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Domingo, 7 de marzo de 2010

RUSIA > PALACIOS DE SAN PETERSBURGO

Esplendor barroco

El Palacio de Invierno y el Palacio de Verano de San Petersburgo están entre los edificios más representativos de la Rusia zarista. Convertidos en museos, atesoran el recuerdo de la monarquía rusa desde Pedro el Grande hasta los últimos Romanov.

 Por Pablo Donadio

El barroco Palacio de Invierno de San Petersburgo es hoy uno de los edificios del Museo Hermitage.

El frío, muy por debajo de cero grado, congela algunas gotas sobre el frente de los palacios más espectaculares que haya dado la arquitectura europea. El agua se hace hielo sobre las profusas decoraciones del Palacio de Invierno de San Petersburgo, y hace relucir también con un brillo helado las columnatas de la fachada del Palacio de Verano, situado en las afueras de la ciudad dentro el complejo conocido como “Tsarskoie Selo” (la “Villa del zar”). San Petersburgo, fundada por Pedro el Grande hace tres siglos, nació con intención de convertirse en la “ventana de Rusia hacia el mundo occidental”. Al mismo tiempo, fue la vidriera de una monarquía todopoderosa que se debatía entre la voluntad de afirmarse en la identidad eslava –con centro en Moscú– y la proyección hacia el mundo occidental. Pero sus imponentes edificios, sus numerosos palacios y sus perspectivas imponentes reflejan también los deseos, gustos y ambiciones de algunas mujeres que marcaron la historia rusa: sobre todo Catalina I, esposa de Pedro el Grande; su hija, la emperatriz Elizabeth I, y Catalina la Grande.

OPULENCIA Y ESPLENDOR Enclavada en la región de Leningrado, con la que compartió nombre durante los tiempos soviéticos, y con acceso al mar Báltico por la desembocadura del río Neva, San Petersburgo es la segunda ciudad en importancia de Rusia y una de las más grandes de Europa. También es una de las principales protagonistas de la historia rusa: fue aquí donde, hacia fines del siglo XIX, la abolición de la servidumbre provocó una fuerte corriente de inmigrantes y un intenso crecimiento de su industria. No es casualidad, entonces, que en 1917 San Petersburgo haya visto los primeros movimientos de la Revolución Rusa y la formación del primer gobierno soviético bolchevique. En ese agitado contexto los palacios monumentales construidos por los zares, cuya belleza asombrosa representó toda un arma de la política imperial, reflejaron en su destino los bruscos cambios del modo de vida aristocrático frente a los nuevos aires revolucionarios.

El Palacio de Invierno era la principal residencia imperial, sólo comparable con la magnificencia de Versailles. Enorme, casi intimidante, se dice que sólo Alejandra, la última emperatriz rusa, le tenía aprecio: para el resto de los Romanov, era un exceso de piedras preciosas, de galerías, de escaleras de mármol, de cariátides y estatuas. El edificio, ampliado varias veces a partir de la construcción original de Pedro el Grande en 1711, lleva sobre todo el sello de la emperatriz Elizabeth, que en 1755 le encargó a Bartolomeo Rastrelli convertirlo en el palacio más espectacular de Europa. Y el arquitecto italiano cumplió con creces: en sólo seis años levantó un inmenso palacio de tres pisos organizados en torno de un cuadrado central, con una fachada sobre la Perspectiva Nevski y otra sobre el río Neva. La combinación de barroco y rococó, recargada al infinito en estatuas y decoraciones, era sencillamente deslumbrante y hacía honor a las 1050 habitaciones del interior. Sin embargo, el palacio que se conoce hoy no es éste sino la réplica idéntica construida después de un incendio en 1837, en una nueva demostración de lujo y poder sintetizada en los colores tradicionales del barroco ruso: verde, blanco y dorado.

