turismo

Domingo, 8 de marzo de 2009

TIGRE > REMO Y CANOAS

Día y noche en el Delta

Plácidos canales solitarios, luminosos ríos concurridos, y una canoa que se desliza sutil sobre las aguas. Cómo ver el Delta desde otro ángulo, con la sola fuerza de los remos, con sol o bajo la luna.

 Por Graciela Cutuli

El Delta del Paraná es una región misteriosa. Un mundo donde hay más agua que tierra, donde más que caminar se navega, y la naturaleza reina en convivencia con los habitantes. Hay un Delta, el de las salidas del fin de semana, bullicioso y concurrido, con el ruido de los motores a pleno y el tránsito de lanchas constante en los grandes ríos y canales. Y hay otro Delta, el de las mañanas solitarias y los atardeceres tranquilos de los días de semana, el de los canales apartados y el de las leyendas que parecen risueñas bajo la luz del sol, hasta que la nocturnidad vuelve a darles cuerpo y un sombrío viso de realidad.

Ese Delta, el más secreto, se puede conocer apagando los motores y empuñando los remos: Lucas Míguez, constructor de canoas canadienses con sus propias manos, y con sus propias manos también luthier, es el que invita a esta pequeña aventura sobre las aguas del Tigre. Bastan un par de horas, pero es tal la lejanía de la gran ciudad que el viaje parece haber durado días, a medida que cada remada se hunde en el agua; a medida que, silenciosamente y sin salpicar, la canoa va avanzando como flotando sobre la superficie del río.

OCRE, SOL Y SOLEDAD De día, por la mañana temprano o en las primeras horas de la tarde –las que Lucas y sus compañeros de Selknam Canoas eligen para navegar a remo, por la notoria disminución del tránsito a motor–, el río muestra su radiante color león. Es el color que viene bien de lejos, del Norte, de las regiones de tierras rojizas arrastradas por el fluir incesante del Paraná. En la bajada del Club Hispano, la canoa –elegante como pocas, lista para despertar admiración a su paso– está preparada para embarcar al grupo, que acomoda sus mochilas en bolsos impermeables, se ubica a cada lado según indican los guías y empuña los remos como expertos. El primer tramo ayuda a acomodar el ritmo de las paladas, a seguir las indicaciones –“remar, no remar, contrarremar”– y a comprobar que el esfuerzo grupal da resultado: la canoa avanza, con facilidad, gracias a la guía experta del piloto instalado en la proa. Lucas, mientras tanto, va contando, explicando, recordando. Enamorado del Delta, ex isleño, ahora tigrense que vive “a apenas un par de cuadras del río”, su relato le pone alma al paisaje del río Luján y el canal Fulminante, los primeros que va recorriendo la canoa, hasta llegar a una zona de solitarios canales numerados. Allí la naturaleza recupera terreno y basta levantar la vista para sorprender a un martín pescador vigilante en una rama, a una garza bruja que huye discretamente ante la presencia humana, entre las flores y los perfumes del fin del verano. Menos exuberante que la florida primavera, cuando plantas nativas y exóticas están en su esplendor, esta época tiene cierto nostálgico y particular encanto. El paisaje es el típico nativo, de camalotes y cuchareros, de pajonal con sus juncos exteriores sobreelevados sobre el centro de las islas, que suele ser más bajo e inundable. Por eso las casas están en los bordes, y también por eso están siempre sobreelevadas: es que las jugarretas del viento, cuando quiere soplar con fuerza, impulsan la subida de las aguas. Una, dos, tres veces al día, aquí manda ella, y hay que aceptar su ritmo de crecidas y bajantes.

A LA LUZ DE LA LUNA Si solitario es el día, mucho más lo es la noche. Y fantasmal, misteriosa, cautivante. Nuestros ojos, tan atentos en la remada diurna, se permiten descansar y reposar sobre un universo sombrío, donde predominan los otros sentidos: el tacto, para sentir en la piel la caricia suave de la brisa nocturna; el oído, para distinguir las voces de los últimos animales rumbo a sus refugios; el olfato, que trae perfumes de tierra y río.

