turismo

Domingo, 26 de abril de 2009

LA RIOJA > LAS MINAS DEL FAMATINA

El oro de los mexicanos

Partiendo de Chilecito, dos excursiones para conocer La Mejicana y La Mina del Oro, viejos emprendimientos mineros que marcaron una época en la región, atravesando la áspera
y sorprendente geografía de las montañas riojanas.

 Por Guido Piotrkowski

El Famatina, vigía de los valles riojanos donde crecen los nogales, la vid y los olivos, donde bajan raudas las aguas del río Amarillo y del río Oro, donde sobrevuela el cóndor y florecen los cactus, es un cerro que guarda en sus entrañas historias vernáculas de la fiebre del oro y se erige como el principal atractivo de la región, no sólo por su belleza natural sino también por los vestigios mineros que allí quedaron desperdigados. De aquellos viejos tiempos quedó como símbolo del progreso minero un cablecarril construido por los alemanes durante los años dorados –hoy Monumento Histórico Nacional– y aunque ya no reluce como antaño, es el principal leitmotiv turístico de este lugar, con museo incluido. Aunque lo más atractivo, sin dudas, se encuentra en la belleza indómita de esta montaña.

LA MEJICANA “Es muy curioso: todo el que viene a explorar el cerro dice que es una isla, tanto los geólogos como los biólogos y arqueólogos. Es porque tiene flora y fauna propia, y es el cerro continental más alto del mundo”, explica Marcos Moreno, el guía que nos lleva en su 4 x 4 por los complicados senderos del Famatina. Tan alto es que su pico más elevado, el cerro General Belgrano, más conocido como el Nevado del Famatina, trepa hasta los 6250 metros.

“El cerro siempre fue codiciado por el oro. Los mismos diaguitas fueron conquistados por los incas, que les robaron el mineral. Después llegaron los españoles y más tarde los ingleses. Todos buscaban el metal precioso. Y ahora viene la Barrick Gold, y es todo un tema, hay gente a favor y gente en contra”, comenta Eduardo Montemagio, un periodista local que nos acompaña en el ascenso hasta la mina La Mejicana, emprendimiento inglés que funcionó entre 1880 y 1913, año en que los sajones finalmente se fueron.

“Cuando llegaron los ingleses se encontraron con un grupito de mexicanos que ya estaban explorando, por eso se llamó así –cuenta Marcos Moreno–. En 1890 comenzó a funcionar el ferrocarril Belgrano, de Chilecito a Famatina. Pero el problema más grande era bajar el material de la montaña y lo hacían a lomo de mula hasta el paraje Los Corrales, y de ahí en tren a Chilecito. Cuando en el ’13 se fueron los ingleses, continuó con la explotación el Banco Nación, que había dado los préstamos para el proyecto y cuya primera sucursal en el interior se fundó aquí, justamente debido a la actividad minera. Ellos trabajaron hasta el ’36, pero ya con porcentajes muy bajos por ese entonces. Además se moría gente y el oro no rendía, ahí se acabó la minería en Famatina”, concluye el guía.

El ascenso es sencillamente magnífico, los minerales que corren por las venas del cerro tiñen la montaña de ocres y anaranjados. Pasamos por una colorida formación conocida como El Pesebre, una falla geológica de vivos rojos, azules, verdes y amarillos que nada tiene que envidiarle al famoso cerro de los Siete Colores en Purmamarca.

Poco después, nos detenemos para el desayuno que nos ofrece Marcos en el Cañón del Ocre: el río Amarillo, que bordeamos y atravesamos unas cincuenta veces a lo largo del trayecto, navega entre sus inmensos paredones arrastrando el dióxido de hierro que le da el color de su nombre. Los efectos de la altura comienzan a sentirse y el frío arriba es cosa seria.

Algunas cuevas aquí está bautizadas: la cueva de Noroña, la cueva de Carlos Díaz, la cueva de Pérez, son los nombres de los buscadores de oro que alguna vez las utilizaron como refugio o vivienda. Más tarde llegamos a un campamento abandonado por la Barrick Gold, la transnacional que intenta explotar el cerro nuevamente. Allí nos detenemos a recorrer el lugar y de paso mitigamos los efectos de la altura, hay que ir subiendo de a poco. La construcción está en ruinas y parece haber sido saqueada, sólo quedan escombros y basura allí dentro.