EL PALACIO DE VERANO Unos 24 kilómetros al sudeste de San Petersburgo, Tsarskoie Selo fue durante siglos, en tiempo de los zares y también después, un lugar legendario. La historia comenzó con Catalina I, que construyó aquí un pequeño palacio, y siguió con su hija Elizabeth I, que lo hizo grandioso de la mano de Rastrelli. Cuando llegó al trono de Rusia otra Catalina, la Grande, tomó su carácter definitivo con el rediseño de los interiores en un estilo neoclásico inspirado por sus arquitectos favoritos, Charles Cameron y Giacomo Quarenghi.

Rodeado de diseñados jardines y paisajes, en un estilo romántico que lo hacía parecer suspendido en el tiempo y aislado de la realidad, el centro del parque imperial era el Palacio de Catalina. Obra maestra exuberante en su teatralidad y sus excesos rococó, sólo los más poderosos y quienes tenían el apoyo de la emperatriz podían llegar hasta las salas desbordantes de obras de arte, oro y espejos. Diseñadas para cautivar los sentidos y afirmar la condición divina de los zares, a medida que se pasaba de salón en salón las decoraciones eran cada vez más ingeniosas. Rastrelli creó imponentes vistas dentro mismo del palacio, con su punto culminante en la Galería Dorada, donde Elizabeth recibía a los visitantes en un marco de fulgor de oro.

Más adentro, el Salón de las Pinturas ofrecía paredes cubiertas íntegramente por óleos comprados por la emperatriz, no organizados por tema, artista o estilo sino por tamaño y color, fundiéndose hasta formar una serie de mosaicos gigantes. Aquí se organizaban los famosos “bailes de la metamorfosis”, en que los hombres se vestían de mujer y ellas de hombre. Algo habitual en el siglo XVIII, pero con la utilización de máscaras: un detalle que no gustaba a Elizabeth, en cuyo palacio se debía mostrar el rostro.

Entre las muchas estancias sorprendentes del palacio, una pasó a la historia como la “octava maravilla del mundo”. Del Salón de Ambar, la gloria del reinado de Elizabeth, se decía que tenía cualidades mágicas y estaba considerado como el ambiente más enigmático y hermoso de su tiempo. Había sido regalado por Federico de Prusia a Pedro el Grande, después de que el zar admirara las decoraciones de ámbar en un palacio alemán. Primero fue instalado en el Palacio de Invierno; luego Rastrelli lo trasladó a Tsarskoie Selo. Alrededor, maderas doradas, mármoles y mosaicos de ágata y jaspe completaban el conjunto, iluminado por cientos de cirios. Totalmente tapizado de ese material natural y valioso que los antiguos veneraban como la luz del sol petrificada, el salón era un espectáculo deslumbrante y simbólico del poder real. Pero como las glorias de este mundo son pasajeras, casi 250 años después lo único que se conserva de tanto fasto es apenas un mosaico y una cómoda.

CONSTRUCCION Y DESTRUCCION El Salón de Ambar y la mayoría de la edificación fueron víctimas de la Segunda Guerra Mundial: cuando los alemanes saquearon el palacio en 1941, los soldados se llevaron todos los paneles dorados al castillo de Königsberg. Cuatro años más tarde, ante la inminente caída del régimen nazi, el Salón de Ambar fue trasladado al parecer a un sitio oculto, para no ser descubierto nunca más. Fue la última pista que se tuvo de aquella maravilla coral. Desde entonces comenzaron a surgir las leyendas: una de las más populares afirma que aquellos paneles acabaron en una mina perdida cercana al mar Báltico, donde quizá fueron quemados o sepultados.

Lo cierto es que, al finalizar la guerra, restaurar aquel símbolo de opulencia se convirtió en una cuestión de orgullo. La resurrección fue confiada a un equipo de maestros que trabajó con seis toneladas de ámbar durante veinticuatro años, estudiando y valiéndose de los antiguos métodos de trabajo para asegurarse una réplica perfecta. Finalmente, en mayo de 2003 Rusia inauguró la reconstrucción de aquella maravilla “creada por Dios y destruida por el hombre”. Pese a ello, algunos amantes de los misterios novelescos aseguran que el viejo Salón de Ambar sigue allí, en algún lugar cercano, a la espera de ser descubierto y devuelto a su mágico Palacio en el lejano y helado noroeste ruso.

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