turismo

Domingo, 27 de diciembre de 2009

COSTA ATLANTICA > PEQUEñOS BALNEARIOS

La calma de Mar de Cobo

Solitario y campestre, el balneario vecino de Mar Chiquita crece en visitantes cada temporada, pero preserva su tranquilidad. Playas vírgenes, actividades al aire libre, mucho descanso y la posibilidad de combinar la estadía con escapadas a las dinámicas y próximas Mar del Plata o Villa Gesell.

 Por Pablo Donadio

Como respirar hondo en el campo, pero con mar. Así podría definirse la espléndida calma que se vive en Mar de Cobo, acompañada por la siempre atrayente costa del Atlántico, pero en una porción prácticamente deshabitada. Portador de una curiosa reserva forestal tierra adentro, y adornado sobre el mar por acantilados, rocas y soledad, este incipiente balneario comienza a ganar adeptos a medida que los clásicos destinos rebosan de turistas en enero y febrero. A nueve kilómetros de Mar Chiquita, sobre el kilómetro 487 de la RP 11, sus 300 hectáreas son un desprendimiento de la vieja estancia San Manuel, origen que le brinda un entrañable aire campero. Tiene apenas la avenida central Manuel Cobo asfaltada, y en ella comienzan y terminan, de cara al mar, la mayoría de sus senderos semicirculares. La otra calle importante es la costera, de arena y conchillas, un permanente zigzag que acompaña los caprichos de sus acantilados. En los alrededores, unas pocas casas coloridas de madera y piedra, a metros de la costa y con enormes ventanales de cara a las olas.

VERDE RESERVA Entre dos grandes balnearios como Mar del Plata y Villa Gesell, Mar de Cobo registra algo más de 300 habitantes estables, casi invisibles en las playas durante el invierno. Su centro es un pequeño resumen de vida pueblerina, con su correspondiente escuela, plaza, capilla y sociedad de fomento, la misma que durante siete días del mes de enero se encarga de organizar los divertidos juegos de “La semana de Mar de Cobo”.

A diferencia de sus vecinos, que no poseen mucho espacio de sombra, Mar de Cobo ofrece un fabuloso manto verde: es la Reserva Forestal, un gran pulmón local que protege el suelo de sequías y de la erosión del agua y el viento. Allí dentro es posible encontrar desde pinos y álamos hasta olmos, cipreses, lambercias y la curiosa (¡y deliciosa!) zarzamora, con cuyo fruto se preparan dulces. Este espacio es el ambiente natural donde convive gran diversidad de animales, sobre todo numerosas especies de aves alojadas en el “techo verde” que distingue a la localidad si se mira desde un mapa satelital. Por fuera de él, y sobre todo en la avenida principal, gobiernan enormes eucaliptos que se unen en las alturas dando al balneario sombra y un clima de armonía.

Calles que se dibujan según los medanitos y acantilados presentes en toda su costa.
Imagen: Pablo Donadio

PLAYAS Y ACTIVIDADES Aquí es posible escuchar el ruido maravilloso de las olas rompiendo, no sólo por las noches. Salvo en fines de semana de plena temporada, cuando muchas familias con chicos pequeños logran alborotar un poco las orillas, la calma es uno de sus tesoros. El resto, nada extraño: franjas de arena cortas pero anchas, con acantilados que proponen alguna que otra cueva. Esos recovecos son explorados en las bajantes de marea por los pescadores y paisanos locales, ya que ofrecen de vez en cuando algún extraño caracol varado. Estos kilómetros vírgenes extendidos hasta las playas de Santa Clara del Mar, hacia el sur, son ideales para las caminatas de enamorados, para el footing formador de buenas piernas deportistas, o para devorarse alguna buena novela, mate de por medio, en sus desérticas escolleras.

Desde luego, inspirado por el aire marplatense cercano, el surf está presente en cada joven residente: un círculo deportivo que se completa con el alquiler de cuatriciclos y kartings de paseo, además de las cabalgatas nocturnas organizadas por guías particulares, en la ya popular visita a “la luna planchada sobre la mar”.

El otro punto fuerte es, claro, la pesca: múltiples opciones acompañan al pescador deportivo y amateur todo el año, especialmente en cercanías de Mar Chiquita, donde los pozones y canaletas convocan a los amantes de la caña. Además están las escolleras y espacios tradicionales, como el “pozo del vidalero” o el “pozo de los chuchos”, conocidos por las buenas piezas de corvina negra y variada en general. Por su parte, los expertos prefieren llegar a la boca de su laguna: se trata nada menos que del borde de la albufera de la ciudad cabecera, única en el país por recibir el aporte de aguas dulces de la cuenca continental, y de agua salada del mar. El sitio fue declarado Reserva Mundial de Biosfera por la Unesco. Allí vale la pena ver el espectáculo de la pesca directa del lenguado, extraído con gracia y maestría por los hábiles paisanos, de botas hasta la cintura y gorro pescador, que luego se convierten en improvisados parrilleros de su presa en los paradores costeros. Asimismo, la gran canaleta oceánica que bordea las playas mar adentro es propicia para la captura de brótolas, corvinas negras, panzones e incluso... tiburones.

Fresca y calma mañana en la avenida central Manuel Cobo, bajo la sombra de los eucaliptos.
Imagen: Pablo Donadio

VECINAS DE LUJO Sin embargo, la calma puede volverse monótona: por eso tener a mano la oportunidad de interrumpir esa paz e incorporarles velocidad a algunos días puede ser atractivo. Además de Mar Chiquita, otra de las vecinas cercanas es Santa Clara del Mar, 15 kilómetros hacia el norte. Esta ciudad también se destaca por la pesca, especialmente embarcada y en grupos chicos, así como por la tradicional elaboración de cerveza artesanal (rubia, negra y colorada), que hay que probar fresca y bien acompañada de rabas crujientes en el concurrido balneario California. Cada año, Santa Clara tiene su fiesta local, una suerte de Oktoberfest humilde pero atractivo, en el mes de febrero.

La otra gran vecina es Mar del Plata, una estupenda opción si se desea comer mariscos o pulpo en el ahora remodelado puerto, probar suerte en el legendario casino, o asistir a alguna buena gala teatral, además de salir de compras por la peatonal San Martín.

Un mar de girasoles invade en plena temporada la Autovía 2, camino a Mar de Cobo.
Imagen: Pablo Donadio

Mientras tanto, hacia el otro lado de la ruta interbalnearia está la villa que supo levantar Carlos Gesell allá por 1940. Reconocida por sus médanos y dunas interminables, y un trabajo de forestación y trazado vial envidiable, este balneario también es una buena elección par pasar algunos días más movidos gracias a los eventos deportivos, los espectáculos musicales callejeros y los paseos en cuatriciclos o jeep por los desniveles que forma la propia costa. La otra visita obligada es al viejo Faro Querandí, instalado hace añares en plena reserva dunícola, mediante una travesía que incluye el paso por Mar Azul y Las Gaviotas, pequeños balnearios de anchas playas que poco a poco también se abren paso en el mapa de localidades de la costa atlántica.


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Playas tranquilas y poco pobladas, incluso en temporada, uno de los atractivos del balneario.
Imagen: Pablo Donadio
 
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