Es tarde, bastante tarde, porque más temprano el cambio de horario impediría ver la luna, la gran invitada de esta noche. “El recorrido –explica Lucas– es muy semejante al del día, pero no entramos en ríos de vegetación espesa ni arroyos cerrados, porque la oscuridad del Delta es en todos por igual, salvo que sea en grandes ríos como el Sarmiento.” Remada a remada, se oyen algunas ranas del zarzal, y un poco más lejos un alí–cucú que con los ojos bien abiertos –como buen búho– examina con familiaridad la densa oscuridad. Algunas nubes tapan la luna, y el paisaje fantasmagórico de los pequeños embarcaderos, con su bote y una casita tenuemente iluminada, se vuelve sugerente y mágico. Casi parece un cuento, y es que la hora de los cuentos está al llegar. Perdidas las leyendas de estirpe guaraní que alguna vez reinaron en la región, son las apariciones y otras intrigas las que predominan. “En la ciudad, los nombres de las calles no tienen nada que ver con su historia, pero aquí cada arroyo tiene un nombre relacionado con algo que pasó en el lugar. El nombre de un vecino, un acontecimiento... Uno de los más famosos –apunta Lucas– es el Fulminante. Era un barco de guerra, que estaba fondeado en Tigre, donde funcionaban los talleres de mecánica de la Marina. Un desgraciado día de 1877, el barco se prendió fuego, y cuando se acercaron a apagarlo explotó, lanzando esquirlas y fragmentos por todas partes, además de matar a 12 personas.” La gente mayor aún recuerda la caldera del Fulminante, abandonada en una calle de Tigre... En los años ‘20, un dragado para mantener el río abierto sacó a la luz la caja de caudales del buque, donde se conservaban monedas e instrumental de navegación. No hizo falta más para revivir las supersticiones y remover las leyendas: “Cuentan algunos que han salido de noche y encontrado un remero, o alguien que viene navegando a la boga, con un palo, pero su embarcación no mueve el agua. Y al saludarlo, e insistir en el saludo, se encuentran de pronto con gente quemada, mutilada”. Fantasmas, apariciones: no es casualidad que el primer tramo del Fulminante, pese a estar tan cerca, no esté poblado. Es que infunde respeto, y hasta cierto temor, como admiten incluso los remeros más avezados a la hora de volver de noche, solos, removiendo las aguas del canal y tal vez perturbando su pasado. Otra leyenda conocida es la del “jalador”, misterioso e invisible personaje que tira de los remos cuando alguien pasa en su embarcación... por no hablar de quienes aseguran haber sentido, mientras van en el bote a remo o a motor, que algo muy suave les toca la cara como queriéndolos aferrar desde atrás.

UN ALTO EN EL CAMINO De día o de noche, Selknam siempre hace un alto en el paseo para bajar en su refugio, donde los pasajeros de la canoa hacen un brindis y prueban la picada o los dulces preparados por los propios remeros. Es un buen momento para seguir desgranando historias, como la del “Gambado” o “Cambado” (según dicen algunos antiguos mapas), una de las grandes incógnitas, ya que no se sabe si fue un personaje que rescató la bandera del Fulminante, o algún viejo cazador de yaguaretés que un día desapareció para nunca más volver. O la del Cristo Rey, la iglesia flotante, que se trasladaba de isla en isla dando misa, siempre tirada por un remolque... Hoy la cúpula se encuentra en el parque del Cuerpo de Seguridad de Islas, en la confluencia del Paraná de las Palmas con el río Carapachay, sólo como un recuerdo de lo que fue.

A la hora de volver a embarcarse, sólo queda desandar lo remado para volver al embarcadero. Pero en la noche las sorpresas no han terminado: de pronto el viento quiere descorrer las nubes, y aparece luminoso, radiante, espléndido, el disco brillante de la luna. Su luz de plata se vuelca sobre la cresta de las olas mínimas que forman los remos, sobre las hojas de las ligustrinas y las glicinas, sobre el reborde alto de las islas que lentamente van quedando atrás. Como en un pequeño sueño, mientras la noche se cierra se abre el telón del cielo, y en su anchura sobra lugar para contener todo el Delta y sus leyendas.

DATOS UTILES

Selknam organiza salidas a remo por el Delta, en canoas canadienses construidas a mano, de lunes a viernes a la mañana y a la tarde (a las 10 y a las 14). Los sábados, sólo a las 10. Cuestan $ 70 por persona.

Las salidas nocturnas se realizan el mismo día de la luna llena, tres días antes y uno después. Cuestan $ 85 por persona. www.selknamcanoas.com.ar

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El muelle techado del refugio de Selknam, para un alto en el camino.

La luna, estrella principal de las remadas nocturnas, sobre el río Sarmiento.
Imagen: Graciela Cutuli
 
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