Continuamos el ascenso, la belleza debe ser proporcional a la altura por aquí, a pesar de la escasa vegetación rastrera. La última estación de La Mejicana, a 4600 metros en el cerro Lamapayao (cerro de Rayos Rojos) es como estar en un film de posguerra nuclear: allí quedaron los socavones, las vías, los contenedores, las maquinarias y los fierros retorcidos y desperdigados en medio de la inmensidad.

Camino entre las vías, espío en un socavón, contemplo el paisaje e intento comprender cómo sería la vida de aquellos mineros en este paraje desolado y frío.

El último punto, el más alto y más espectacular de la visita es la Quebrada del Caballo Muerto, a 4900 metros. Desde allí se ve el valle de Antinaco en todo su esplendor, Los Colorados, y la ciudad de Chilecito; también se divisan algunas de las 263 torres del cablecarril, que en total tiene 9 estaciones –cada una con su nombre– a lo largo de sus 36 kilómetros. Un grupo de guanacos camina a lo lejos, y con esa imagen descendemos.

LA MINA DEL ORO Durante la segunda jornada visitamos La Mina del Oro, que funcionó entre 1915 y 1935 en el Cerro Negro. Antes, pasamos por los hornos de fundición del establecimiento minero Santa Florentina, “una verdadera ciudad con más de 2500 operarios trabajando y moldeando los lingotes de oro, plata y cobre”, según se lee en un cartel allí apostado. La Torre de Venteo, casi intacta, sobresale entre los paredones semiderruidos y las estructura metálica del lugar.

Ya en camino hacia la Mina del Oro nos topamos con Sixto Villalba, gaucho de pocas palabras que vive de sus cabras en el puesto de Vallecito, y nos detenemos brevemente a compartir unos amargos con el hombre. Marcos, nuestro guía, nos comenta que existe una especie de lucha entre los ambientalistas y los puesteros, ya que estos últimos matan a los animales. “No dejaron ni un puma, porque es un animal que te mata quince ovejas jugando y se come sólo una. El criado de animales es una contradicción en muchos casos, porque acaba con la fauna autóctona”, dice Marcos.

El trayecto en la camioneta resulta mucho más complicado que en el ascenso a La Mejicana: transitamos sobre el río pedregoso que sólo una 4 x 4 puede surcar. Atravesamos la cuesta del Agua Clara hasta Las Placetas –donde alguna vez hubo un asentamiento jesuita–, punto en que el vehículo ya no puede avanzar y debemos continuar a pie.

La lluvia, inminente, amenaza. De todas maneras resolvemos seguir adelante. La caminata se extiende por poco más de una hora en la que la Mina del Oro se divisa a lo lejos, encajonada entre dos montañas.

Finalmente, debemos saltar el río El Oro y luego subir una cuesta para entrar en lo que queda del viejo emprendimiento. “Se llamó así porque salía oro puro, cosa que sucede en muy pocas minas. En general sale ligado con otros materiales como plata o cobre y hay que hacer todo un proceso para sacarlo”, explica Marcos mientras señala un horno de fundición que se utilizaba para hacer lingotes y así no tener que bajar el mineral en bruto. “Los trabajadores y sus familias vivían en caseríos por aquí, en los que entraban unas sesenta personas”, agrega el guía.

Hay que andar con cuidado por allí dentro, entre las ruinas donde aún está el enorme generador de luz que hacía funcionar la trituradora de material, entre otros vestigios de un sueño que se terminó hace mucho tiempo y que algunos intentan reflotar. “Aun hay mucho oro todavía, porque la explotación era por socavón y deja una gran cantidad de oro por muchos lugares”, señala Marcos.

Afuera, hay un puente colgante que no me animo a atravesar y las primeras gotas de lluvia obligan a una pronta retirada.

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Por el Cerro Negro, rumbo a la Mina del Oro.

La Florentina, una de las minas abandonadas en la región.

El socavón de la mina La Mejicana.
Imagen: Guido Piotrkowski
 
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