnífico cerro De los Siete Colores, Patrimonio de la Humanidad desde 2003, que supo inaugurar el galardón de Paisaje Cultural. Impávido en sus tonalidades rojizas, ocres, verdosas y violáceas, el cerro no deja de deslumbrar una y otra vez, sin importar cuántas visitas se hayan hecho. Con ese marco comienza un sábado de mediados de enero que para nada es un día cualquiera en la tierra jujeña. Sobre calles esencialmente silenciosas, que suman un considerable número de turistas de aquí y de allá por el verano, se alborotan de a poco con los grupos musiqueros, que se encuentran, se abrazan, se funden en risas duraderas. Su fiesta ha comenzado.

OLOR A ALBAHACA Muchos coinciden en que es por medio de los músicos y su canto por donde la vida de las provincias del noroeste mejor se expresa. Y prácticamente no hay norteño que no sea dúctil con algún instrumento de viento, con la guitarra, el charango, la caja o el bombo. Eso se trae desde la infancia, como una herencia arraigada al suelo donde se nace. En este sentido, el festival de coplas es una clara muestra de un sentimiento que expresa en esa música la energía de la tierra, de la tradición, las penas y alegrías que acompañan la vida de pueblos a veces olvidados. Su historia tiene ya 26 años sin ningún fin comercial, y es posible gracias a la colaboración de todos los jujeños. Este hecho despierta una gran admiración en las comunidades aborígenes, en distintas agrupaciones gauchas y hasta en renombrados exponentes del folklore latinoamericano que llegan aquí como humildes espectadores.

El pueblo de Purmamarca, desde uno de los miradores del Camino de los Colorados.

El encuentro comienza temprano con la llegada de los copleros a la plaza y el sonido único que despiertan sus cajas. La plaza es el punto máximo de reunión también para los turistas por la feria de artesanías que la rodea, donde puede conseguirse de todo: poncho de lana de vicuña o llama, bufandas y gorros tejidos, tapices y mantas al telar, sonajeros de semillas, collares o miniaturas de mujeres collas cargando sus ollitas de barro, veladores de cardón, esculturas de algarrobo y cuanto uno imagine para regresar con el bolso más que lleno. Una vez llegado el medio día, cuando la manzana está repleta de gente hasta el frente de la municipalidad y la parroquia Santa Rosa de Lima (un lugar a visitar sobre todo a la tarde, cuando los niños se toman de las manos y al ritmo de quenas y tambores cantan y bailan en un rito previo a la misa), la guía da la orden y conduce a todos hacia el club municipal que lleva el mismo nombre, donde esperan las autoridades de Purmamarca, el vino y los choripanes (en mismo orden de importancia), la chicha, la harina y la albahaca, símbolos de la alegría y la buena suerte que ha de venir.

LOS DUELOS Bravos duelos de coplas comienzan entre los compadres, muchos de ellos con “temáticas” sobre la tierra, la familia, los dioses, los hombres y las mujeres, éstas últimas de gran importancia y acción en la gesta del encuentro. Allí los copleros de Huacalera elevan al cielo sus plegarias a la Pachamama, al que responde otro grupo de Susques. “Vienen de cada rincón trayendo alegrías, penas y amarguras que acumulan los días / Canto de sueños libres, son como aquellos pueblos, que se hunden en raíces, reviviendo sus sueños”, dice el Dúo Terral, en una de las tantas descripciones que los músicos ya consagrados brindan a su gente. En el club siguen las coplas, pero esta vez entre las mujeres tilcareñas, cuyo canto es un férreo pedido de preservación para las zonas sagradas, donde se exhibe la multiplicidad de elementos culturales que le dieron vida y testimonio a la raíz local. Siguen las alabanzas mezcladas con algún desencanto amoroso, en las voces de los pobladores de Volcán, Yala, La Posta de Lozano, León, Tumbaya y Maimará, mientras flamean las vivaces banderas de los pueblos originarios, y el vino corre de mano en mano sin problema alguno. De pronto, aparece en escena un jujeño al que la tribuna bautiza “el hombre groso”, cuyo espectáculo simultáneo con una quena, un bombo, un siku, un tambor y la guitarra, se lleva todos los aplausos. Cae la noche y la fiesta sigue, copleando un poco más dispersos en algunos paradores, restaurantes y otra vez en la plaza, prometiendo cumplir muchas de las coplas, un canto mezclado con anécdotas, sentencias y contrapuntos que cada uno supo componer. Algunos grupos de sitios más alejados se dan por satisfechos y emprenden camino al hogar, amuchados en la calle que costea la ruta para tomar algún colectivo de regreso, o contar con la suerte de ser levantados a dedo por alguna chata que hace posta de pueblo en pueblo. Los más tenaces han de perseguir hasta la mañana, cuando al fin de cuentas el cansancio y la machada los vence. A partir del día siguiente, la mente estará puesta en un nuevo encuentro entre hermanos, con el canto como excusa.

El hombre groso. El jujeño dio una clase tocando guitarra, bombo, siku, tambor y quena.

UN LUGAR MAGICO En esa inmensidad de texturas y tonalidades que muestra la Quebrada de Humahuaca, Purmamarca resume no sólo su belleza, sino parte de sus creencias, celebraciones, usos y costumbres, adaptaciones del lenguaje y hasta algunos de sus sistemas productivos, un legado histórico que se ha reproducido por años, y ha sabido conservarse. La paz del purmamarqueño así lo dice. En las cercanías del “pueblo de tierra virgen”, en lengua aimará, Purmamarca muestra su magia en el magnífico Camino de los Colorados, una caminata interna que ofrece de cerca la gama de tonalidades que se combinan en las laderas del Siete Colores, contrastando su perfección con la aridez del paisaje, cubierto de cactus y cardones. Sobre la calle de entrada (donde desembarcan los colectivos) algunas agencias ofrecen la excursión a las Salinas Grandes, un mar blanco al que se llega atravesando el Paso de Jama, el punto más alto de Jujuy a 4170 m.s.n.m. Esta visita cuesta entre $30 y $50 pesos y no puede dejar de hacerse.

Por las noches, los restaurantes de Purmamarca huelen a comida casera donde no faltan tamales, humitas y empanaditas fritas. Como cierre del viaje tal vez queda la cena-show en la peña de Claudia Viste, donde la propietaria sabe acompañar a cantantes locales en algunas chacareras, zambas y huaynos, para dejar un gusto criollo en la despedida. Camino arriba esperan Tilcara, Humahuaca en el marco de la Quebrada, y La Quiaca ya en los límites de país, pero el recuerdo de la fiesta en Purmamarca no tendrá comparación alguna.


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Bombos y tambores anuncian la llegada del encuentro de copleros.
Imagen: Pablo Donadio
 
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