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Domingo, 8 de marzo de 2009

NUEVA YORK > EL EDIFICIO EMPIRE STATE

El primer rascacielos

Designado por la Sociedad Americana de Ingenieros Civiles como una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno, y Monumento Histórico Nacional desde 1986, el Empire State fue el primer edificio en tener más de cien pisos. Un recorrido por las entrañas del rascacielos hasta su terraza para contemplar desde las alturas el universo neoyorquino.

 Por Leonardo Larini

“De la misma manera en que a veces subía a la terraza del Plaza para despedirme de mi hermosa ciudad, extendiéndose tan lejos como alcanzaba la vista, subí ahora hasta la terraza de la última y más magnífica de sus torres. Entonces lo comprendí, todo quedó explicado: había descubierto el error capital de la ciudad, su caja de Pandora. Lleno de arrogante orgullo, el neoyorquino había ascendido hasta aquí para ver, consternado, lo que nunca había sospechado: que la ciudad no era la interminable sucesión de desfiladeros que él había supuesto sino que tenía límites. Desde la más alta de las estructuras vio por primera vez que iba desapareciendo gradualmente en el campo, dentro de una extensión infinita de verde y azul, que era lo único ilimitado. Y con la espantosa revelación de que Nueva York era, después de todo, una ciudad y no un universo, el resplandeciente edificio que había levantado en su imaginación se vino al suelo hecho pedazos. Ese fue el imprudente regalo del gobernador Alfred Smith a los habitantes de Nueva York.”

Pero pese al certero desencanto que imaginó Scott Fitzgerald en su libro El Crack Up, nadie puede dejar de admirar el Empire State, una obra maestra de la ingeniería moderna. Y que, mal que le haya pesado al admirado y admirable autor de El Gran Gatsby y Suave es la Noche, permite contemplar La Gran Manzana en toda su dimensión, lo que no significa que brinde la posibilidad de comprenderla. Al menos este cronista –que tuvo la suerte de estar en sus alturas en dos oportunidades– sigue perplejo sin comprender ni haber asimilado todavía cómo el hombre fue capaz de levantar esta ciudad sobre cuatro islas y una porción de continente.

EN LAS PUERTAS DEL CIELO Ubicado en la intersección de la Quinta Avenida –entre las calle 33 y 34–, el Empire State fue el edificio más alto del mundo durante más de cuarenta años. Su diseño, concebido de arriba abajo, estuvo a cargo de Gregory Johnson y su empresa de arquitectura Shreve, Lamb y Harmon. La primera excavación se inició el 22 de enero de 1930 y la construcción comenzó el 17 de marzo. Trabajaron en la descomunal obra 3400 trabajadores, en su mayoría inmigrantes procedentes de Europa, junto con cientos de obreros de Mohawk, que eran expertos en las labores con hierro. Durante el transcurso de la obra fallecieron cinco de ellos.

El 1º de mayo de 1931, los nietos del gobernador Smith cortaron la cinta y así quedó oficialmente inaugurado el Empire State Building, cuyas luces fueron activadas desde Washington por el presidente Herbert Hoover. La apertura del edificio coincidió con la Gran Depresión en los Estados Unidos, lo que determinó que en sus primeros tiempos gran parte de sus oficinas no fuera utilizada. Como detalle, cabe mencionar que el piso 102 fue originalmente concebido como una plataforma de aterrizaje para dirigibles, idea que no tardó en ser descartada debido a que los días de fuertes vientos el edificio llegaba a oscilar unos 3,5 metros. En 1953 se agregó una gran torre de emisión a la parte superior de la aguja.

A diferencia de la mayoría de los actuales rascacielos, el Empire State tiene un diseño de estilo art decó y su fachada exterior fue realizada con paneles de piedra caliza de Indiana. Su altura es de 381 metros hasta el piso 102, que sumados a los 62 del vértice final llega a los 443 metros.

Designado por la Sociedad Americana de Ingenieros Civiles como una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno, y Monumento Histórico Nacional desde 1986, fue el primer edificio en tener más de cien pisos. Sus instalaciones cuentan con 6500 ventanas y 73 ascensores –incluidos los de servicio– y son transitadas diariamente por aproximadamente 21 mil personas. Algunos otros números dan la magnitud de esta gigantesca edificación: 113 kilómetros de cañerías, 760 mil metros de cable eléctrico y cerca de 9000 canillas.

Cuenta con dos observatorios, uno en el piso 86 –al que se tarda en llegar menos de un minuto en ascensor– y otro al aire libre en la terraza. Es allí donde –si bien uno comprueba, como Fitzgerald que la ciudad termina en algún momento–, el asombro no deja de terminar nunca, por más que se permanezca horas y horas mirando hacia abajo y los cuatro horizontes y se gasten decenas de monedas en los miradores manuales que hacen las veces de largavistas y con los que se alcanza a distinguir cualquier punto de la ciudad.

UNA TORRE DE LUZ Desde el lugar donde me alojo, un departamento de Nueva Jersey, lo puedo observar todas las noches a través de una muy pequeña ventana, en diagonal, detrás del río Hudson. Desde allí, debido a mi ubicación geográfica, el famoso rascacielos parece alzarse desde las aguas. Y, cuando voy y vuelvo adentro del departamento, la ventanita con esa imagen parece simplemente un cuadro colgado en la pared que encierra en sus marcos a uno de los más altos edificios de la Tierra.

Claro que semejante altura lo expone a distintos peligros, siendo el más factible un accidente aéreo. Sin embargo sólo ocurrió en una oportunidad, el 28 de julio de 1945, cuando un bombardero B-25 Mitchell, piloteado entre la espesa niebla de la mañana por el teniente coronel William Smith Jr. se estrelló en el lado norte del edificio, entre los pisos 79 y 80. El hecho provocó un incendio que fue extinguido en 40 minutos, pero que no pudo evitar el fallecimiento de catorce personas. Pero, como en todo acto o sitio desmesurado, no faltó una anécdota sino risueña al menos más que singular: el ascensorista Betty Lou Oliver sobrevivió a una caída de 75 pisos dentro del elevador a su cargo, acontecimiento que figura actualmente en el Libro Guinness de los Records.

Otro incidente curioso fue el intento de suicidio –más de treinta personas lo concretaron a lo largo de los años– de Elvita Adams en 1979. La mujer saltó desde el piso 86 pero, debido al fuerte viento, fue devuelta al interior del edificio un piso más abajo y sólo sufrió una fractura de cadera. Y, como no podía ser de otra manera, el genial Spiderman francés Alain Robert lo escaló en 1994.

En 1964 se añadieron focos especiales para iluminar su parte superior, que se tiñe de verde las noches previas a San Patricio, o de otros colores según las celebraciones nacionales o internacionales que se conmemoren. También esta iluminación sirve de “aliento” para los equipos locales de básquet y béisbol: luces naranjas, azules y blancas cuando juegan los New York Knicks y rojas, blancas y azules cuando lo hacen los New York Rangers. En diciembre de 2007, con motivo del estreno de la película de Los Simpsons, el edificio resplandeció bajo el color amarillo.

El Empire State fue, desde sus comienzos, una locación muy requerida por numerosos directores de cine: desde la película King Kong, de 1933, “protagonizó” decenas de films románticos y de catástrofe. Pero su “papel” más excéntrico –no cabe otra palabra– fue en la película Empire, de Andy Warhol, quien filmó al rascacielos con cámara fija durante ¡ocho! horas seguidas.

LA GRAN MANZANA EN 360º Después de contemplar los edificios de la Chrysler y el Metlife, Times Square, casi toda la eterna extensión de Broadway, el elegante y original frente del Flatiron Building, la Quinta Avenida y todos los puentes que unen los distintos distritos neoyorquinos, los visitantes –más de dos millones y medio por año– pueden optar por tomar un cafecito en alguna de las tres cafeterías disponibles o almorzar o cenar en cualquiera de los dos restaurantes e incluso elegir el exclusivo sushi bar. Por supuesto, también abundan los locales de souvenirs. Asimismo, desde 1994 funciona el llamado NY Skyride, una simulación de viaje aéreo por la ciudad de 30 minutos de duración. Claro que también hay lugar para las excentricidades, como el maratón anual que realizan cientos de deportistas ascendiendo los 1860 escalones hasta el piso 102 o las diez parejas elegidas para contraer matrimonio el Día de San Valentín en el piso 80.

Y así, una vez concluida la visita, no está demás volver a contemplar por unos minutos las magníficas paredes de mármol verde de la entrada, antes de volver a la calle para perderse nuevamente en la infinita ciudad tan amada por Scott Fitzgerald, esa ciudad a la que Truman Capote definió tan perfectamente como “el iceberg de diamante”.

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Un coloso de cemento. Hasta su vértice final, el Empire State alcanza los 443 metros de altura.
 
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